04-05-2026, 12:25 AM
(Última modificación: 04-05-2026, 12:26 AM por Garnet D. Matlock.)
Varias estaciones habían transcurrido sin cesar desde que los Alas Negras pisaron el desafiante mar del Nuevo Mundo. Y, aunque desde hace tiempo, la tripulación comandada en ese momento por Triana Tempesta había avistado una isla en su casi mayoría tropical, el nombre de aquel lugar y aquella fortaleza metálica y emisora de vapor revelaba con claridad que no era un sitio cualquiera. Y así lo era. Gracias a varios periódicos, a la prodigiosa memoria de Tobías y al conocimiento que - sorprendentemente - el ya no tan joven Kenzo había ido acumulando durante la estancia en tan peligroso mar, era posible vaticinar que, aquel páramo que rozaba lo natural de lo artificial, no era otra cosa que Punk Hazard, hogar de uno de los sietes guerreros de los mares, el Dr. Utakata.
Según la información vivida en el pasado, el vaquero y manita(s) de los Alas Negras, recordó que aquella persona, fue la misma que, entre otros acontecimientos, borró del mapa al difunto Bepso de un disparo, reduciéndolo a cenizas salvo sus botas y uno de sus brazos. Y aunque Garnet y Kenzo se mostraban más motivados con la idea de irrumpir en los dominios del Shichibukai y tener ganas de "gresca", las mentes sensatas de la banda hacían un llamamiento a la cordura, procurando tener más discreción y, sobre todo, no meterse en la boca del lobo sin ir lo más preparado posible. De esta manera, fue que los días, semanas y meses pasaron, en lo que lo único que podían ver desde la lejanía era aquella fortaleza sin alma, emitiendo una especie de vapor a través de sus chimeneas que se fusionaban con gritos humanos llenos de lamentación. Todo hasta que llegó el día prometido.
Cansados de esperar y sintiéndose ya lo suficientemente preparados para llevar a cabo su ataque, Triana, Tobías, Kenzo, Jolyne y Garnet, desembarcaron de su galeón, el Solar Karma, tras dejarlo anclado, viendo como un largo sendero de tierra - de diez metros de ancho - se extendía ante ellos, separando la selva tropical en dos y, a su vez, separando a los Alas Negras del colosal armatoste de de metal. Vestido tan sólo con un tanga de tonalidad morada - con las palabras "ROCK" y "ROLL" en rojo en cada uno de sus glúteos respectivamente -, con unas gafas de sol con forma de corazón y lentes rosadas frente a sus ojos y por supuesto con sus guantes y botas "para meter buenas galletas". Además, el pelirrojo se había cerciorado de llevarse su equipamiento más imprescindible a la aventura, metiendo todos su diales y distintos den den mushi en su zurrón - el cuál colgaba de su hombro izquierdo - y, como no podía ser de otra manera, su increíble guitarra eléctrica fabricada a mano por su hermano de otra madre, Saber Tones - que colgaba por su cinta de su hombro derecho -.
Pero eso no era todo y es que, debido a la hora que era - y que no sabían cuánto tiempo iban a encontrarse fuera -, el skypiean se había asegurado de prepararles a cada uno de sus coleguis un bento que consistía en una paella de marisco.- ¡Coleguis! El gran Garnet os ha preparado una cena de puta madre, así que coscaros de que cogéis todos uno, ¡qué a saber cuando nos puede dar una buena hambruna! ¿Es o no es? - Dejaba claro Garnet, cargando con todos los bentos en sus brazos y acercándoles a cada uno su respectiva comida, al poco de bajar del barco y comenzar a caminar.- Ah sí... - Se detuvo ante Triana, descendiendo su mirada ante su perfecto y voluptuoso busto, haciendo que sus gafas bajaran respecto a la altura de sus ojos.- Para ti hay dos, que a las gemelas hay que tenerlas bien alimentas pueje puejeje... - Soltó la primera, pero para nada última, marranada del día.
