Tratado sumarísimo sobre la defensa de Baquerilla med... | Presente R. | Priv.
#9
Me giré con mis dos rehenes embridados, uno a cada costado, justo a tiempo para ver cómo el peliblanco le propinaba al portaestandarte cuatro mangazos repartidos por la geografía facial con la empuñadura de su arma, empezando por el ojo derecho —¡por las branquias de Neptuno!, no me cabía la menor duda de que el caballero iba a estrenar el alba con un ojo de cromática berenjenil—, siguiendo por el maxilar —se me escapó una risilla canalla, lo confieso, al verle entrar en espasmos con este segundo—, el tabique nasal —un clásico—, y rematando con el arco superciliar —a criterio de quien suscribe, una cicatriz partiendo la ceja queda de lo más resultón; así que le estaba haciendo un favor, en realidad—.

Finalmente, el tipo colapsó. Ver caer a su compañero provocó un tembleque en las rodillas al fulano de la gorra.

—No me diga que tiene miedo, hombre. ¿Adónde fueron a parar los arrojos castrenses con los que aleccionaba al perrito hace un momento? —le pregunté, socarrón. A lo que él respondió, entre sollozos y para asombro del esmirriado que tenía sujeto al otro lado, que por favor, que él solo miraba, que él no había tocado al animal, que los otros tres tenían toda la culpa y que él, juraba y perjuraba, había estado a punto de decirles que paras...

—¡Mentira, todo mentira, cabrón! —le gritó, interrumpiéndolo, el flacucho.

—¡Es verdad, señor gyojin, se lo juro! ¡Y este es el peor de todos, fue idea suya lo del perro! —contraatacó el más cobarde.

—¡Y una mierda! ¡Si fuiste tú el que lo persiguió hasta el callejón, mamonazo!

—¡Porque a ti te daba miedo que te mordiera, pero no le toqué ni un pelo!

—¡Serás canalla, siempre que se tuercen las cosas tú te escabulles y nos dejas vendidos, canalla, gallina más que gallina!

—Eres... —se sorbió los mocos— eres un sinvergüenza, Tsuneo, eso es lo que eres. Señor gyojin, este fue el que le birló la caja al frutero del mercado la semana pasada, se lo fundió en el burdel del puerto, El Twaterdeep, señor, y le echó la culpa a un mendigo cojo.

Sus voces sonaban alteradas, agudas, destempladas. Un esperpento. Era insoportable.

Decidí, en aquel preciso momento, que un servidor había escuchado suficiente. Así, retraje inmediatamente las espinas, saqué los brazos de detrás de sus cuellos y, de un tirón, los aferré por el cogote desde atrás. En aquello, la gorra del llorón salió volando y reveló una calva incipiente en mitad del cráneo que le otorgaba un aspecto, si es que cabe, todavía más desangelado. Ambos cesaron en el acto su intercambio de majaderías bufonescas para dedicarme una mirada de auténtico pavor.

—Vamos, vamos, caballeros, no sean así. Les ruego depongan inmediatamente las desavenencias, hombre, por la entrañable amistad que se nota que se procesan, y reconcíliense, como hermanos de armas, en un fraternal ósculo de paz. Hagan las paces, que se les va a quedar el alma más liviana, ya verán; orillen la hostilidad, ámense los unos a los otros y, como buenos aspirantes a pretorianos del Gobierno Mundial... —El flacucho me hizo pucheritos—. ¡Dense un besito!

Y, sin más, con sus pescuezos firmemente prisioneros de mis manazas, uno a la altura de cada bíceps, propulsé con rabia sendas testas la una contra la otra.

¡POOM!

Fue maravilloso —qué leches; glorioso, apoteósico, sublime, homérico, ¡orgásmico!— contemplar cómo aquellos dos mentecatos fundían sus respectivas estampas en un potaje de mocos, dientes y babas para luego rebotar y, ya inconscientes a medio vuelo, poner los ojos en blanco justo antes de desplomarse cada uno hacia un lado hasta quedar derramados sobre los adoquines de Baquella.

