07-05-2026, 11:12 AM
(Última modificación: 07-05-2026, 11:16 AM por Dimitri St. George.)
Día 42 de verano.
8:30 de la mañana.
La mañana del cuarenta y dos de verano amanecí abrazado a Hae-won. Apenas habría dormido un par de horas. Después de toda la noche entregados el uno al otro, llegamos a caer rendidos en algún punto inexacto. Sé que lo normal habría sido no despertar hasta bien pasado el mediodía, pero dormir nunca había sido mi fuerte. Esa mañana no fue una excepción. No dejaba de pensar en todo lo que habíamos hablado.
Allí, abrazado a su cintura y con la nariz hundida en la curvatura de su cuello, me embriagó una sensación agridulce. Pura nostalgia encubierta. Podría decir que no recordaba cuál había sido la última vez que había sentido ese extraño estado de paz, pero habría sido mentira. Podía recordarlo, pero no quería. La estreché con más fuerza. El perfume de Hae-won me arrancó una sonrisa. Y, a pesar de todo, necesité salir de la cama.
Deposité un beso en su hombro antes de separarme. Busqué a tientas la ropa que habíamos dejado tirada por el suelo la noche anterior, calzoncillos y pantalones. Aproveché también para tirar el preservativo a la papelera. La ropa de Hae-won la doblé con cuidado para dejarla sobre la mesita auxiliar. La habitación olía a sudor, a nosotros, así que decidí abrir un poquito la ventana para que estuviera algo más ventilada cuando ella despertara.
Supe que iba a ser uno de esos días malos cuando la punzada me atravesó el cráneo. Cerré los ojos, aferrado al alféizar para que la brisa matutina calmara el incipiente mareo. Ya no sabía cuánto de ello se debía a las migrañas y cuánto era culpa de ese hormigueo que llevaba acompañándome desde la noche anterior. Estar con Hae-won lo calmaba, pero repuntaba en cuanto pasaba un rato sin ella; sin esas caricias que me anclaban al presente.
Decidí que algo de desayunar me ayudaría. Además, después de una noche tan intensa era probable que Hae-won despertara con el mismo hambre voraz que yo, por lo que decidí preparar también algo para ella.
No debían ser más de las ocho y media de la mañana. Por eso me sorprendió que toda la casa oliera a guiso y supe inmediatamente a quién iba a encontrar en la cocina. Nyra estaba allí, liada con todos los ingredientes. Pude haber dicho algo, pero no lo hice. Me quedé un poco observando en silencio. Tampoco es que me molestase en ocultar mi presencia cuando me acerqué hasta ella para olisquear el agradable humito que desprendía la olla.
—Di la verdad, planeas engordarnos para después comernos —reí—. ¿Quién hace un guiso de buena mañana?
Acababa de darme cuenta de que estaba de mejor humor del que esperaba. En otra ocasión, tal vez me habría dado media vuelta para buscar un espacio tranquilo en el que poder leer. Sin embargo, me encontré sonriendo a Kuroshiro. Al darme cuenta, sentí el equivalente a un puñetazo en el estómago. Si la sonrisa no desapareció de inmediato fue por la costumbre a impostarla. Usé de excusa el ir a tomar algo de la nevera para darle la espalda.
—Oye, Nyra —dije mientras sacaba algo de zumo y varias piezas de fruta—, ¿por qué lo hiciste?
Dejé el desayuno en la isla de la cocina y, entonces sí, volví a buscar su mirada. Apoyé la espalda en la isla. Esa vez, no me molesté en ocultar la dureza de mi expresión.
—¿Por qué te ofreciste para ser eliminada? —susurré.
Nota