Los Alas Negras caminaron rumbo hacia las instalaciones del Shichibukai, caminando por el sendero de tierra cuando, después de que dos horas transcurrieran - en las que lo único que eran capaces de escuchar eran los zumbidos y rugidos de la propia fauna de la selva tropical, además de sus propios comentarios -, finalmente llegaron a una gigantesca y férrea muralla, "decorada" con varias señales de peligro y que terminaba en un enorme portón de hierro que, en una primera instancia, parecía ser inexpugnable. Al ver aquella escena, Garnet desplazó su dedo pulgar derecho hacia la patilla derecha de sus gafas, levantándolas sutilmente sobre la altura de sus ojos, pudiendo ver así con mayor calidad la fortaleza.- Esto parece chungo de pelotas... Estarás flipando con todo esto, colegui, ¿es o no es? - Comentó, para sí mismo y para después girarse hacia Tobías, sabiendo lo mucho que debía estar fascinado por dicha arquitectura, dejando recaer de nuevo sus gafas sobre su nariz, y pasando a flexionar sus piernas - quedando ligeramente agachado -, como si estuviera dispuesto a dar un salto.- Parece que el menda tendrá que utilizar eso ya, ¿es o no es? - Pensó, pasando a mirar hacia las dos chicas de la banda, esbozando una sonrisa de degenerado total.- Triana, Jolyne, subiros en la espalda del menda. - Aconsejó, pasando en su lugar a mirar tanto a Tobías como a Kenzo, esta vez con una sonrisa maliciosa.- Vosotros a sacaros las castañas del fuego coleguis, ¿es o no es? - Añadió, momento en el que, tras un sonido de despresurización de aire y metálico - como si algo dentro de la puerta se moviera -, la propia puerta decidió abrirse por sí misma, causando que Garnet extendiera de nuevo sus piernas y desplazara su mano derecha hacia su cabeza, rascándose el cuero cabelludo con cierta confusión.- ¿Huh? - Emitió, sin entender la razón de por qué les estaban dejando entrar, encogiéndose el skypiean de hombros y procediendo a caminar al interior de la muralla.- Bah, no hay que ser desagradecido. - Comentó, con cierta desgana por haber perdido la oportunidad de que Triana y Jolyne se subieran a su espalda.
Una vez que cruzó el portón de esa primera muralla, los ojos del músico de los Alas Negras se posaron en lo que residía allí. Una civilización entera, compuesta por distintas hombres y mujeres de edades dispares pero todos con algo en común, y eran las ropas, pseudo-medievales que todos portaban aunque ciertamente desaliñada y desgastada. Siendo residentes de la nación del shichibukai, no sabían como de hostiles se presentarían ante ellos.- Al loro con la peña... Peña. - Alertó Garnet, extendiendo su Kenbunshoku Haki en un radio de 100 metros, con la intención de leer el nivel de hostilidad de aquellos civiles. Sin embargo, lejos de miedo, enfado, furia o hostilidad, todo lo que se encontró el pelirrojo fue... Un vacío absoluto.- ¿Huh? - Emitió, anonadado el skypiean, observando como ante su presencia, aquellos ciudadanos seguían a su trabajo, mostrando una clara indiferencia hacia ellos pero con esa sonrisa en sus rostros que, lejos de mostrarse como algo tranquilizador era algo... Inquietante, aún sabiendo el vacío que ahondaba en su interior.- ¿Qué cojones pasa aquí? - Preguntó Garnet a sus compañeros, sintiendo una especie de escalofrío al ver a aquellos ciudadanos realizar ese trabajo puramente mecánico sin parar, como si fueran propios robots.
Con todo ello, y una vez que todos habían pasado la muralla, el portón de metal que les recibía se cerraba abruptamente, no quedándoles otra alternativa que avanzar y avanzar hasta lo que sería, a unos 50 metros, una segunda muralla, pudiendo admirar de más de cerca la fría estructura en la que debía residir el dr. Utakata. Pero sin lugar a dudas, el ver a aquella civilización sonreír sin sentir ninguna emoción fue lo que más descolocado dejó al músico. Y sentirse así en territorio hostil podía resultar fatal. No podía dejar ni que a él ni a sus amigos les venciera aquella clase de emociones. Y si bien sabía que sus amigos no eran tan débiles como para flaquear con algo así, como músico, era su deber subir la moral y la motivación de toda la banda por lo que, con eso en mente, sacó a Saber Tones de su espalda, poniéndose el instrumento frente a él y, agarrando con su zurda el mástil de la guitarra y colocando su diestra en el propio cuerpo, comenzó a tocar una tonada que buscaría motivar a sus amigos. Del mismo modo, quería comprobar también si algunas de las emociones de los ciudadanos cambiaba con su música.
