04-05-2026, 09:56 AM
Lègance tenía el don de las ciudades que se construyen sobre colinas, cada calle desembocaba en otra, cada esquina prometía una perspectiva distinta, y quien no conociera el trazado podía caminar durante horas sin llegar a ningún sitio concreto. Era una ciudad pensada para quedarse, no para atravesarla. Sus artesanos lo sabían. Sus tenderos lo sabían. Sus guardias lo sabían. Y Morgana también lo sabía. Llevaba el tiempo suficiente en Lègance como para haber memorizado el ritmo de sus calles, a qué hora se vaciaban los mercados, dónde se juntaban los soldados del ejército real a descansar entre turnos, qué callejones del barrio medio no tenían salida aunque lo pareciera desde la entrada. Información barata, del tipo que se consigue pagando unas rondas en la taberna correcta y escuchando más de lo que se habla. Había llegado a esta ciudad tres días antes que su objetivo. Eso era una ventaja que no pensaba desperdiciar.
Lo que no había calculado del todo aunque tampoco le había resultado una sorpresa especialmente era que la chica del cartel tuviera la costumbre de moverse por los tejados. La había perdido de vista durante casi veinte minutos mientras saltaba entre los techos del barrio alto con una soltura que le habría resultado admirable si no fuera el tipo de soltura que complica los trabajos. Pero las alas blancas y el cabello rosa no eran exactamente un disfraz de sigilo, y cuando Yuuki bajó a pie y comenzó a caminar sin rumbo aparente por el barrio medio, Morgana simplemente ajustó su posición y esperó el momento adecuado. Y el momento adecuado era este.
La Calle de los Tintoreros era exactamente lo que su nombre prometía estrecha, flanqueada por fachadas de piedra manchadas de añil y carmesí, con cubos y tinas apiladas a ambos lados que reducían el paso a poco más de un metro y medio de anchura útil. A esta hora, los talleres estaban cerrando. Los últimos operarios recogían herramientas y echaban el cierre con ese cansancio sistemático del final de la jornada. Nadie prestaba especial atención a nada que no fueran sus propios pies. Nadie excepto la figura que aguardaba al fondo del callejón, de espaldas, fingiendo examinar un cartel clavado en la pared. Cuatro metros. En un callejón diseñado para personas de metro y medio. Pero Morgana no estaba intentando pasar desapercibida ya. Esa fase había terminado. Cuando los pasos de Yuuki llegaron al punto que había calculado lo suficientemente adentro del callejón como para que la salida quedara a sus espaldas, lo suficientemente cerca como para que la distancia no fuera un factor Morgana se giró.
No con prisa. No con el dramatismo de quien quiere intimidar. Con la economía de movimientos de alguien que ha hecho esto suficientes veces como para saber que el gesto innecesario es energía desperdiciada. Sus ojos de un gris metálico que no tenían la calidez suficiente para ser plateados encontraron los de Yuuki durante exactamente un segundo. Y entonces se movió.
Para ser algo de cuatro metros, Morgana se movía con una velocidad que no correspondía a su tamaño. Sus piernas cubrian el espacio entre ellas en dos zancadas, y el puño derecho, tan grande como la cabeza de una persona adulta se tensó antes de llegar. No fue un movimiento torpe ni cargado de rabia. Fue preciso. Fue el movimiento de alguien que ha tensado los músculos de esa manera miles de veces y sabe exactamente cuánta fuerza proyectar y en qué dirección. Un impacto único, directo, canalizado desde el hombro hasta el nudillo con la concentración de quien sabe que la fuerza bruta sin dirección es desperdicio.
El puño pasó, o no, y Morgana dejó caer el brazo con la misma calma con la que lo había alzado. Se quedó donde estaba, ocupando el ancho del callejón con la naturalidad de quien no ha necesitado nunca aprender a caber en los espacios que le asignan los demás. -Bien, atiende a la reina- dijo. Su voz era grave. Hablaba en el mismo tono con el que se comenta el tiempo.-Espero que sigas en pie tras eso. De cualquier manera, escucha lo que tengo que decirte, porque no pienso repetirlo, palomita con recompensa .- Se apoyó contra la pared del callejón con un hombro, cruzando los brazos con una deliberación que hacía que el gesto pareciera monumental. Sacó del interior del peto, con dos dedos, el documento lacrado. Lo sostuvo un momento a la altura de los ojos de Yuuki, tuvo que bajar considerablemente el brazo para lograrlo, y luego lo giró para que el sello fuera visible.
El lacre era rojo oscuro. La marca impresa en él era un símbolo que Yuuki conocería seguro. - Me llamo Morgana. Soy una cazadora de recompensas muy buena en lo mio. Tu familia me contrató hace cuatro semanas con un encargo simple: encontrarte y traerte de vuelta. Viva. Una pausa breve, del tipo que no es duda sino puntuación. -Eso es lo que prefieren ellos.- sonrió. Sus ojos bajaron al documento y luego volvieron a Yuuki.
-Esto- continuó, moviendo ligeramente el sobre entre los dedos - es una carta dirigida a algun marine de la base G-65, tres calles al norte de donde estamos ahora mismo. Está firmada por tu familia. Describe con bastante detalle una reliquia sagrada desaparecida y una muerte en la que te ves envuelta. - Otra pausa. Morgana no era el tipo de persona que subrayaba las cosas con el tono. Las dejaba caer y esperaba. - Por lo que me veo en la necesidad de decidir si entregarte viva a tu familia o muerta a la marina.- Dobló el documento y lo guardó de nuevo. - Viva, pero no entera. - volvió a sonreír de forma maliciosa. Las tinas apiladas a ambos lados del callejón crujieron levemente con la brisa que se había levantado al caer la tarde. Algún operario cerró una contraventana en el piso de arriba de uno de los talleres sin prestar atención a lo que ocurría abajo.
