12-05-2026, 12:30 PM
(Última modificación: 12-05-2026, 12:31 PM por Juan Sebastian.)
Música
Alex, cargando con la delicada niña, optó por el camino de la izquierda, más estrecho, angosto y, muy posiblemente, peligroso. A medida que Alex entró en las complicadas calles de los suburbios de Pueblo Baquella, lo que en un principio eran solo nubes y viento, fue acompañado por el gotear de una lluvia que crecía rápidamente en intensidad, deslizándose por la gorra y el cuerpo de nuestro héroe. Los altavoces del pueblo sonaban de forma repetida, avisando del cese de las actividades portuarias, al mismo tiempo que se aconsejaba no salir a la calle en estos momentos.
“Ding Dong Ding, queridos ciudadanos, desde el cuartel les avisamos de la prohibición de embarcar debido a la tormenta que se aproxima. Así pues, se les ruega que no salgan de sus casas si no es extremadamente necesario”.
El retumbar de los pasos del gigante no pasaba desapercibido a los oídos de los habitantes en las casas, que miraban curiosos a través de las mismas. Pero el pan no atrae solo a las palomas curiosas, por los callejones también habitan ratas, que no dudarán en usar la fuerza si es necesario para pillar un bocado.
De esta manera, atraído por el ruido y por su gran olfato, aparece Peter Clemenza, cortando el paso que llevaría a Alex hacia el puerto del pueblo —Tch, tch, tch… Te has perdido, perro de la justicia…— Sus palabras fueron acompañadas del desenfunde de su espada, así como de la aparición de numerosos criminales, que acabaron rodeando al Marine y a la niña. Sorprendentemente, la pequeña, que había dejado de llorar al ver que el gigante la llevaría con su padre, no parecía asustada por la situación. Mirando a Alex desde la palma de su mano, le hizo un gesto difícil de confundir, dando un martillazo con su puño derecho sobre su palma izquierda, el mensaje era claro incluso para alguien como nuestro noble gigante “Aplástalos”.
Los ladrones le rodearon velozmente , empapados por el agua de la lluvia, dejaban un eco de risas burlonas por el callejón. Las miradas curiosas de las ventanas no cesaban y Clemenza, mientras se ajustaba su enorme panza con su mano izquierda, ignorando la barrera lingüística que los separaba, realizó sus exigencias mientras apuntaba a Alex con el sable que empuñaba con su mano derecha. —Dame todo el dinero que llevas encima, bambino… No creas que ese enorme culo te va a salvar si no haces lo que te digo… ¿Capicci?—
Gracias a su enorme estatura, nuestro gran marine podía observar el fin del camino a la espalda de los ladrones, divisando el puerto a lo lejos. ¿Podrá llegar a tiempo para solucionar la complicada situación?
Clemenza y sus hombres
Resumen
Narrador
Bélico

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