Simultáneamente, el cuerpo del grandullón, de Tetsuo, se desplomó pesadamente un par de pasos por delante de donde habían quedado mis víctimas. Dean se lo había ventilado con la misma facilidad que al primero, a juzgar por el hilillo de sangre que le goteaba desde la comisura de la boca. Aquel pobre había recibido en el torso, además de en la cara, como delataba la postura encogida con la que había caído.

—Vaya, ya intuía yo que era usted fuerte, amigo Dean, pero jamás se me hubiera ocurrido imaginar tal despliegue —le dije, acercándome.

Él, entretanto, parecía andar enfrascado en algún recuento capilar, según deduje por los ojos que clavaba en su propia palma tras haberse estado hurgando el cabello. Acto seguido, me hizo saber que no tendría aquella melena cartilaginosa mía, pero que no se estaba quedando calvo.

«Angelito...»

Supuse que aquello venía a cuenta del apelativo de pelipobre con el que me había referido a él un rato antes.

—¿Lo dice por lo de pelipobre, amigo Dean? Entiéndame, hombre, cuando tiene uno estas greñas el resto del orbe capilar parece ralo por contraste. Déjeme ver, a ver...

Me acerqué a su cabeza y, con disimulo, fingiendo que le revisaba a ver si, en efecto, se quedaba o no pelón, desplegué un milímetro la púa del nudillo de mi dedo índice y le rebané unos pocos pelillos blancos del centro de la cabeza. Hecho lo cual, los exhibí ante sus ojos con expresión de espanto.

—¡Por los barbos de Poseidón! ¿Conque no se estaba quedando calvo, eh? ¿Y esto qué es, estimado camarada?

Sin darle tiempo a responder, le tendí uno de mis botecitos blancos, que, recordemos, no era sino agua de mar embotellada. Tal como habíamos pactado.

—Tome, hombre, tome. Mi elixir milagroso. La primera toma es gratis, faltaría más, que no se diga que un servidor no cumple con sus amistades. Eso sí, tenga usted en cuenta que el efecto no empieza a notarse hasta la tercera, y que las dos restantes, si se acoge el comprador a la modalidad promocional de la primera ampolla gratuita, le saldrán a 47.500 berries cada una. Una bicoca, si me permite la apreciación.

En aquellas estaba, perorando con vocación de estafar al peliblanco, cuando un lloriqueado al fondo del callejón me devolvió a la realidad. El perrito seguía allí. Y Dean, tras dedicarles una justificadísima mirada de asco a los cuatro patanes todavía inconscientes, planteaba ahora la cuestión de qué hacer con el cachorro.

La criatura en cuestión se había erguido sobre las cuatro patas, mantenía el rabo entre las piernas y sangraba ligeramente por una mella en la oreja izquierda. Pobrecillo.

—Coincido con usted, amigo Dean; no creo que se deje ayudar de primeras —secundé, bajando la voz a un tono que pretendía ser sosegado—. Es probable que, si nos acercamos, al menos en una primera instancia, nos reciba con cierta hostilidad. Pero ¿sabe qué? Me da a mí la sensación de que van a hacer ustedes muy buenas migas en cuanto se le pase el susto. Así, en confianza, hay en sus pupilas un je ne sais quoi, un algo, que las hermana con las de ese cánido apaleado.

Uf. Me estaba poniendo intenso. Necesitaba urgentemente un trago.

—Y, sobre quién se lo queda, no se preocupe usted. Bunzo, el dueño de la taberna a la que pienso llevarle ya mismo, es un enamorado de los perros. Tendrá como... no sé, ochocientos. Gánese usted el afecto de ese pequeñín, mi querido socio, y nos lo llevamos esta noche de farra.


Karmas
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RE: Tratado sumarísimo sobre la defensa de Baquerilla med... | Presente R. | Priv. - por Tsunamaro - 07-05-2026, 11:22 PM

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