Los dedos de Garnet se movían con maestría y destreza por cada una de las cuerdas de su instrumento, haciendo resonar una melodía sonora y épica que no dejaría que la voluntad de su banda se doblegara así sin más.- Parece que este tío se lo tiene bien montado pero... - Cogió aire el pelirrojo.- ¡VAMOS A LIARLA BIEN PARDA, ¿ES O NO ES?! - Gritó a pleno pulmón, asegurándose que el mayor número de civiles le escucharan, sin dejar de tocar, mientras miraba de soslayo a doña Triana Tempesta.- ¿Algo más que decir, capi? - Esperaba que la capitana en funciones de los Alas Negras dijera algún discurso motivador, que subiera el ánimo de la banda aún más por las nubes pues, siempre que ella hablaba, subía el pan, pero en el mejor de los sentidos.
Tras andar los 50 metros, los Alas Negras llegaban ahora hacia el segundo portón, delimitado por otra muralla que parecía ser igual de inexpugnable que la primera, con todo lo que ello significaba pues, de la misma manera, la puerta se abrió abruptamente y sin previo aviso, pareciendo que el propio Shichibukai quería a la banda allí mismo, vete tú a saber por qué. Al abrirse esa segunda puerta, en esta ocasión, se revelaría - tras otro sendero de 50 metros de longitud - la vista del enorme y acorazado castillo de Utakata. A cada paso que daba, se podía palpar la tensión en el ambiente, recordando con cada uno de esos pasos, algunas memorias del pasado que se relacionaban con el día de hoy. Y es que, del mismo modo que Utakata, en su justa medida, había sido una prueba en su entrada al Paraíso, ahora lo volvía a ser en la entrada al Nuevo Mundo. Con la diferencia de que, siendo este un mar mucho más peligroso y demandante que la primera mitad del Grand Line, aquí cualquier error podría hacer que acabaran como el cuerpo del tontatta Bepso. No habían segundas oportunidades pero, sí de algo estaba seguro Garnet era en lo mucho que confiaba en sus amigos y, en su propio crecimiento. No sabía que era con lo que se iba a encontrar, pero tanto él como el resto de sus amigos pensaban superar sus límites y sobreponerse ante cualquier reto.
Una vez alcanzó el final del camino, otra enorme entrada, esta vez mucho más majestuosa que las dos anteriores se anteponían ante ellos. Un enorme arco de 25 metros de alto, cubierto con una reja de lo que debía ser acero, era lo que separaba a los Alas Negras ahora mismo de los aposentos o la casa del guerrero del mar.- Bien... - Dijo, mientras dejaba de tocar, y volvía dejar reposado su guitarra tras su espalda, colgando de su hombro derecho, chocando con ferocidad su puño derecho contra su palma izquierda, transformándose al mismo tiempo en la forma híbrida de su fruta, dejando claro que estaba más que preparado para lo que se podía avecinar.- El menda está más que listo, ¿es o no es? -
Según la información vivida en el pasado, el vaquero y manita(s) de los Alas Negras, recordó que aquella persona, fue la misma que, entre otros acontecimientos, borró del mapa al difunto Bepso de un disparo, reduciéndolo a cenizas salvo sus botas y uno de sus brazos. Y aunque Garnet y Kenzo se mostraban más motivados con la idea de irrumpir en los dominios del Shichibukai y tener ganas de "gresca", las mentes sensatas de la banda hacían un llamamiento a la cordura, procurando tener más discreción y, sobre todo, no meterse en la boca del lobo sin ir lo más preparado posible. De esta manera, fue que los días, semanas y meses pasaron, en lo que lo único que podían ver desde la lejanía era aquella fortaleza sin alma, emitiendo una especie de vapor a través de sus chimeneas que se fusionaban con gritos humanos llenos de lamentación. Todo hasta que llegó el día prometido.
Día 60 del año 17, Otoño - 18:20 p.m.
Selva de Punk Hazard.
Selva de Punk Hazard.
Cansados de esperar y sintiéndose ya lo suficientemente preparados para llevar a cabo su ataque, Triana, Tobías, Kenzo, Jolyne y Garnet, desembarcaron de su galeón, el Solar Karma, tras dejarlo anclado, viendo como un largo sendero de tierra - de diez metros de ancho - se extendía ante ellos, separando la selva tropical en dos y, a su vez, separando a los Alas Negras del colosal armatoste de de metal. Vestido tan sólo con un tanga de tonalidad morada - con las palabras "ROCK" y "ROLL" en rojo en cada uno de sus glúteos respectivamente -, con unas gafas de sol con forma de corazón y lentes rosadas frente a sus ojos y por supuesto con sus guantes y botas "para meter buenas galletas". Además, el pelirrojo se había cerciorado de llevarse su equipamiento más imprescindible a la aventura, metiendo todos su diales y distintos den den mushi en su zurrón - el cuál colgaba de su hombro izquierdo - y, como no podía ser de otra manera, su increíble guitarra eléctrica fabricada a mano por su hermano de otra madre, Saber Tones - que colgaba por su cinta de su hombro derecho -.
