09-05-2026, 12:16 AM
(Última modificación: 11-05-2026, 09:06 PM por Dimitri St. George.)
«¿A qué le tiene tanto miedo?»
Ver a Kuroshiro encogida sobre sí misma me dejó anclado en el sitio. Todo en ella temblaba. De pronto, ya no parecía la Marine firme y segura de sí misma, ni tampoco la mujer alegre que solía llenar todo de una bondad que llegaba a resultar incómoda. Se había transformado en una niña. Reconocí perfectamente ese tipo de expresión corporal. Casi parecía que estuviera esperando una bofetada…
O el grito colérico de un borracho al que su casa se le había quedado pequeña. Esa figura siempre crecía a costa de las otras, que buscaban menguar para no ser el objetivo de vasos arrojados ni cristales rotos.
Me había llevado la diestra al collar que descansaba sobre mi pecho. Ese gesto, tan inconsciente, hizo que las sierras de la llave se me clavaran en la palma de la mano. El dolor punzante rompió mi estupor. Desvié la vista hacia las manos de Kuroshiro. Se había aferrado a la encimera, probablemente en un afán por sostener las pocas fuerzas que le quedaban.
Odié que fuera mi culpa.
Detestaba ver a una mujer temblar.
De pronto no dejaba de barajar la posibilidad de que a ella —como a mi madre— la vida la hubiera golpeado lo suficiente como para que los ruidos fuertes la hicieran agazaparse.
—No voy a decirle nada a nadie. Y Hae-won tampoco —contuve un suspiro hastiado. Seguí con la espalda apoyada en la isla, de frente a la muchacha que se sentía incapaz de alzar la vista hasta mí—. Oye, no sé a qué le tienes tanto miedo, pero no voy a darte una paliza. Me puedes mirar.
Dirigí otro vistazo al pasillo que conducía a las habitaciones. Seguía en silencio. El resto de la tripulación debía estar durmiendo.
Ver a Kuroshiro encogida sobre sí misma me dejó anclado en el sitio. Todo en ella temblaba. De pronto, ya no parecía la Marine firme y segura de sí misma, ni tampoco la mujer alegre que solía llenar todo de una bondad que llegaba a resultar incómoda. Se había transformado en una niña. Reconocí perfectamente ese tipo de expresión corporal. Casi parecía que estuviera esperando una bofetada…
O el grito colérico de un borracho al que su casa se le había quedado pequeña. Esa figura siempre crecía a costa de las otras, que buscaban menguar para no ser el objetivo de vasos arrojados ni cristales rotos.
Me había llevado la diestra al collar que descansaba sobre mi pecho. Ese gesto, tan inconsciente, hizo que las sierras de la llave se me clavaran en la palma de la mano. El dolor punzante rompió mi estupor. Desvié la vista hacia las manos de Kuroshiro. Se había aferrado a la encimera, probablemente en un afán por sostener las pocas fuerzas que le quedaban.
Odié que fuera mi culpa.
Detestaba ver a una mujer temblar.
De pronto no dejaba de barajar la posibilidad de que a ella —como a mi madre— la vida la hubiera golpeado lo suficiente como para que los ruidos fuertes la hicieran agazaparse.
—No voy a decirle nada a nadie. Y Hae-won tampoco —contuve un suspiro hastiado. Seguí con la espalda apoyada en la isla, de frente a la muchacha que se sentía incapaz de alzar la vista hasta mí—. Oye, no sé a qué le tienes tanto miedo, pero no voy a darte una paliza. Me puedes mirar.
Dirigí otro vistazo al pasillo que conducía a las habitaciones. Seguía en silencio. El resto de la tripulación debía estar durmiendo.
