Tratado sumarísimo sobre la defensa de Baquerilla med... | Presente R. | Priv.
#7
Primero, la panadera, con aquello de «No vayas a hacer ninguna locura, Tsuna. Ten cuidado tú también». Y ahora, Dean, con su «por favor no te pases, esto nos puede traer problemas». Dos avisos en menos de veinticuatro horas, despachados por personas de aparente juicio razonable, configuran lo que en círculos académicos se conoce, si no me falla la memoria, como una tendencia. Y un servidor, que se tenía por sujeto apacible, de cordura acreditada y vocación netamente conciliadora, no acababa de explicarse de dónde brotaba tan unánime sospecha sobre su incapacidad para contenerse y no partirle la cara a alguien...

[Imagen: hworJs3E_o.png]

—No se preocupe, mi insigne adlátere pelipobre, que no me excederé —repuse, algo fanfarrón, porque las circunstancias lo ameritaban—. Viéndoles de cerca, además, me asalta la convicción de que son de los que se amedrentan con un sustillo.
 
Dicho aquello, di un paso hacia el único farolillo que seguía encendido; quería que aquellos cuatro zoquetes vieran bien mis púas. Quedé entonces a la altura de Dean, que acababa de llevarse la mano a algo oculto bajo el hakama. Por la forma que se marcaba en la tela, mi socio iba armado, lo cual me tranquilizó bastante... o eso, o su señora debía de ser la mujer más venturosa de los siete mares.

—¡C-cuidado, van a-armados! —tartamudeó el de la gorra, apresurándose a buscar amparo en algo semejante a una cartuchera que le colgaba del cinturón por un costado.

¡Por fin alguno reaccionaba!

Aunque, bien mirado, era entendible el pasmo. Aquellos botarates llevaban tiempo haciendo el cabra en Baquella sin que nadie les plantara cara, y los acabábamos de pillar con la guardia baja. La callejuela por la que habíamos atajado desembocaba en aquel callejón a través de un codo cerrado, lo bastante cerrado para que ninguno nos viera venir hasta que ya estábamos sobre ellos. Para cuando se giraron, ya tenían a Dean en la cara, soltándoles aquello de la gran manera de pasar la tarde, y a un servidor un paso por detrás, afilando las espinas.

Precisamente, había sido nuestra puesta alevosa en escena lo que había hecho al grandullón, el tal Tetsuo, bajar la pierna antes de estamparla contra el cachorro. El animalito, todavía rodeado por aquellas bestias, seguía ovillado cubriéndose con sus patitas delanteras la cabeza.

—Le tomo el guante, amigo Dean —dije, sin despegar la vista del de la gorra, que ya estaba sacando una pistola de cañón corto de la cartuchera—. Me está haciendo ojitos ese flamante trabuco. Y, si no le importa, déjeme también al esmirriado que le flanquea. Los otros dos se los regalo. ¿Podrá con ellos? Más le vale, ¿me escucha?, porque le recuerdo que me he comprometido a obsequiarle con un frasco de mi pócima capilar si nuestras humanidades logran coronar la velada con la cabeza alta. Además, mire qué tarde es, y yo todavía sobrio. Aprisa, aprisa.

Mis aprisas iban dirigidas al peliblanco, pero, no sé, el de la bandera debió de sentirse depositario de mis apremios, porque empuñó el no tan honorable estandarte con las dos manos y nos embistió bramando un marcial «¡Os vais a enterar, hijos de putaaa!».

Aquel pobre se enfiló hacia nosotros con el palo de la bandera por delante, a modo de lanza. Y el grandullón, no queriendo ser menos, fue detrás. Debían de ser los dos valientes.

Como un servidor es generoso, cumplí mi palabra y se los dejé a Dean. Así que, para esquivarlos, brinqué hacia la pared más cercana, tomé impulso y los rodeé en el aire, aterrizando justo detrás, donde me esperaban el esmirriado y el portador de la pistola.

Al de la gorra, sin pensármelo, le retorcí la muñeca en cuanto tuve oportunidad. El arma se le escapó del puño antes incluso de que aplicara fuerza en la torsión, cayó al suelo y rebotó contra los adoquines hasta quedar fuera de su alcance. El sonido alarmó al perrito, que apartó un instante las patas con las que se cubría para ver qué ocurría.

Mientras tanto, me pareció escuchar que el esmirriado intentaba decirme algo. «Mi padre es abogado», me pareció. O algo sobre que aquello atentaba contra el artículo no sé cuántos de la ley de no sé qué. Sinceramente, le pasé el brazo izquierdo por el cuello y desplegué la espina del pulgar contra su nuez antes de que pudiera terminar de impartirme su clase de Derecho Mundial I.

Después hice lo mismo con el de la gorra, que estaba masajeándose la muñeca y, juraría, llorando.

En fin...

Finalmente, quedé con ambos angelitos sujetos contra el pecho, con los brazos cruzados por sus cuellos. Como una gallina con sus polluelos. Cada uno con una espina impregnada en veneno amenazándole la tráquea. Y, de aquella guisa, me giré a ver cómo le estaba yendo a mi compañero.

Karmas
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RE: Tratado sumarísimo sobre la defensa de Baquerilla med... | Presente R. | Priv. - por Tsunamaro - 05-05-2026, 03:02 AM

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