13-05-2026, 09:00 AM
En este nuevo camino de vida que he escogido, que he decidido llamar “libertad” se supone que no todo debe ser arduo trabajo y orden por doquier, debo permitirme momentos de recreación. Y para ello he escogido visitar la taberna del pueblo o una de tantas que ha de tener.
Escogí el primer lugar que vi e identifique como una taberna, empujé la pesada puerta de roble, sintiendo dos cosas al instante en que pise el lugar. Por un lado, el bullicio interior te envolvía al instante haciendo imposible escuchar tus propios pensamientos, y por otro lado, el aroma agridulce del lugar y ese olor a madera vieja, sudor de hombres trabajadores y de cerveza es lo que flota en el ambiente y lo que percibe mi olfato gastronómico. Aunque no soy fan de tanto ruido el lugar no era nada asfixiante, ahora solo necesitaba encontrar el rincón perfecto para disfrutar de mi tarde libre.
Caminaba buscando el lugar adecuado cuando escuché el saludo, ladee ligeramente la cabeza ¿alguien me ha reconocido? la sorpresa y mi propio movimiento de cabeza permitió que un mechón de cabello se escapara de mi sitio. Hice una pequeña mueca, que puede bien haber sido una especie de sonrisa cansada pero cordial, o de desagrado, dependerá de cómo lo miren. Me acerqué con paso tranquilo, ni siquiera mis pisadas se oían ya que se perdían entre los murmullos y las risas.
Buenas noches ¿Nos conocemos de algún lado? Pido disculpas si he olvidado tu rostro y nombre.
Por supuesto que aquello es imposible, recuerdo a la perfección cada rostro con el que he compartido una o dos palabras, pero admito que es una buena manera de iniciar conversación. Me dejé caer en la silla frente al chico que me había hablado.
No esperaba encontrar otro uniforme por aquí a estas horas, aunque supongo que todos buscamos lo mismo: un poco de silencio tras una ardua jornada de trabajo.
Hice una seña casi imperceptible al tabernero, uno que a mi juicio parecía tener claridad las señas y los movimientos de todos aquellos que llegaban en búsqueda de olvido y relajo. El tabernero se acercó y observé de reojo la jarra de mi compañero de oficio, mi tolerancia al alcohol no es tan alta como la mayoría, pero si quiero socializar he de empezar por algún lado.
Una jarra de cerveza rubia si es posible, y unas patatas fritas para acompañar. Muchas gracias.
Tono amable, sonrisa en el rostro y nada que vuelva tenso el ambiente, nunca.
¿Es la primera o ya vas como por la cuarta por culpa de un rudo día?
Me acomodé en la silla relajándome por fin, abandonado toda postura rígida que la disciplina me impone durante las horas de servicio. En ese momento, no era una oficial, ni una pieza del engranaje de la justicia del Gobierno, solo una mujer buscando un respiro.
Escogí el primer lugar que vi e identifique como una taberna, empujé la pesada puerta de roble, sintiendo dos cosas al instante en que pise el lugar. Por un lado, el bullicio interior te envolvía al instante haciendo imposible escuchar tus propios pensamientos, y por otro lado, el aroma agridulce del lugar y ese olor a madera vieja, sudor de hombres trabajadores y de cerveza es lo que flota en el ambiente y lo que percibe mi olfato gastronómico. Aunque no soy fan de tanto ruido el lugar no era nada asfixiante, ahora solo necesitaba encontrar el rincón perfecto para disfrutar de mi tarde libre.
Caminaba buscando el lugar adecuado cuando escuché el saludo, ladee ligeramente la cabeza ¿alguien me ha reconocido? la sorpresa y mi propio movimiento de cabeza permitió que un mechón de cabello se escapara de mi sitio. Hice una pequeña mueca, que puede bien haber sido una especie de sonrisa cansada pero cordial, o de desagrado, dependerá de cómo lo miren. Me acerqué con paso tranquilo, ni siquiera mis pisadas se oían ya que se perdían entre los murmullos y las risas.
Buenas noches ¿Nos conocemos de algún lado? Pido disculpas si he olvidado tu rostro y nombre.
Por supuesto que aquello es imposible, recuerdo a la perfección cada rostro con el que he compartido una o dos palabras, pero admito que es una buena manera de iniciar conversación. Me dejé caer en la silla frente al chico que me había hablado.
No esperaba encontrar otro uniforme por aquí a estas horas, aunque supongo que todos buscamos lo mismo: un poco de silencio tras una ardua jornada de trabajo.
Hice una seña casi imperceptible al tabernero, uno que a mi juicio parecía tener claridad las señas y los movimientos de todos aquellos que llegaban en búsqueda de olvido y relajo. El tabernero se acercó y observé de reojo la jarra de mi compañero de oficio, mi tolerancia al alcohol no es tan alta como la mayoría, pero si quiero socializar he de empezar por algún lado.
Una jarra de cerveza rubia si es posible, y unas patatas fritas para acompañar. Muchas gracias.
Tono amable, sonrisa en el rostro y nada que vuelva tenso el ambiente, nunca.
¿Es la primera o ya vas como por la cuarta por culpa de un rudo día?
Me acomodé en la silla relajándome por fin, abandonado toda postura rígida que la disciplina me impone durante las horas de servicio. En ese momento, no era una oficial, ni una pieza del engranaje de la justicia del Gobierno, solo una mujer buscando un respiro.
