03-05-2026, 04:59 PM
La noche pesaba sobre la isla de la forma en la que las noches pasan cuando todo lo malo ya acabó sin apuro. Kazan llevaba un rato así, sentado en la arena con las piernas cruzadas a escasos metros del agua, su silueta oscureciendo una porción de cielo que, de no estar él, habría quedado repleta de estrellas. Diez metros de azul cerúleo y músculo contenido que el viento nocturno no conseguía mover ni un centímetro Kurogane descansaba en horizontal detrás de él, hundiendo ligeramente la arena por su propio peso considerable, y de entre sus labios salía una voluta de humo lenta que el aire marino deshacía antes de que llegase a medio metro de altura. La había visto llegar. No se movió, ni anunció su presencia. Hay formas de estar cerca de alguien sin invadirlo, y Kazan las había aprendido tarde pero con la misma dedicación con que había aprendido todo lo demás. Seraphine se había sentado a unos doce metros de su posición, cerca del borde donde la arena seca se volvía oscura por la humedad, y algo en la manera en que había apoyado el mentón sobre las rodillas le dijo todo lo necesario sin que mediara ningún papel ni ningún gesto. El cuerpo tiene su propio idioma cuando no puede dormir por miedo, y ese idioma Kazan lo conocía de sobra. Habia sentido demasiadas veces eso, demasiadas. "La reconozco. Es la misma postura que ponía yo cuando recién llegué a la Revolución y no sabía cómo sentarme en una habitación sin identificar antes las salidas." Le había dado espacio. Siguió fumando, mirando el horizonte con los ojos entrecerrados, y dejó que el mar hiciera el trabajo que no era de su incumbencia hacer. La brisa del sur llegaba en ráfagas cortas. En algún punto, sin volverse del todo, notó que el ritmo de la respiración de Seraphine había cambiado, que el cuerpo había cedido de esa forma involuntaria y total que solo tiene el agotamiento real cuando por fin encuentra el suelo. Se había quedado dormida.
La lagartija fue más rápida que él. "..." El animal había estado moviéndose por la arena cerca de media hora antes de encontrar el calor de la mejilla de Seraphine como destino lógico. Kazan lo había visto acercarse y había calculado, en el tiempo que duró un par de bocanadas de pipa, si valía la pena intervenir. Concluyó que no. La lagartija no hacía daño, y si Seraphine se despertaba sola, sin que nadie le dijera que había estado vigilándola, las probabilidades de que no le golpease los nudillos eran considerablemente más altas. El resultado fue el esperado: el pequeño animal salió volando. Cuando Seraphine dirigió la mirada al cielo nocturno, Kazan seguía en el mismo sitio. Nueve metros a su derecha, con las piernas cruzadas y la pipa entre los dientes, sin el menor intento de aparentar que no había estado ahí toda la noche. A esa escala, esconderse era un ejercicio de voluntad más que de geometría, y esta noche no tenía ninguna intención de intentarlo. Esperó un momento, dejando que la desorientación de los primeros segundos tras el sueño se disipase sola, y entonces soltó el humo que llevaba retenido con una lentitud calculada.
-Por las profundidades... esa lagartija tenía mejor puntería que la mitad de los marines que he conocido. Ga-ha-ha-ha-ha.-
Lo dijo sin girarse del todo, con la voz en ese registro bajo que usaba cuando no pretendía ocupar más espacio del estrictamente necesario, que en su caso era mucho de todas formas pero al menos venía acompañado de cierta intención de no aplastar. -¿Dormiste algo?-
No era una pregunta retórica. La respuesta importaba.
La lagartija fue más rápida que él. "..." El animal había estado moviéndose por la arena cerca de media hora antes de encontrar el calor de la mejilla de Seraphine como destino lógico. Kazan lo había visto acercarse y había calculado, en el tiempo que duró un par de bocanadas de pipa, si valía la pena intervenir. Concluyó que no. La lagartija no hacía daño, y si Seraphine se despertaba sola, sin que nadie le dijera que había estado vigilándola, las probabilidades de que no le golpease los nudillos eran considerablemente más altas. El resultado fue el esperado: el pequeño animal salió volando. Cuando Seraphine dirigió la mirada al cielo nocturno, Kazan seguía en el mismo sitio. Nueve metros a su derecha, con las piernas cruzadas y la pipa entre los dientes, sin el menor intento de aparentar que no había estado ahí toda la noche. A esa escala, esconderse era un ejercicio de voluntad más que de geometría, y esta noche no tenía ninguna intención de intentarlo. Esperó un momento, dejando que la desorientación de los primeros segundos tras el sueño se disipase sola, y entonces soltó el humo que llevaba retenido con una lentitud calculada.
-Por las profundidades... esa lagartija tenía mejor puntería que la mitad de los marines que he conocido. Ga-ha-ha-ha-ha.-
Lo dijo sin girarse del todo, con la voz en ese registro bajo que usaba cuando no pretendía ocupar más espacio del estrictamente necesario, que en su caso era mucho de todas formas pero al menos venía acompañado de cierta intención de no aplastar. -¿Dormiste algo?-
No era una pregunta retórica. La respuesta importaba.
