09-05-2026, 05:22 PM
—Mientras pueda seguir robando a tu lado, me irá más que bien, capitán. —Lo dije casi sin pensarlo, con esa naturalidad peligrosa que solo aparece cuando una verdad se me escapa entre tantas mentiras y era cierto, por alguna razón, confiaba plenamente en él. En su fuerza, en su capacidad absurda para abrirse paso a través de cualquier desastre, de cualquier problema, de cualquier situación que normalmente debería acabar mal. Dharma simplemente, seguía adelante, como si el mundo tuviera que adaptarse a él y no al revés, pero no era solo eso, lo más extraño de todo era otra cosa.
Había respetado mis ideales. Mis manías, mis robos, mis rarezas, mi manera cuestionable de existir, nunca intentó cambiarme ni decirme cómo debía actuar, nadie había hecho eso antes, nunca y quizá por eso seguía aquí. Porque es difícil alejarse de alguien que te deja ser exactamente el desastre que eres. Ladeé apenas la cabeza, cruzándome de brazos mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en mi rostro. —Ojalá quien se una a nosotros tenga dinero, así puedo robarle algo al principio, glup. Gygygygy.— La risa salió ligera, casi musical, completamente sincera, porque claro ¿quién demonios piensa en robarle a sus futuros aliados antes siquiera de conocerlos? Yo, sin duda solo yo. Mi cabeza funciona distinto, eso ya lo acepté hace bastante tiempo. Mientras otros piensan en amistad, confianza o trabajo en equipo yo pienso en bolsillos, accesorios y objetos potencialmente valiosos. Es una habilidad, una filosofía de vida, una enfermedad, según algunos, pero bueno cada quien tiene sus talentos, yo solo elegí uno particularmente rentable.
—Cada vez que recuerdo que valgo treinta millones, me entran ganas de entregarme yo misma y cobrar los berries para mí. Gygygygy. — Solté una pequeña carcajada ante mi propia idea, divertida por lo absurda que sonaba aunque, sinceramente, no me parecía tan mala, treinta millones es muchísimo dinero, una cantidad preciosa, hermosa, casi romántica. Claro que jamás funcionaría, era una pena. Soy pirata, no idiota, bueeeno, no del todo. Me balanceé ligeramente sobre mis pies, jugando con una moneda entre los dedos mientras pensaba en ello. Treinta millones significaba algo importante, ya no era una ladrona cualquiera escondiéndose entre callejones o robando frutas en mercados costeros.
Ahora era alguien por quien pagaban y bastante bien, además. —Naaah, pero que ni lo intenten los cazadores, capi. No podrían atraparme ni aunque quisieran.— Lo dije con una confianza descarada, alzando apenas el mentón y honestamente, lo creía, no era solo arrogancia, bueno bueno, bueno, sí, un poco sí, pero también era realista. Entre mi capacidad para desaparecer, mentir, correr, improvisar y causar problemas estratégicamente, atraparme no era precisamente una tarea sencilla. Había sobrevivido sola demasiado tiempo como para caer por algo tan aburrido como un cazarrecompensas. Además, entre mi recompensa y la del capitán, juntos rozábamos una cifra que ya empezaba a sonar peligrosamente seria, casi doscientos millones.
Silbé bajito. —Suena importante cuando lo dices así— Apoyé una mano en mi cintura, sonriendo apenas. —Aunque siendo honestos, tampoco es como si alguien supiera dónde estamos.— Miré alrededor, hacia esa isla olvidada por el sentido común, criaturas enormes, calor insoportable y cero glamour. —Y si lo saben, primero tendrán que sobrevivir a este lugar antes de intentar cobrarnos. — Eso casi me hizo sentir más segura, casi, porque si algo he aprendido, es que siempre aparece alguien con demasiado tiempo libre y malas intenciones. —Que si estoy lista para cortar, apuñalar y cocinar? Gygygygy, claro que si capitan. — Me puse de pie amarrando el pañuelo azul de mi brazo izquierdo y alistando mis dagas. —Vamos a cazar, Dharma-Senchou—
Había respetado mis ideales. Mis manías, mis robos, mis rarezas, mi manera cuestionable de existir, nunca intentó cambiarme ni decirme cómo debía actuar, nadie había hecho eso antes, nunca y quizá por eso seguía aquí. Porque es difícil alejarse de alguien que te deja ser exactamente el desastre que eres. Ladeé apenas la cabeza, cruzándome de brazos mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en mi rostro. —Ojalá quien se una a nosotros tenga dinero, así puedo robarle algo al principio, glup. Gygygygy.— La risa salió ligera, casi musical, completamente sincera, porque claro ¿quién demonios piensa en robarle a sus futuros aliados antes siquiera de conocerlos? Yo, sin duda solo yo. Mi cabeza funciona distinto, eso ya lo acepté hace bastante tiempo. Mientras otros piensan en amistad, confianza o trabajo en equipo yo pienso en bolsillos, accesorios y objetos potencialmente valiosos. Es una habilidad, una filosofía de vida, una enfermedad, según algunos, pero bueno cada quien tiene sus talentos, yo solo elegí uno particularmente rentable.
—Cada vez que recuerdo que valgo treinta millones, me entran ganas de entregarme yo misma y cobrar los berries para mí. Gygygygy. — Solté una pequeña carcajada ante mi propia idea, divertida por lo absurda que sonaba aunque, sinceramente, no me parecía tan mala, treinta millones es muchísimo dinero, una cantidad preciosa, hermosa, casi romántica. Claro que jamás funcionaría, era una pena. Soy pirata, no idiota, bueeeno, no del todo. Me balanceé ligeramente sobre mis pies, jugando con una moneda entre los dedos mientras pensaba en ello. Treinta millones significaba algo importante, ya no era una ladrona cualquiera escondiéndose entre callejones o robando frutas en mercados costeros.
Ahora era alguien por quien pagaban y bastante bien, además. —Naaah, pero que ni lo intenten los cazadores, capi. No podrían atraparme ni aunque quisieran.— Lo dije con una confianza descarada, alzando apenas el mentón y honestamente, lo creía, no era solo arrogancia, bueno bueno, bueno, sí, un poco sí, pero también era realista. Entre mi capacidad para desaparecer, mentir, correr, improvisar y causar problemas estratégicamente, atraparme no era precisamente una tarea sencilla. Había sobrevivido sola demasiado tiempo como para caer por algo tan aburrido como un cazarrecompensas. Además, entre mi recompensa y la del capitán, juntos rozábamos una cifra que ya empezaba a sonar peligrosamente seria, casi doscientos millones.
Silbé bajito. —Suena importante cuando lo dices así— Apoyé una mano en mi cintura, sonriendo apenas. —Aunque siendo honestos, tampoco es como si alguien supiera dónde estamos.— Miré alrededor, hacia esa isla olvidada por el sentido común, criaturas enormes, calor insoportable y cero glamour. —Y si lo saben, primero tendrán que sobrevivir a este lugar antes de intentar cobrarnos. — Eso casi me hizo sentir más segura, casi, porque si algo he aprendido, es que siempre aparece alguien con demasiado tiempo libre y malas intenciones. —Que si estoy lista para cortar, apuñalar y cocinar? Gygygygy, claro que si capitan. — Me puse de pie amarrando el pañuelo azul de mi brazo izquierdo y alistando mis dagas. —Vamos a cazar, Dharma-Senchou—
