03-05-2026, 10:13 PM
Existen etiquetas, montones de etiquetas, que definen y moldean la realidad de cada uno. La primera es el nombre, la identidad interna y profunda, construída a partir de los montones de experiencias distintas que acarrean la vida. Enji era Enji por quienes eran sus padres, dónde había nacido, cómo lo habían criado y qué había hecho la vida con él. El fundamento troncal de su existencia se escondía detrás de su nombre. Pero existían otras etiquetas, etiquetas secundarias o complementarias, que rellenaban con detalles los puntos huecos de su nombre.
Enji era marine, pero, después y antes de marine, Enji era Enji. Enji elegía sentarse a charlar con una mujer que ostentaba recompensa sobre su cabeza, resguardados ambos dos bajo un toldo olvidado mientras, a escasos metros, el agua fustigaba las calles desiertas de un pueblo. Enji se sentía en deuda con el trato amable y cariñoso de una mujer que le tendió la mano cuando era menos que un vagabundo. Y eso, en el gran entramado que construía su identidad, estaba por encima del título de marine.
Las consecuencias de aquello llegarían algún día. Pero, hasta entonces, elegía ese camino. Miyori y Enji podrían ser amigos. Marines y Piratas serían siempre enemigos. Tenían que elegir. Ese momento era de los amigos.
Quizá otro día, envueltos en sus propias circunstancias, deberían elegir el otro papel.
—¡Shihahaha! Ese es el punto, Miyorcita. ¡No tienes que dejarme atraparte! Tienes que escabullirte. —La sonrisa en sus labios era ancha y su petición, sincera. Habiendo tantos salvajes, abusadores y asesinos sueltos en el mundo, esperaba que las piernas más rápidas fueran las de piratas como ella—. Y darme una buena excusa cuando me pregunten por ti. Tienes que ser rápida, ¿sí? Y hacer tus aventuras lejos de mi.
El cielo chilló a lo lejos, donde rayos y truenos luchaban por capturar la atención en alta mar. Ya lejos de las costas de Baterilla.
—Sin el uniforme, yo te invitaré esa cerveza la próxima vez —dijo, llevándose las manos a los bolsillos del pantalón azúl, estándar del uniforme de soldado raso, y suspirando a la par. Miyori se internó bajo el suave manto de la llovizna, una garúa débil en comparación al diluvio previo, y el final de su encuentro llegó. Enji asintió—. Nos vemos, señorita pirata. En otro mar.
El gran suceso llegaría pronto. El New Era Joy Park y su viaje a la Gran Línea. Esa sería la última ocasión en que se encontrarían fuera de los reflectores del mar más peligroso del mundo, el cementerio de piratas, donde las leyendas iban a ser forjadas.
Enji encendió un cigarrillo y dejó que el humo fuera el único testigo de su despedida, exhalado entre sus labios al articular un último “Adiós” mientras a Miyori la consumía la distancia y el resuello del viento.
Enji era marine, pero, después y antes de marine, Enji era Enji. Enji elegía sentarse a charlar con una mujer que ostentaba recompensa sobre su cabeza, resguardados ambos dos bajo un toldo olvidado mientras, a escasos metros, el agua fustigaba las calles desiertas de un pueblo. Enji se sentía en deuda con el trato amable y cariñoso de una mujer que le tendió la mano cuando era menos que un vagabundo. Y eso, en el gran entramado que construía su identidad, estaba por encima del título de marine.
Las consecuencias de aquello llegarían algún día. Pero, hasta entonces, elegía ese camino. Miyori y Enji podrían ser amigos. Marines y Piratas serían siempre enemigos. Tenían que elegir. Ese momento era de los amigos.
Quizá otro día, envueltos en sus propias circunstancias, deberían elegir el otro papel.
—¡Shihahaha! Ese es el punto, Miyorcita. ¡No tienes que dejarme atraparte! Tienes que escabullirte. —La sonrisa en sus labios era ancha y su petición, sincera. Habiendo tantos salvajes, abusadores y asesinos sueltos en el mundo, esperaba que las piernas más rápidas fueran las de piratas como ella—. Y darme una buena excusa cuando me pregunten por ti. Tienes que ser rápida, ¿sí? Y hacer tus aventuras lejos de mi.
El cielo chilló a lo lejos, donde rayos y truenos luchaban por capturar la atención en alta mar. Ya lejos de las costas de Baterilla.
—Sin el uniforme, yo te invitaré esa cerveza la próxima vez —dijo, llevándose las manos a los bolsillos del pantalón azúl, estándar del uniforme de soldado raso, y suspirando a la par. Miyori se internó bajo el suave manto de la llovizna, una garúa débil en comparación al diluvio previo, y el final de su encuentro llegó. Enji asintió—. Nos vemos, señorita pirata. En otro mar.
El gran suceso llegaría pronto. El New Era Joy Park y su viaje a la Gran Línea. Esa sería la última ocasión en que se encontrarían fuera de los reflectores del mar más peligroso del mundo, el cementerio de piratas, donde las leyendas iban a ser forjadas.
Enji encendió un cigarrillo y dejó que el humo fuera el único testigo de su despedida, exhalado entre sus labios al articular un último “Adiós” mientras a Miyori la consumía la distancia y el resuello del viento.

