06-05-2026, 11:31 PM
(Última modificación: 06-05-2026, 11:37 PM por Dimitri St. George.)
―Muchas gracias, Dimitri, lo has hecho muy bien.
Le devolví la sonrisa, cuando realmente habría querido preguntar muchas cosas. Estuve tentado de hacerlo. Hacía tan solo un par de horas, Kuroshiro estaba ofreciendo su vida como moneda de cambio para salvar a un puñado de piratas. No era un tema que pensase mencionar frente a Omuyaga o Hasegawa, pero en la cocina solo estábamos Hae-won y yo. Ella también había visto lo ocurrido. Yo ni siquiera había tenido tiempo de preguntarle su opinión al respecto.
―Oye, Ny… ―enmudecí al notar la repentina presencia de Omuyaga.
Inmediatamente después, un haz de luz llenó la estancia. El ramalazo de dolor que me atravesó la cabeza hizo que cerrara los ojos con fuerza. Perdí un paso. Mi cuerpo ya estaba acostumbrado a reaccionar por inercia a los mareos, así que pronto recuperé el equilibrio con la diestra apoyada sobre la encimera que había tras mi espalda. El problema fue saber que nos podrían estar atacando y yo no habría tenido tiempo ni de pestañear antes de que el primer golpe hubiera llegado.
Es más, ni siquiera habría tenido tiempo de procesar lo que ocurría. Igual que ese día.
Para cuando abrí los ojos, una figura que tardé en reconocer estaba frente a Hae-won. El instinto me hizo buscar una arma que no llevaba conmigo, casi al mismo tiempo que una voz familiar me hacía caer en la realidad de lo que ocurría.
—¡ChoiChoi! ¡Sigues tan fea como siempre!
Hasegawa había regresado de entre los muertos. En otras circunstancias me habría tensado la repentina cercanía entre ambos, pero en aquel momento no pude más que notar como se desinflaba mi pecho por el alivio.
—Hasegawa, creo que el golpe te ha dejado ciego —reí.
Había visto su velocidad en los monitores, pero no era ni la mitad de impresionante que en persona. Apenas había terminado de decir aquella frase y el albino ya se encontraba entre Kuroshiro y yo. No tardó ni cuatro segundos más en acabar tras de mí. Su mentón sobre mi hombro me arrancó un tirón en la boca del estómago, aunque mis labios formularan una sonrisa amable.
Estiré la diestra a fin de despeinarlo, pero esta quedó pendida en el aire.
—¡Te perdono! Ya aprenderás la lección otro día. Je, si sigues respirando para mañana.
De pronto frente a mí. Me quedé observando su mano alzada por un par de segundos, por si volvía a desaparecer, antes de apretarla con la firmeza que se debe imprimir a un gesto así. No pensaba que tuviera ninguna lección que aprender de lo ocurrido en el Tempestad. Tampoco quería discutir. Así que simplemente asentí y sonreí, camarada que recibe a su compañero caído.
—Me alegra verte bien, Shin.
Por una vez, no fue una mentira.
Lo cierto es que en aquella época no solía rebatir nada. El orgullo rara vez pesaba más que la desidia, porque para querer discutir algo ese algo debía de importante. Y yo todo lo que quería era un poco de tranquilidad. Si ello dependía del bienestar de mis compañeros, cuidaría de ellos; si dependía de aceptar una presunta reprimenda, fingiría aceptarla.
Vi el abrazo que Nyra le dedicó y decidí apartarme un par de pasos. Pasos que de forma inconsciente me acercaron a Hae-won, mientras mi vista se desviaba hacia Omuyaga. Él sí que me resultaba el mayor misterio del grupo. Sacudí aquel pensamiento, regresé la atención a Hae-won y mi pulgar buscó rozar por falso accidente el dorso de su mano.
Le devolví la sonrisa, cuando realmente habría querido preguntar muchas cosas. Estuve tentado de hacerlo. Hacía tan solo un par de horas, Kuroshiro estaba ofreciendo su vida como moneda de cambio para salvar a un puñado de piratas. No era un tema que pensase mencionar frente a Omuyaga o Hasegawa, pero en la cocina solo estábamos Hae-won y yo. Ella también había visto lo ocurrido. Yo ni siquiera había tenido tiempo de preguntarle su opinión al respecto.
―Oye, Ny… ―enmudecí al notar la repentina presencia de Omuyaga.
Inmediatamente después, un haz de luz llenó la estancia. El ramalazo de dolor que me atravesó la cabeza hizo que cerrara los ojos con fuerza. Perdí un paso. Mi cuerpo ya estaba acostumbrado a reaccionar por inercia a los mareos, así que pronto recuperé el equilibrio con la diestra apoyada sobre la encimera que había tras mi espalda. El problema fue saber que nos podrían estar atacando y yo no habría tenido tiempo ni de pestañear antes de que el primer golpe hubiera llegado.
Es más, ni siquiera habría tenido tiempo de procesar lo que ocurría. Igual que ese día.
Para cuando abrí los ojos, una figura que tardé en reconocer estaba frente a Hae-won. El instinto me hizo buscar una arma que no llevaba conmigo, casi al mismo tiempo que una voz familiar me hacía caer en la realidad de lo que ocurría.
—¡ChoiChoi! ¡Sigues tan fea como siempre!
Hasegawa había regresado de entre los muertos. En otras circunstancias me habría tensado la repentina cercanía entre ambos, pero en aquel momento no pude más que notar como se desinflaba mi pecho por el alivio.
—Hasegawa, creo que el golpe te ha dejado ciego —reí.
Había visto su velocidad en los monitores, pero no era ni la mitad de impresionante que en persona. Apenas había terminado de decir aquella frase y el albino ya se encontraba entre Kuroshiro y yo. No tardó ni cuatro segundos más en acabar tras de mí. Su mentón sobre mi hombro me arrancó un tirón en la boca del estómago, aunque mis labios formularan una sonrisa amable.
Estiré la diestra a fin de despeinarlo, pero esta quedó pendida en el aire.
—¡Te perdono! Ya aprenderás la lección otro día. Je, si sigues respirando para mañana.
De pronto frente a mí. Me quedé observando su mano alzada por un par de segundos, por si volvía a desaparecer, antes de apretarla con la firmeza que se debe imprimir a un gesto así. No pensaba que tuviera ninguna lección que aprender de lo ocurrido en el Tempestad. Tampoco quería discutir. Así que simplemente asentí y sonreí, camarada que recibe a su compañero caído.
—Me alegra verte bien, Shin.
Por una vez, no fue una mentira.
Lo cierto es que en aquella época no solía rebatir nada. El orgullo rara vez pesaba más que la desidia, porque para querer discutir algo ese algo debía de importante. Y yo todo lo que quería era un poco de tranquilidad. Si ello dependía del bienestar de mis compañeros, cuidaría de ellos; si dependía de aceptar una presunta reprimenda, fingiría aceptarla.
Vi el abrazo que Nyra le dedicó y decidí apartarme un par de pasos. Pasos que de forma inconsciente me acercaron a Hae-won, mientras mi vista se desviaba hacia Omuyaga. Él sí que me resultaba el mayor misterio del grupo. Sacudí aquel pensamiento, regresé la atención a Hae-won y mi pulgar buscó rozar por falso accidente el dorso de su mano.