Pero eso no era todo y es que, debido a la hora que era - y que no sabían cuánto tiempo iban a encontrarse fuera -, el skypiean se había asegurado de prepararles a cada uno de sus coleguis un bento que consistía en una paella de marisco.- ¡Coleguis! El gran Garnet os ha preparado una cena de puta madre, así que coscaros de que cogéis todos uno, ¡qué a saber cuando nos puede dar una buena hambruna! ¿Es o no es? - Dejaba claro Garnet, cargando con todos los bentos en sus brazos y acercándoles a cada uno su respectiva comida, al poco de bajar del barco y comenzar a caminar.- Ah sí... - Se detuvo ante Triana, descendiendo su mirada ante su perfecto y voluptuoso busto, haciendo que sus gafas bajaran respecto a la altura de sus ojos.- Para ti hay dos, que a las gemelas hay que tenerlas bien alimentas pueje puejeje... - Soltó la primera, pero para nada última, marranada del día.
Los Alas Negras caminaron rumbo hacia las instalaciones del Shichibukai, caminando por el sendero de tierra cuando, después de que dos horas transcurrieran - en las que lo único que eran capaces de escuchar eran los zumbidos y rugidos de la propia fauna de la selva tropical, además de sus propios comentarios -, finalmente llegaron a una gigantesca y férrea muralla, "decorada" con varias señales de peligro y que terminaba en un enorme portón de hierro que, en una primera instancia, parecía ser inexpugnable. Al ver aquella escena, Garnet desplazó su dedo pulgar derecho hacia la patilla derecha de sus gafas, levantándolas sutilmente sobre la altura de sus ojos, pudiendo ver así con mayor calidad la fortaleza.- Esto parece chungo de pelotas... Estarás flipando con todo esto, colegui, ¿es o no es? - Comentó, para sí mismo y para después girarse hacia Tobías, sabiendo lo mucho que debía estar fascinado por dicha arquitectura, dejando recaer de nuevo sus gafas sobre su nariz, y pasando a flexionar sus piernas - quedando ligeramente agachado -, como si estuviera dispuesto a dar un salto.- Parece que el menda tendrá que utilizar eso ya, ¿es o no es? - Pensó, pasando a mirar hacia las dos chicas de la banda, esbozando una sonrisa de degenerado total.- Triana, Jolyne, subiros en la espalda del menda. - Aconsejó, pasando en su lugar a mirar tanto a Tobías como a Kenzo, esta vez con una sonrisa maliciosa.- Vosotros a sacaros las castañas del fuego coleguis, ¿es o no es? - Añadió, momento en el que, tras un sonido de despresurización de aire y metálico - como si algo dentro de la puerta se moviera -, la propia puerta decidió abrirse por sí misma, causando que Garnet extendiera de nuevo sus piernas y desplazara su mano derecha hacia su cabeza, rascándose el cuero cabelludo con cierta confusión.- ¿Huh? - Emitió, sin entender la razón de por qué les estaban dejando entrar, encogiéndose el skypiean de hombros y procediendo a caminar al interior de la muralla.- Bah, no hay que ser desagradecido. - Comentó, con cierta desgana por haber perdido la oportunidad de que Triana y Jolyne se subieran a su espalda.
Una vez que cruzó el portón de esa primera muralla, los ojos del músico de los Alas Negras se posaron en lo que residía allí. Una civilización entera, compuesta por distintas hombres y mujeres de edades dispares pero todos con algo en común, y eran las ropas, pseudo-medievales que todos portaban aunque ciertamente desaliñada y desgastada. Siendo residentes de la nación del shichibukai, no sabían como de hostiles se presentarían ante ellos.- Al loro con la peña... Peña. - Alertó Garnet, extendiendo su Kenbunshoku Haki en un radio de 100 metros, con la intención de leer el nivel de hostilidad de aquellos civiles. Sin embargo, lejos de miedo, enfado, furia o hostilidad, todo lo que se encontró el pelirrojo fue... Un vacío absoluto.- ¿Huh? - Emitió, anonadado el skypiean, observando como ante su presencia, aquellos ciudadanos seguían a su trabajo, mostrando una clara indiferencia hacia ellos pero con esa sonrisa en sus rostros que, lejos de mostrarse como algo tranquilizador era algo... Inquietante, aún sabiendo el vacío que ahondaba en su interior.- ¿Qué cojones pasa aquí? - Preguntó Garnet a sus compañeros, sintiendo una especie de escalofrío al ver a aquellos ciudadanos realizar ese trabajo puramente mecánico sin parar, como si fueran propios robots.
