12-05-2026, 06:47 PM
Un mes entero transcurrió desde su llegada al territorio salvaje que era Kyodaina, en la Grand Line. Una isla selvática plagada de animales enormes, insectos venenosos, plantas carnívoras y todo tipo de peligros propios de una isla de pesadilla, diseñada por la ley del más fuerte. Conseguir comida y agua significaba aventurarse en las fauces del lobo, sortear las garras del oso y sobrevivir a la mordida del tigre, rogando en el camino no haber recibido una picadura mortal del más pequeño y letal enemigo: el mosquito. Y todo eso, solo para rellenar los barriles y tener algo de carne para asar en la fogata.
La vida en Kyodaina era difícil, rústica, primitiva, y exigía amoldarse rápido o perecer en el camino. La división 80 tomó sus recaudos para poder salir adelante en un contexto tan complicado. Juan, el carismático gyojin del grupo, se volvió el encargado de la cocina, responsable de evitar enfermedades que pudieran entrar en sus cuerpos a través de la comida. Sigrid, la vikinga buccaneer, amplío los conocimientos médicos del resto, enseñándoles cómo actuar en casos de picaduras, heridas punzantes e infecciones. Masato y él mismo habían aprendido mucho. Por último, Akira, que se sentía en su salsa, era de los mejores cazando.
A su modo, desordenado y caótico, encontraron la manera de funcionar. Después, encontraron la manera de subsistir, y pronto se vieron viviendo tranquilos. Lo que no impedía sus constantes quejas sobre querer avanzar a la próxima isla, una isla que, según Akira, era mucho más civilizada que ese trozo de selva perdido en el mar.
Lamentablemente, primero tenían que solventar el problema por el que los enviaron allí. Todos los días salían a explorar una zona distinta, pero la selva era enorme y podrían tardar otro mes entero en encontrar lo que sea que estuviera haciendo saltar las alarmas de actividad sospechosa en la zona. Paciencia, eso necesitaban.
Y eso, precisamente, no le sobraba al capitán de la 80.
—Pasaron meses, Juancho.
Chocaron puños. O, bueno, puño y pinza, antes de que Juan saltase fuera del barco. Enji lo siguió, aterrizando en la playa donde habían atracado. Entrenar era importante, fundamental. Necesitaban pulir sus habilidades y, al mismo tiempo, conocer a fondo los límites de cada uno. Conocer las falencias y los puntos fuertes, para así saber cómo apoyarse entre ellos cuando la situación lo amerite. Hacía mucho que no se tomaban el tiempo de intercambiar golpes para saber quién golpeaba más fuerte, y si eso era suficiente.
Ahora tendrían una oportunidad de hacerlo.
Enji se paró sobre otra de las grandes rocas que ocupaban la playa, diez metros por delante de Juan en dirección sur. En sus brazos traía los Jarngreipr, reparados por el mismo Juan después del accidente del New Era Joy Park, vestía pantalones azules reglamentarios y no tenía remera, ni chaqueta, que le cubriesen los hombros o el torso. Tampoco botas. Así estaba cómodo.
—Eh, eso no se vale —dijo, tras atestiguar la transformación en tortuga de su compañero—. Me sabe mal golpear a una tortuga… tortuga. Cuando eres tortuga-cangrejo, es más fácil, porque eres feo que da miedo, pero así… hasta te ves tierno, Juanchito.
El capitán de la marina sonrió, más su sonrisa no reflejaba ternura. Su gesto estaba pintado de ese particular entusiasmo, que rayaba en la locura, tan característico de Enji. Después, extendió los brazos al frente y de sus manos empezó a brotar un líquido morado, espeso y viscoso, que, como si se tratara de un apéndice de su propio cuerpo, se extendió en el aire y cortó rápidamente la distancia que lo separaba de Juan Sebastian, sumergiéndose en el orificio donde la tortuga guardó su cabeza. Litros y litros del veneno entraron en la coraza y empezaron a extenderse, aunque su tarea principal fue la de rellenar ese espacio donde se ocultaban los ojos, nariz y boca del sargento.
