03-05-2026, 01:20 AM
ADVERTENCIA
La despojé sin pudor de las prendas que interferían mi labor. No por ello me apresuré. Quería grabar a detalle la imagen que Hae-won me regalaba: la mejillas arreboladas, los labios hinchados por el beso anterior, cada jadeo acompañado de mi nombre… Si pensaba que era mínimamente consciente de lo que lograba despertar en mí, se equivocaba.
Me había acostado con hombres y mujeres a lo largo de mi vida, creyendo que así podría sentir algo. Y sí, puede que un poco. El desahogo físico, esa sensación de mantequilla líquida al alcanzar el orgasmo, solía acallar el ruido mental por unos minutos. Después, todo volvía a ser la misma mierda de siempre. Así que se había convertido en una espiral. La cama era el único espacio en el que St. George se desvanecía ligeramente, dando paso a un instinto más animal, más rudo, más seco.
La mayoría de las veces ni siquiera permitía que las mujeres me mirasen a la cara una vez estaba dentro de ellas. Me las apañaba bien para que fueran ellas las que quisieran seguir ese juego de sumisión, con los ojos vendados, contra la pared o la mejilla aprisionada sobre el colchón. Había un sinfín de excusas para hacer que lo desearan.
Hae-won era diferente. Nuestra primera vez todo lo que había querido era que me viese, verla, aprender cada uno de los resquicios de su anatomía. El camarote del Tempestad había sido testigo de las horas que entregué a recorrer a besos cada lunar o marca. Las que ella dedicó a estudiar mi constitución, sin ningún tipo de barrera por mi parte. Y puedo jurar que jamás había alcanzado orgasmos como los de aquella mañana en la que comprendí lo que de verdad significaba estar vivo.
Ahora que nos entregabamos por segunda vez, no quise que fuera diferente. Le sostuve la mirada. Largo; tendido. Dejé que pudiera apreciar el vaivén pausado de mi respiración, que se mecía contenida como la de un depredador al acecho. Aquella mirada fue una promesa de todo lo que vendría a continuación. Había espacios de ella que todavía no había tenido la oportunidad de saborear y estaba decidido a probarlo.
Comencé por la cara interna del muslo, de esa pierna que aún reposaba sobre mi hombro. Lamí, mordí y exploré el camino hasta llegar a su intimidad. Al contrario que en todas mis experiencias pasadas, no me importaba la tensión que hubiera acumulada en mi cuerpo, que ardía en el vientre y endurecía ciertas partes de mí. Lo único que quería era que ella se sintiera tan plena como me hacía sentir a mí.
Ese sería solo el comienzo. Poco nos importó el cansancio ni las altas horas de la madrugada. Hicimos el amor hasta el amanecer. Nuestras voces y jadeos llenarían la estancia hasta caer agotados. El resto de la humanidad o cualquier problema quedaría relegado al olvido entre las paredes de la habitación del hostal.
No sé en qué momento me dormí, pero sé que lo hice abrazado a su cintura, con mi pecho descansando contra su espalda y las sábanas enredadas entre las piernas.
El alba ya asomaba tras la ventana.
