11-05-2026, 08:36 PM
A Stroud no le pasó desapercibida la forma en que Seraphine se había tensado repentinamente; por mucho que se encontrase de espaldas a él, se le hizo evidente, de un instante a otro, cómo había parecido entrar en alguna especie de dilema, pese a su esfuerzo por ocultarlo. Su lenguaje corporal era obvio. Sin embargo, optó por no comentar nada al respecto. Sentía un profundo respeto por quien decidía no exhibir sus emociones a la primera de cambio, y aquella chica no era ninguna excepción. Más aún, sentía un profundo respeto por aquello que cada cual prefiriese guardarse en una conversación. Esperó en silencio, aún sentado sobre la roca, entrelazando sus dedos, a que Seraphine volviese a escribir.
Daba por hecho, naturalmente, que no había tocado ninguna fibra sensible. No tenía ni idea, claro, aunque tampoco pretendía tenerla. Nunca había sido esclavo, ni sabía qué se sentía. Había tenido una infancia miserable, pero, al fin y al cabo, en libertad, bajo sus propios términos. Stroud Redgrave jamás había sido propiedad de nadie más que de sí mismo: un don nadie, nacido en la nada y con todo por delante, que no se debía a nada ni nadie más que a la Justicia. Pero en su mente siempre pesaba la concepción de que todo el mundo libraba batallas de las cuales él no sabía nada; aquellos mares eran difíciles, y cualquiera que llevase un puñado de islas de viaje a las espaldas, con toda probabilidad, cargaba con su propia mochila de problemas. Ser civil no la eximía de aquello, como no eximía a nadie.
Repentinamente, sin embargo, Seraphine había comenzado a escribir de nuevo, y parecían amontonársele las preguntas en una torre de curiosidad. El repentino cambio de actitud tampoco pasó desapercibido, si bien Stroud, como antes, pareció preferir optar por respetar la forma en que redirigía su propia conducta. Había algo que encontraba, si no admirable, encomiable en aquello. Arqueó, eso sí, una ceja con incredulidad cuando la chica escribió algo sobre su musculatura. Viendo que se disponía a seguir escribiendo, respondió, aunque obvió la primera cuestión, que la misma Seraphine había parecido preferir evitar. No le hubiera gustado responder, y a ella probablemente no le hubiese gustado su respuesta. "Soy de Spider Miles, un estercolero en el North Blue," dijo sin pudor alguno, "aunque aún no me ha dicho de dónde es usted," señaló, observándola inquisitivamente. "Qué abuelo ni qué leches. Creo que sí que descanso lo suficiente," dijo, pareciéndose parar a pensar por un instante, como si aquella pregunta le hubiese hecho plantearse algo que jamás había cruzado su mente, "más que de sobra," concluyó tras unos segundos.
"¿Moja, Kibai...?," preguntó, entornando los ojos repentinamente. "Suenan a nombres de gato, ¿no?," inquirió, fingiendo seriedad. Por un instante, dio la impresión de que aquellos nombres simplemente le sonaban. Era difícil decir si le estaba tomando el pelo. "Claro, son mis compañeros de división. Con ellos me dirijo hacia Cabos Gemelos," acabó afirmando, esbozando una sonrisa. "¿No le gustaría llegar al Grand Line un día?," preguntó. Repentinamente, sin embargo, la chica se había levantado, para su sorpresa, y se había ofrecido a enseñarle a bailar. Qué horror. ¿Qué le pasaba?
Stroud pareció genuinamente horrorizado por un instante, aunque, tras un instante de vacilación, se levantó cautelosamente de la roca. "No se confunda, no soy ningún bailarín. ¿Qué es eso de querer bailar en cada isla que conozca?," inquirió con curiosidad, observando a la chica con atención. "¿Es algo de su isla?," preguntó, buscando sonsacarle sin demasiada sutilidad de dónde era.
Daba por hecho, naturalmente, que no había tocado ninguna fibra sensible. No tenía ni idea, claro, aunque tampoco pretendía tenerla. Nunca había sido esclavo, ni sabía qué se sentía. Había tenido una infancia miserable, pero, al fin y al cabo, en libertad, bajo sus propios términos. Stroud Redgrave jamás había sido propiedad de nadie más que de sí mismo: un don nadie, nacido en la nada y con todo por delante, que no se debía a nada ni nadie más que a la Justicia. Pero en su mente siempre pesaba la concepción de que todo el mundo libraba batallas de las cuales él no sabía nada; aquellos mares eran difíciles, y cualquiera que llevase un puñado de islas de viaje a las espaldas, con toda probabilidad, cargaba con su propia mochila de problemas. Ser civil no la eximía de aquello, como no eximía a nadie.
Repentinamente, sin embargo, Seraphine había comenzado a escribir de nuevo, y parecían amontonársele las preguntas en una torre de curiosidad. El repentino cambio de actitud tampoco pasó desapercibido, si bien Stroud, como antes, pareció preferir optar por respetar la forma en que redirigía su propia conducta. Había algo que encontraba, si no admirable, encomiable en aquello. Arqueó, eso sí, una ceja con incredulidad cuando la chica escribió algo sobre su musculatura. Viendo que se disponía a seguir escribiendo, respondió, aunque obvió la primera cuestión, que la misma Seraphine había parecido preferir evitar. No le hubiera gustado responder, y a ella probablemente no le hubiese gustado su respuesta. "Soy de Spider Miles, un estercolero en el North Blue," dijo sin pudor alguno, "aunque aún no me ha dicho de dónde es usted," señaló, observándola inquisitivamente. "Qué abuelo ni qué leches. Creo que sí que descanso lo suficiente," dijo, pareciéndose parar a pensar por un instante, como si aquella pregunta le hubiese hecho plantearse algo que jamás había cruzado su mente, "más que de sobra," concluyó tras unos segundos.
"¿Moja, Kibai...?," preguntó, entornando los ojos repentinamente. "Suenan a nombres de gato, ¿no?," inquirió, fingiendo seriedad. Por un instante, dio la impresión de que aquellos nombres simplemente le sonaban. Era difícil decir si le estaba tomando el pelo. "Claro, son mis compañeros de división. Con ellos me dirijo hacia Cabos Gemelos," acabó afirmando, esbozando una sonrisa. "¿No le gustaría llegar al Grand Line un día?," preguntó. Repentinamente, sin embargo, la chica se había levantado, para su sorpresa, y se había ofrecido a enseñarle a bailar. Qué horror. ¿Qué le pasaba?
Stroud pareció genuinamente horrorizado por un instante, aunque, tras un instante de vacilación, se levantó cautelosamente de la roca. "No se confunda, no soy ningún bailarín. ¿Qué es eso de querer bailar en cada isla que conozca?," inquirió con curiosidad, observando a la chica con atención. "¿Es algo de su isla?," preguntó, buscando sonsacarle sin demasiada sutilidad de dónde era.

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