—¡Sal de allí, pequeño Juancho! —exclamó, las manos al frente manipulando la masa venenosa mientras su cuerpo exudaba esa naturaleza vil y peligrosa de su akuma no mi—. ¡O respira profundo por un rato!
La vida en Kyodaina era difícil, rústica, primitiva, y exigía amoldarse rápido o perecer en el camino. La división 80 tomó sus recaudos para poder salir adelante en un contexto tan complicado. Juan, el carismático gyojin del grupo, se volvió el encargado de la cocina, responsable de evitar enfermedades que pudieran entrar en sus cuerpos a través de la comida. Sigrid, la vikinga buccaneer, amplío los conocimientos médicos del resto, enseñándoles cómo actuar en casos de picaduras, heridas punzantes e infecciones. Masato y él mismo habían aprendido mucho. Por último, Akira, que se sentía en su salsa, era de los mejores cazando.
A su modo, desordenado y caótico, encontraron la manera de funcionar. Después, encontraron la manera de subsistir, y pronto se vieron viviendo tranquilos. Lo que no impedía sus constantes quejas sobre querer avanzar a la próxima isla, una isla que, según Akira, era mucho más civilizada que ese trozo de selva perdido en el mar.
Lamentablemente, primero tenían que solventar el problema por el que los enviaron allí. Todos los días salían a explorar una zona distinta, pero la selva era enorme y podrían tardar otro mes entero en encontrar lo que sea que estuviera haciendo saltar las alarmas de actividad sospechosa en la zona. Paciencia, eso necesitaban.
Y eso, precisamente, no le sobraba al capitán de la 80.
—Pasaron meses, Juancho.
Chocaron puños. O, bueno, puño y pinza, antes de que Juan saltase fuera del barco. Enji lo siguió, aterrizando en la playa donde habían atracado. Entrenar era importante, fundamental. Necesitaban pulir sus habilidades y, al mismo tiempo, conocer a fondo los límites de cada uno. Conocer las falencias y los puntos fuertes, para así saber cómo apoyarse entre ellos cuando la situación lo amerite. Hacía mucho que no se tomaban el tiempo de intercambiar golpes para saber quién golpeaba más fuerte, y si eso era suficiente.
Ahora tendrían una oportunidad de hacerlo.
Enji se paró sobre otra de las grandes rocas que ocupaban la playa, diez metros por delante de Juan en dirección sur. En sus brazos traía los Jarngreipr, reparados por el mismo Juan después del accidente del New Era Joy Park, vestía pantalones azules reglamentarios y no tenía remera, ni chaqueta, que le cubriesen los hombros o el torso. Tampoco botas. Así estaba cómodo.
—Eh, eso no se vale —dijo, tras atestiguar la transformación en tortuga de su compañero—. Me sabe mal golpear a una tortuga… tortuga. Cuando eres tortuga-cangrejo, es más fácil, porque eres feo que da miedo, pero así… hasta te ves tierno, Juanchito.
El capitán de la marina sonrió, más su sonrisa no reflejaba ternura. Su gesto estaba pintado de ese particular entusiasmo, que rayaba en la locura, tan característico de Enji. Después, extendió los brazos al frente y de sus manos empezó a brotar un líquido morado, espeso y viscoso, que, como si se tratara de un apéndice de su propio cuerpo, se extendió en el aire y cortó rápidamente la distancia que lo separaba de Juan Sebastian, sumergiéndose en el orificio donde la tortuga guardó su cabeza. Litros y litros del veneno entraron en la coraza y empezaron a extenderse, aunque su tarea principal fue la de rellenar ese espacio donde se ocultaban los ojos, nariz y boca del sargento.
—¡Sal de allí, pequeño Juancho! —exclamó, las manos al frente manipulando la masa venenosa mientras su cuerpo exudaba esa naturaleza vil y peligrosa de su akuma no mi—. ¡O respira profundo por un rato!
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