Morgana esperó. Era, como ya se había dicho, buena esperando.
Lo que no había calculado del todo aunque tampoco le había resultado una sorpresa especialmente era que la chica del cartel tuviera la costumbre de moverse por los tejados. La había perdido de vista durante casi veinte minutos mientras saltaba entre los techos del barrio alto con una soltura que le habría resultado admirable si no fuera el tipo de soltura que complica los trabajos. Pero las alas blancas y el cabello rosa no eran exactamente un disfraz de sigilo, y cuando Yuuki bajó a pie y comenzó a caminar sin rumbo aparente por el barrio medio, Morgana simplemente ajustó su posición y esperó el momento adecuado. Y el momento adecuado era este.
La Calle de los Tintoreros era exactamente lo que su nombre prometía estrecha, flanqueada por fachadas de piedra manchadas de añil y carmesí, con cubos y tinas apiladas a ambos lados que reducían el paso a poco más de un metro y medio de anchura útil. A esta hora, los talleres estaban cerrando. Los últimos operarios recogían herramientas y echaban el cierre con ese cansancio sistemático del final de la jornada. Nadie prestaba especial atención a nada que no fueran sus propios pies. Nadie excepto la figura que aguardaba al fondo del callejón, de espaldas, fingiendo examinar un cartel clavado en la pared. Cuatro metros. En un callejón diseñado para personas de metro y medio. Pero Morgana no estaba intentando pasar desapercibida ya. Esa fase había terminado. Cuando los pasos de Yuuki llegaron al punto que había calculado lo suficientemente adentro del callejón como para que la salida quedara a sus espaldas, lo suficientemente cerca como para que la distancia no fuera un factor Morgana se giró.
No con prisa. No con el dramatismo de quien quiere intimidar. Con la economía de movimientos de alguien que ha hecho esto suficientes veces como para saber que el gesto innecesario es energía desperdiciada. Sus ojos de un gris metálico que no tenían la calidez suficiente para ser plateados encontraron los de Yuuki durante exactamente un segundo. Y entonces se movió.
Para ser algo de cuatro metros, Morgana se movía con una velocidad que no correspondía a su tamaño. Sus piernas cubrian el espacio entre ellas en dos zancadas, y el puño derecho, tan grande como la cabeza de una persona adulta se tensó antes de llegar. No fue un movimiento torpe ni cargado de rabia. Fue preciso. Fue el movimiento de alguien que ha tensado los músculos de esa manera miles de veces y sabe exactamente cuánta fuerza proyectar y en qué dirección. Un impacto único, directo, canalizado desde el hombro hasta el nudillo con la concentración de quien sabe que la fuerza bruta sin dirección es desperdicio.
Off
El puño pasó, o no, y Morgana dejó caer el brazo con la misma calma con la que lo había alzado. Se quedó donde estaba, ocupando el ancho del callejón con la naturalidad de quien no ha necesitado nunca aprender a caber en los espacios que le asignan los demás. -Bien, atiende a la reina- dijo. Su voz era grave. Hablaba en el mismo tono con el que se comenta el tiempo.-Espero que sigas en pie tras eso. De cualquier manera, escucha lo que tengo que decirte, porque no pienso repetirlo, palomita con recompensa .- Se apoyó contra la pared del callejón con un hombro, cruzando los brazos con una deliberación que hacía que el gesto pareciera monumental. Sacó del interior del peto, con dos dedos, el documento lacrado. Lo sostuvo un momento a la altura de los ojos de Yuuki, tuvo que bajar considerablemente el brazo para lograrlo, y luego lo giró para que el sello fuera visible.
El lacre era rojo oscuro. La marca impresa en él era un símbolo que Yuuki conocería seguro. - Me llamo Morgana. Soy una cazadora de recompensas muy buena en lo mio. Tu familia me contrató hace cuatro semanas con un encargo simple: encontrarte y traerte de vuelta. Viva. Una pausa breve, del tipo que no es duda sino puntuación. -Eso es lo que prefieren ellos.- sonrió. Sus ojos bajaron al documento y luego volvieron a Yuuki.
-Esto- continuó, moviendo ligeramente el sobre entre los dedos - es una carta dirigida a algun marine de la base G-65, tres calles al norte de donde estamos ahora mismo. Está firmada por tu familia. Describe con bastante detalle una reliquia sagrada desaparecida y una muerte en la que te ves envuelta. - Otra pausa. Morgana no era el tipo de persona que subrayaba las cosas con el tono. Las dejaba caer y esperaba. - Por lo que me veo en la necesidad de decidir si entregarte viva a tu familia o muerta a la marina.- Dobló el documento y lo guardó de nuevo. - Viva, pero no entera. - volvió a sonreír de forma maliciosa. Las tinas apiladas a ambos lados del callejón crujieron levemente con la brisa que se había levantado al caer la tarde. Algún operario cerró una contraventana en el piso de arriba de uno de los talleres sin prestar atención a lo que ocurría abajo.
Morgana esperó. Era, como ya se había dicho, buena esperando.
INFO
