04-05-2026, 02:47 PM
Betrug, que así dice llamarse el hombre de la campana, responde a las preguntas de Stroud con el hastío de quien lleva días intentando conseguir voluntarios sin demasiado éxito, pues su propuesta de escoltar un cargamento de suministros hasta el Castillo de Drum choca siempre con el mismo problema. El camino que asciende por Drum Rockies lleva semanas bloqueado por varias manadas de animales salvajes que han bajado de las cumbres y que convierten el trayecto en algo imposible para cualquier grupo sin la capacidad de hacerles frente. Stroud y Kibai se encuentran a unos dos metros de Betrug en el centro exacto de la calle principal, con Bertram caminando desde el sur a cincuenta metros de distancia, lo suficientemente lejos para no poder escuchar las palabras del hombre – “El castillo lleva semanas sin recibir suministros y si no llegan pronto las consecuencias serán irreversibles, necesito gente capaz de abrirse paso por Drum Rockies y no encuentro a nadie en este maldito pueblo que se atreva.” – dice mirando a Stroud directamente a los ojos y percatándose de la inmovilidad de Kibai. Las palabras de Stroud sobre las avispas oficiales reciben de Betrug una mirada corta y sin demasiada impresión, pues un hombre que opera en territorio donde el ejército real tiene la última palabra y no la marina tiene pocos motivos para dejarse intimidar por títulos institucionales.
Sin embargo, los tres son interrumpidos por treinta civiles que un rato antes formaban parte del paisaje cotidiano de la calle principal y que han decidido, antorchas y lámparas de aceite en mano, que las avispas de Kibai son algo que no pueden seguir ignorando por ser tan antinatural. Luego de escapar otrora diez minutos atrás, ahora avanzan desde el norte en un frente compacto de ocho metros de ancho cubriendo los ocho metros de la calle principal de extremo a extremo, a una distancia inicial de veinte metros respecto a Kibai y por ende a unos veintitrés metros de Stroud, gritando – “¡Quemen a esas abominaciones!” – y – “¡Son esos bichos o nosotros!” – entre otras incoherencias que el miedo les hace vociferar mientras las antorchas iluminan sus rostros con una luz anaranjada que contrasta con la blancura de la nieve. Si el mink leopardo busca evitar que la mañana en el Reino Sakura tome un rumbo considerablemente más violento de lo previsto, le conviene tomar una decisión antes de que esa marabunta de gente comience a generar destrozos.
Betram termina por acortar la distancia quedando tres metros por detrás de Stroud, y por lo tanto 6 por detrás de Kibai, cuando nota un tirón en la manga de su abrigo el cual proviene de una niña de unos ocho años con un gorro de lana que le queda claramente grande y los ojos enrojecidos de quien lleva un buen rato llorando en silencio antes de armarse de valor para acercarse al marine pelirrojo que, a diferencia de los otros dos, fue el único que ayudó al anciano del trineo sin que nadie se lo pidiera. La niña se encuentra a apenas medio metro de Bertram cuando sin levantar la vista del suelo extiende hacia él una mano pequeña que sostiene un caramelo de menta envuelto en papel encerado y le dice en voz muy baja – “señor marine, mi mamá no se levanta de la cama desde hace tres días y no sé qué hacer, por favor ayúdeme, le prometo que le pagaré bien, tengo más caramelos en casa” – antes de apretar los labios con fuerza decidida a no llorar.
Los tres marines se encuentran en una encrucijada de decisiones las cuales, para bien o para mal, cambiaran el curso de los acontecimientos del día.
Sin embargo, los tres son interrumpidos por treinta civiles que un rato antes formaban parte del paisaje cotidiano de la calle principal y que han decidido, antorchas y lámparas de aceite en mano, que las avispas de Kibai son algo que no pueden seguir ignorando por ser tan antinatural. Luego de escapar otrora diez minutos atrás, ahora avanzan desde el norte en un frente compacto de ocho metros de ancho cubriendo los ocho metros de la calle principal de extremo a extremo, a una distancia inicial de veinte metros respecto a Kibai y por ende a unos veintitrés metros de Stroud, gritando – “¡Quemen a esas abominaciones!” – y – “¡Son esos bichos o nosotros!” – entre otras incoherencias que el miedo les hace vociferar mientras las antorchas iluminan sus rostros con una luz anaranjada que contrasta con la blancura de la nieve. Si el mink leopardo busca evitar que la mañana en el Reino Sakura tome un rumbo considerablemente más violento de lo previsto, le conviene tomar una decisión antes de que esa marabunta de gente comience a generar destrozos.
Betram termina por acortar la distancia quedando tres metros por detrás de Stroud, y por lo tanto 6 por detrás de Kibai, cuando nota un tirón en la manga de su abrigo el cual proviene de una niña de unos ocho años con un gorro de lana que le queda claramente grande y los ojos enrojecidos de quien lleva un buen rato llorando en silencio antes de armarse de valor para acercarse al marine pelirrojo que, a diferencia de los otros dos, fue el único que ayudó al anciano del trineo sin que nadie se lo pidiera. La niña se encuentra a apenas medio metro de Bertram cuando sin levantar la vista del suelo extiende hacia él una mano pequeña que sostiene un caramelo de menta envuelto en papel encerado y le dice en voz muy baja – “señor marine, mi mamá no se levanta de la cama desde hace tres días y no sé qué hacer, por favor ayúdeme, le prometo que le pagaré bien, tengo más caramelos en casa” – antes de apretar los labios con fuerza decidida a no llorar.
Los tres marines se encuentran en una encrucijada de decisiones las cuales, para bien o para mal, cambiaran el curso de los acontecimientos del día.
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