04-05-2026, 03:46 PM
Stroud escuchó la explicación del tal Betrug, no pudiendo evitar arquear una ceja. Lo que solicita responde a una cierta lógica, innegablemente: una serie de animales salvajes complican la subida de suministros desde las zonas bajas de la isla hasta el propio castillo. Hasta ahí, todo tenía pleno sentido. Sin embargo, ¿cómo era posible que nadie se hubiese ofrecido? Drum debía de tener guerreros más que capaces de abrir una ruta ante un puñado de alimañas silvestres. ¿Y qué había del ejército de Drum? "Creo que es algo con lo que podríamos lidiar, pero tengo algunas preg...," Fue a preguntar por sus inquietudes, pero una multitud indignada parecía haberse comenzado a arremolinarse. Una treintena de civiles, ni más ni menos.
Los ojos grises de Stroud observaron la situación, comenzando a medir distancias y a hacer cálculos, como tendía a hacer, de forma casi involuntaria, cada vez que una situación como aquella se presentaba. Se volvía indispensable para el Marine el control del espacio, la capacidad de asegurar las distancias y de mantener a la multitud bajo cierto control. Bloqueaban la calle en cuestión, exigiendo la quema de los insectos de Kibai. Stroud suspiró. No se les podía quitar la razón; Kibai traía consigo lo que, a ojos de cualquiera que no estuviese familiarizado con sus poderes, era toda una plaga, y más en un lugar como Drum, en que el frío habría evitado tradicionalmente que proliferasen los insectos. Aquella gente rara vez habría visto una mosca en su vida, por lo que el choque debía de ser, como mínimo, asombroso. A unos metros a su espalda, una niña parecía haberse aproximado hasta Bertram para pedirle algo, susurrándole. Su cerebro bloqueó aquella información, y deliberadamente evitó procesar lo que fuese que estuviese diciendo la niña; no era relevante en aquel momento. En aquel instante, una multitud de decisiones se enmarañaban en su mente, a medida que nuevas prioridades aparecían y se reorganizaban conforme los mecanismos de su cerebro giraban con pesadez. Por hostil que resultase la situación, no era algo que debiese pillar completamente por sorpresa a ningún Marine; las muchedumbres son peligrosas, y una muchedumbre indignada se calienta mucho más rápido que un individuo indignado. Se pierde la perspectiva. La gente se envalentona, y los acontecimientos se precipitan. Lidiar con multitudes, si bien lejos de su especialidad, no era un tema que le resultase completamente desconocido. Había que reconducir la situación antes de que se fuese de madre.
Era fundamental que tomase el control antes de que cualquiera, de un lado o de otro, tomase otra decisión estúpida. Se adelantó unos pasos, situándose delante de Kibai y poniéndose de cara ante la muchedumbre. Hizo un gesto a Kibai, dándole a entender que guardase sus dichosos insectos, con ánimos de apaciguar. A continuación, se dirigió a la multitud, mostrándoles las palmas de sus manos enguantadas en un gesto de afán pacificador. Su lenguaje corporal era sereno, pero firme y marcial, como de costumbre. Buscaba imponer su presencia física, interponiéndose entre ambos bandos. "Señoras y señores, tranquilícense. Soy el comandante Stroud Redgrave de la Marina, capitán de la División 60. Estamos aquí de misión. Nadie va a quemar nada," dijo. No era estrictamente cierto que estuviesen allí de misión, realmente, pero en términos prácticos poco importaba; sí que estaban, de forma estrictamente cierta, de servicio. Lo fundamental era reflejar que no estaban hablando con civiles cualesquiera. Por mucho que dispusiese de su propia guardia, Drum no dejaba de ser un reino al amparo del Gobierno Mundial y, por ende, de la Marina. Lo primero era la demostración de autoridad y calmar los ánimos. "Estamos aquí para ayudar," afirmó, su voz monótona, tranquila y firme, pero alta en volumen, proyectada hacia la multitud. "Los insectos están con nosotros, no harán daño a nadie. Mi compañero los hará desaparecer y no tendrán de qué preocuparse," dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia el mink. "Pueden disperarse. Si hay alguna cuestión con la que necesiten ayuda, acérquense al Contramaestre Gaufrid, al soldado Kibai o a mí mismo, y veamos qué se puede hacer. Vayan uno por uno."
La estructura en la forma en que Stroud se dirigió a la multitud era evidente: primero, pacificación bajo la amenaza implícita de la represión física; la Marina demandaba calma, pero podía exigirla bajo amenaza si así lo requería la situación. Era una forma de no escalar el asunto. Lo siguiente era dar una solución: las avispas eran inofensivas, pero, además, desaparecerían (o, al menos, desaparecerían en cuanto a ellos concernía) para no causar problemas. Y, finalmente, Stroud finiquitaba la cuestión ofreciendo la ayuda de la institución para quien lo requiriese. Determinar que lo hiciesen uno por uno no fue un capricho dialéctico, sino, más bien, una forma de desviar inconscientemente la atención del grupo hacia cómo debían pedir ayuda si la querían, dando por hecho que no pacificarse bajo la autoridad de la Marina estaba ya fuera de la cuestión. Una sutil jugada psicológica. Se reajustó correctamente la gorra de la Marina, ciñéndose la visera adecuadamente, y observó a la multitud, esperando a ver cómo reaccionaban, mientras volvía a colocarse las manos tras la espalda, sin moverse del sitio. Suspiró, una fuerte voluta de vaho saliendo de sus fosas nasales.