Con todo ello, y una vez que todos habían pasado la muralla, el portón de metal que les recibía se cerraba abruptamente, no quedándoles otra alternativa que avanzar y avanzar hasta lo que sería, a unos 50 metros, una segunda muralla, pudiendo admirar de más de cerca la fría estructura en la que debía residir el dr. Utakata. Pero sin lugar a dudas, el ver a aquella civilización sonreír sin sentir ninguna emoción fue lo que más descolocado dejó al músico. Y sentirse así en territorio hostil podía resultar fatal. No podía dejar ni que a él ni a sus amigos les venciera aquella clase de emociones. Y si bien sabía que sus amigos no eran tan débiles como para flaquear con algo así, como músico, era su deber subir la moral y la motivación de toda la banda por lo que, con eso en mente, sacó a Saber Tones de su espalda, poniéndose el instrumento frente a él y, agarrando con su zurda el mástil de la guitarra y colocando su diestra en el propio cuerpo, comenzó a tocar una tonada que buscaría motivar a sus amigos. Del mismo modo, quería comprobar también si algunas de las emociones de los ciudadanos cambiaba con su música.
Los dedos de Garnet se movían con maestría y destreza por cada una de las cuerdas de su instrumento, haciendo resonar una melodía sonora y épica que no dejaría que la voluntad de su banda se doblegara así sin más.- Parece que este tío se lo tiene bien montado pero... - Cogió aire el pelirrojo.- ¡VAMOS A LIARLA BIEN PARDA, ¿ES O NO ES?! - Gritó a pleno pulmón, asegurándose que el mayor número de civiles le escucharan, sin dejar de tocar, mientras miraba de soslayo a doña Triana Tempesta.- ¿Algo más que decir, capi? - Esperaba que la capitana en funciones de los Alas Negras dijera algún discurso motivador, que subiera el ánimo de la banda aún más por las nubes pues, siempre que ella hablaba, subía el pan, pero en el mejor de los sentidos.
Tras andar los 50 metros, los Alas Negras llegaban ahora hacia el segundo portón, delimitado por otra muralla que parecía ser igual de inexpugnable que la primera, con todo lo que ello significaba pues, de la misma manera, la puerta se abrió abruptamente y sin previo aviso, pareciendo que el propio Shichibukai quería a la banda allí mismo, vete tú a saber por qué. Al abrirse esa segunda puerta, en esta ocasión, se revelaría - tras otro sendero de 50 metros de longitud - la vista del enorme y acorazado castillo de Utakata. A cada paso que daba, se podía palpar la tensión en el ambiente, recordando con cada uno de esos pasos, algunas memorias del pasado que se relacionaban con el día de hoy. Y es que, del mismo modo que Utakata, en su justa medida, había sido una prueba en su entrada al Paraíso, ahora lo volvía a ser en la entrada al Nuevo Mundo. Con la diferencia de que, siendo este un mar mucho más peligroso y demandante que la primera mitad del Grand Line, aquí cualquier error podría hacer que acabaran como el cuerpo del tontatta Bepso. No habían segundas oportunidades pero, sí de algo estaba seguro Garnet era en lo mucho que confiaba en sus amigos y, en su propio crecimiento. No sabía que era con lo que se iba a encontrar, pero tanto él como el resto de sus amigos pensaban superar sus límites y sobreponerse ante cualquier reto.
Una vez alcanzó el final del camino, otra enorme entrada, esta vez mucho más majestuosa que las dos anteriores se anteponían ante ellos. Un enorme arco de 25 metros de alto, cubierto con una reja de lo que debía ser acero, era lo que separaba a los Alas Negras ahora mismo de los aposentos o la casa del guerrero del mar.- Bien... - Dijo, mientras dejaba de tocar, y volvía dejar reposado su guitarra tras su espalda, colgando de su hombro derecho, chocando con ferocidad su puño derecho contra su palma izquierda, transformándose al mismo tiempo en la forma híbrida de su fruta, dejando claro que estaba más que preparado para lo que se podía avecinar.- El menda está más que listo, ¿es o no es? -
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