07-05-2026, 01:31 PM
El reloj marca las 09:45 de la mañana cuando la calle principal del Reino Sakura recupera la calma. El viento que baja de Drum Rockies sigue arrastrando pequeñas espirales de nieve, y la nieve de la noche anterior acumulada en los pinos cae en pequeños aludes sobre los tejados de las casas que se encuentran cerca. Los civiles que hace unos minutos formaban una horda compacta se ven relajados tras las palabras de Stroud y Kibai viendo que, lejos de mostrarse agresivos los marines, buscan mediar el conflicto de forma que dignifica a la institución que pertenecen. Las avispas de Kibai desaparecen entre los pliegues de su capa y para cuando los marines terminan de hablar la horda ha cerrado el círculo alrededor de ellos cambiando sus miradas de terror por confusión primero, y luego por tranquilidad, dejando a los marines y a Betrug encerrados en un radio de unos tres metros. El círculo no se rompe de golpe sino que se deshace despacio, con algunos aldeanos bajando las antorchas primero y sofocándolas con la nieve que cubre la calle, mientras otros miran a los lados antes de seguirles, hasta que la calle principal recupera su ritmo habitual de paz.
Es en ese momento, mientras la atención de todos está puesta en los marines, que Betrug desaparece entre la gente con la naturalidad de un escapista y, para cuando el círculo termina de disolverse, ya no hay rastro de él en el centro de la calle. Su voz llega desde el sur, a unos cuarenta metros de distancia, justo cuando dobla una de las callejuelas laterales de cuatro metros que parten de la calle principal. – “Los reyes y sus castillos caen solos, marines, no necesitan vuestra ayuda para eso.” – la frase se pierde entre el viento que baja de Drum Rockies antes de que nadie pueda ver desde dónde exactamente ha salido. A tres metros por detrás de Stroud, la pequeña niña no ha soltado la manga del abrigo de Bertram en ningún momento durante el tumulto y en el momento en que la horda termina de dispersarse levanta por fin la vista del suelo mostrando un cambio en su expresión.
Sus ojos siguen húmedos, pero ya no miran al suelo sino directamente al marine pelirrojo con una confianza que le arrancaría una sonrisa de orgullo hasta al más duro de los marines – “Me llamo Hoffen” – dice con voz más firme que antes – “y quería pagarle con el caramelo porque pensé que nadie me ayudaría gratis, pero usted ayudó al abuelo Pyotr sin que le pidiera nada y pensé que quizás también me ayudaría a mí.” – su voz llena de esperanza, aprieta el caramelo contra su pecho con las dos manos y añade – “me alegra mucho que me quiera ayudar sin querer nada a cambio, quiero ser así de grande cuando sea mayor, ayudar a todo el mundo sin esperar que me den algo por ello.” – y la sonrisa que le devuelve al marine pelirrojo sería capaz de curar cualquier enfermedad en un mundo idílico. Tras acercarse con el resto de sus compañeros de división, Hoffen les cuenta que su padre era médico en Gyasta, el pueblo al norte junto al lago donde en invierno todo el mundo patina sobre el hielo, y que hace unos días desapareció sin dejar rastro, que su madre empezó a ponerse enferma poco después y que desde entonces no ha encontrado un solo médico en todo el Reino Sakura al que acudir, incluso el hospital ha sido cerrado por completo, aunque ella no sabe explicar por qué.
Mira un momento a Stroud y a Kibai, luego de nuevo a Bertram, y, con la misma determinación pequeña y frágil con la que se acercó hace unos minutos, señala hacia el norte de la calle principal diciendo – “¿Pueden venir conmigo señor marine? Mi casa está en Gyasta, no queda lejos. Y mi madre podría darles más detalles de lo que está pasando en el reino.” – concluye quedándose frente a los marines mirándolos con la ilusión única de un niño que empieza a creer en la justicia y cuyo camino empieza a labrarse con la mas simple de las acciones de aquellos que, bajo juramento, juraron proteger a los pueblos aliados del Gobierno Mundial bajo el manto de la bandera con forma de gaviota que representa una sola verdad: la justicia.
Es en ese momento, mientras la atención de todos está puesta en los marines, que Betrug desaparece entre la gente con la naturalidad de un escapista y, para cuando el círculo termina de disolverse, ya no hay rastro de él en el centro de la calle. Su voz llega desde el sur, a unos cuarenta metros de distancia, justo cuando dobla una de las callejuelas laterales de cuatro metros que parten de la calle principal. – “Los reyes y sus castillos caen solos, marines, no necesitan vuestra ayuda para eso.” – la frase se pierde entre el viento que baja de Drum Rockies antes de que nadie pueda ver desde dónde exactamente ha salido. A tres metros por detrás de Stroud, la pequeña niña no ha soltado la manga del abrigo de Bertram en ningún momento durante el tumulto y en el momento en que la horda termina de dispersarse levanta por fin la vista del suelo mostrando un cambio en su expresión.
Sus ojos siguen húmedos, pero ya no miran al suelo sino directamente al marine pelirrojo con una confianza que le arrancaría una sonrisa de orgullo hasta al más duro de los marines – “Me llamo Hoffen” – dice con voz más firme que antes – “y quería pagarle con el caramelo porque pensé que nadie me ayudaría gratis, pero usted ayudó al abuelo Pyotr sin que le pidiera nada y pensé que quizás también me ayudaría a mí.” – su voz llena de esperanza, aprieta el caramelo contra su pecho con las dos manos y añade – “me alegra mucho que me quiera ayudar sin querer nada a cambio, quiero ser así de grande cuando sea mayor, ayudar a todo el mundo sin esperar que me den algo por ello.” – y la sonrisa que le devuelve al marine pelirrojo sería capaz de curar cualquier enfermedad en un mundo idílico. Tras acercarse con el resto de sus compañeros de división, Hoffen les cuenta que su padre era médico en Gyasta, el pueblo al norte junto al lago donde en invierno todo el mundo patina sobre el hielo, y que hace unos días desapareció sin dejar rastro, que su madre empezó a ponerse enferma poco después y que desde entonces no ha encontrado un solo médico en todo el Reino Sakura al que acudir, incluso el hospital ha sido cerrado por completo, aunque ella no sabe explicar por qué.
Mira un momento a Stroud y a Kibai, luego de nuevo a Bertram, y, con la misma determinación pequeña y frágil con la que se acercó hace unos minutos, señala hacia el norte de la calle principal diciendo – “¿Pueden venir conmigo señor marine? Mi casa está en Gyasta, no queda lejos. Y mi madre podría darles más detalles de lo que está pasando en el reino.” – concluye quedándose frente a los marines mirándolos con la ilusión única de un niño que empieza a creer en la justicia y cuyo camino empieza a labrarse con la mas simple de las acciones de aquellos que, bajo juramento, juraron proteger a los pueblos aliados del Gobierno Mundial bajo el manto de la bandera con forma de gaviota que representa una sola verdad: la justicia.
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