Kazan la vio rodar. No dijo nada durante los primeros segundos , se limitó a observar cómo Seraphine se convertía en una espiral de cabello rosa y gruñidos sobre la hierba otoñal, con la corona de flores abandonada a metro y medio de distancia. Había algo en la imagen que no era exactamente gracioso ni exactamente triste sino las dos cosas en la proporción exacta."El segundo día de su libertad." Lo había dicho así de pasada, Kazan conocía ese mecanismo. Lana. Un nombre. Una persona que había existido lo suficiente para ser el segundo rostro que Seraphine asociaba a la libertad, y que ya no estaba. No hizo nada con eso salvo guardarlo. Lo que sí procesó, y con más atención de la que su expresión revelaba, fue la advertencia. Ella lo había mirado. No de reojo, no de ese modo lateral con el que a veces le lanzaba cosas sin comprometerse del todo, lo había mirado de frente, con los dedos en su propia mejilla y esa carita que según ella conseguía rebajas, y le había dicho en sustancia sé lo que cargas, y si lo usas de excusa para empezar a golpear cosas antes de tiempo. Kazan había recibido advertencias de muchos tipos a lo largo de cuarenta y cinco años. La mayoría venían con amenaza implícita de violencia, de traición, de consecuencias que el emisor esperaba que resultaran más grandes que él. Esta venía con una libreta y una mejilla pellizcada. Era, consideradas todas las cosas, la que más le había llegado.
Llevó la mano al cuerno sin darse cuenta. Los dedos recorrieron la curva hacia atrás, despacio, mientras los ojos seguían el recorrido de Seraphine por la hierba con algo entre la ternura y el peso específico de quien acaba de ser leído con precisión irritante. -Ga-ha-ha-ha-ha.--Por las profundidades, Seraphine... — Exhaló humo hacia arriba. -Nunca me acostumbrare a ser amenazado. Ga-ha.- Sacudió la cabeza. -No te equivocas. Y no te voy a decir que no porque no te lo digo a ti cuando tienes razón.- Se quedó en silencio un momento. La pipa trazó un arco lento desde la comisura izquierda a la derecha. -Lo que cargas tú, lo que cargo yo... no lo procesamos solos y en silencio hasta que explota. Eso ya lo aprendí de la forma más larga posible. Cuando quieras hablar de Lana, o de lo que pasó en ese lugar, o del collar que me miraste antes, lo haces. — Lo dijo sin bajar la voz, pero con una intención clara de que era para ella y no para el espacio general. -No tienes que parecer más fuerte de lo que estás siendo. Aquí somos tres, como dices.- Luego giró la cabeza hacia donde Seraphine seguía rodando entre la hierba y el cabello y los gruñidos, y dejó que la escena lo absorbiera porque incluso ahi era capaz de ver lo que significaba ese rodamiento para ella.
Dicho eso, se inclinó hacia un lado con el peso lento de sus quince toneladas redistribuyéndose, recogió la corona de flores del suelo entre el índice y el pulgar era absurdamente pequeña en su mano, una cosa frágil de pétalos lilas y tallos torcidos y la sostuvo en el aire en dirección a Seraphine con la misma naturalidad con que habría devuelto un objeto caído. La mirada que le lanzó a Mizuki por encima del hombro era breve pero cargada de lo que no iba a decir en voz alta: que la tarde había pesado de formas distintas para las tres personas que la habían compartido, y que la comida y los sketches y los planes del astillero podían esperar exactamente lo que hiciera falta.
Llevó la mano al cuerno sin darse cuenta. Los dedos recorrieron la curva hacia atrás, despacio, mientras los ojos seguían el recorrido de Seraphine por la hierba con algo entre la ternura y el peso específico de quien acaba de ser leído con precisión irritante. -Ga-ha-ha-ha-ha.--Por las profundidades, Seraphine... — Exhaló humo hacia arriba. -Nunca me acostumbrare a ser amenazado. Ga-ha.- Sacudió la cabeza. -No te equivocas. Y no te voy a decir que no porque no te lo digo a ti cuando tienes razón.- Se quedó en silencio un momento. La pipa trazó un arco lento desde la comisura izquierda a la derecha. -Lo que cargas tú, lo que cargo yo... no lo procesamos solos y en silencio hasta que explota. Eso ya lo aprendí de la forma más larga posible. Cuando quieras hablar de Lana, o de lo que pasó en ese lugar, o del collar que me miraste antes, lo haces. — Lo dijo sin bajar la voz, pero con una intención clara de que era para ella y no para el espacio general. -No tienes que parecer más fuerte de lo que estás siendo. Aquí somos tres, como dices.- Luego giró la cabeza hacia donde Seraphine seguía rodando entre la hierba y el cabello y los gruñidos, y dejó que la escena lo absorbiera porque incluso ahi era capaz de ver lo que significaba ese rodamiento para ella.
Dicho eso, se inclinó hacia un lado con el peso lento de sus quince toneladas redistribuyéndose, recogió la corona de flores del suelo entre el índice y el pulgar era absurdamente pequeña en su mano, una cosa frágil de pétalos lilas y tallos torcidos y la sostuvo en el aire en dirección a Seraphine con la misma naturalidad con que habría devuelto un objeto caído. La mirada que le lanzó a Mizuki por encima del hombro era breve pero cargada de lo que no iba a decir en voz alta: que la tarde había pesado de formas distintas para las tres personas que la habían compartido, y que la comida y los sketches y los planes del astillero podían esperar exactamente lo que hiciera falta.