Los ojos grises de Stroud observaron la situación, comenzando a medir distancias y a hacer cálculos, como tendía a hacer, de forma casi involuntaria, cada vez que una situación como aquella se presentaba. Se volvía indispensable para el Marine el control del espacio, la capacidad de asegurar las distancias y de mantener a la multitud bajo cierto control. Bloqueaban la calle en cuestión, exigiendo la quema de los insectos de Kibai. Stroud suspiró. No se les podía quitar la razón; Kibai traía consigo lo que, a ojos de cualquiera que no estuviese familiarizado con sus poderes, era toda una plaga, y más en un lugar como Drum, en que el frío habría evitado tradicionalmente que proliferasen los insectos. Aquella gente rara vez habría visto una mosca en su vida, por lo que el choque debía de ser, como mínimo, asombroso. A unos metros a su espalda, una niña parecía haberse aproximado hasta Bertram para pedirle algo, susurrándole. Su cerebro bloqueó aquella información, y deliberadamente evitó procesar lo que fuese que estuviese diciendo la niña; no era relevante en aquel momento. En aquel instante, una multitud de decisiones se enmarañaban en su mente, a medida que nuevas prioridades aparecían y se reorganizaban conforme los mecanismos de su cerebro giraban con pesadez. Por hostil que resultase la situación, no era algo que debiese pillar completamente por sorpresa a ningún Marine; las muchedumbres son peligrosas, y una muchedumbre indignada se calienta mucho más rápido que un individuo indignado. Se pierde la perspectiva. La gente se envalentona, y los acontecimientos se precipitan. Lidiar con multitudes, si bien lejos de su especialidad, no era un tema que le resultase completamente desconocido. Había que reconducir la situación antes de que se fuese de madre.
Era fundamental que tomase el control antes de que cualquiera, de un lado o de otro, tomase otra decisión estúpida. Se adelantó unos pasos, situándose delante de Kibai y poniéndose de cara ante la muchedumbre. Hizo un gesto a Kibai, dándole a entender que guardase sus dichosos insectos, con ánimos de apaciguar. A continuación, se dirigió a la multitud, mostrándoles las palmas de sus manos enguantadas en un gesto de afán pacificador. Su lenguaje corporal era sereno, pero firme y marcial, como de costumbre. Buscaba imponer su presencia física, interponiéndose entre ambos bandos. "Señoras y señores, tranquilícense. Soy el comandante Stroud Redgrave de la Marina, capitán de la División 60. Estamos aquí de misión. Nadie va a quemar nada," dijo. No era estrictamente cierto que estuviesen allí de misión, realmente, pero en términos prácticos poco importaba; sí que estaban, de forma estrictamente cierta, de servicio. Lo fundamental era reflejar que no estaban hablando con civiles cualesquiera. Por mucho que dispusiese de su propia guardia, Drum no dejaba de ser un reino al amparo del Gobierno Mundial y, por ende, de la Marina. Lo primero era la demostración de autoridad y calmar los ánimos. "Estamos aquí para ayudar," afirmó, su voz monótona, tranquila y firme, pero alta en volumen, proyectada hacia la multitud. "Los insectos están con nosotros, no harán daño a nadie. Mi compañero los hará desaparecer y no tendrán de qué preocuparse," dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia el mink. "Pueden disperarse. Si hay alguna cuestión con la que necesiten ayuda, acérquense al Contramaestre Gaufrid, al soldado Kibai o a mí mismo, y veamos qué se puede hacer. Vayan uno por uno."
La estructura en la forma en que Stroud se dirigió a la multitud era evidente: primero, pacificación bajo la amenaza implícita de la represión física; la Marina demandaba calma, pero podía exigirla bajo amenaza si así lo requería la situación. Era una forma de no escalar el asunto. Lo siguiente era dar una solución: las avispas eran inofensivas, pero, además, desaparecerían (o, al menos, desaparecerían en cuanto a ellos concernía) para no causar problemas. Y, finalmente, Stroud finiquitaba la cuestión ofreciendo la ayuda de la institución para quien lo requiriese. Determinar que lo hiciesen uno por uno no fue un capricho dialéctico, sino, más bien, una forma de desviar inconscientemente la atención del grupo hacia cómo debían pedir ayuda si la querían, dando por hecho que no pacificarse bajo la autoridad de la Marina estaba ya fuera de la cuestión. Una sutil jugada psicológica. Se reajustó correctamente la gorra de la Marina, ciñéndose la visera adecuadamente, y observó a la multitud, esperando a ver cómo reaccionaban, mientras volvía a colocarse las manos tras la espalda, sin moverse del sitio. Suspiró, una fuerte voluta de vaho saliendo de sus fosas nasales.
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