13-05-2026, 11:36 AM
(Última modificación: 13-05-2026, 12:01 PM por Stroud Nanashi.)
El día era frío, pero soleado. Stroud Redgrave empezaba a percibir un patrón que parecía desafiar la lógica de cualquiera que viniese de una isla con un clima medianamente normal: cuanto más sol hacía, más apretaba el frío. Durante su aún breve estancia en Drum, había ocurrido ya varias veces, pese al poco respiro que daban los nubarrones y las incesantes tormentas de nieve que asolaban aquella gélida isla. Desde una pequeña elevación del terreno estratégicamente seleccionada, y al abrigo de unas cuantas rocas sobre las que se acumulaba la nieve, contemplaba aquel campamento fortificado que se hallaba frente a sí. Haciendo visera con su mano derecha, cubriéndose sus ojos grises del sol y su cegador reflejo sobre la nieve de Drum, contemplaba el asentamiento en silencio.
Dio una calada de Saltfin, su pipa en forma de orca, de cuyo lomo de madera se desprendía un delgado hilo de humo grisáceo que se deshacía tras alzarse en espiral durante unos centímetros. En su mano izquierda, presionada contra la palma bajo la cazoleta de la pipa, yacía un papel doblado y desdoblado mil veces, con aspecto oficial. La situación parecía crítica. ¿Quién lo hubiera pensado, en un lugar como aquel? Drum precisamente había llamado su atención por lo pacífico de su cotidianeidad, lo poco reseñable de su día a día, lo monótono de cada jornada en aquel paraje nevado. No hubiese sido mentir decir que la isla llegaba a ser aburrida, en el mejor de los sentidos. Tal vez por aquella misma razón se hubiesen instalado allí aquellos indeseables, en busca de una presa fácil.
En la lejanía, frente al campamento, ondeaba con pereza bajo la brisa isleña el estandarte, parcialmente rígido y medio congelado, de aquella intrigante formación: Blitzkrieg. La fortificación era sólida, y, para ser algo construido sin demasiado tiempo de por medio, el resultado era casi profesional. Quien fuera que fuese el responsable sabía lo que se hacía. Estaba bien protegido, y bien vigilado. Los ojos grises del Marine iban de un lado a otro, tomando nota de cuanto veía: la distribución, las dimensiones, las rutas de entrada y de salida. Su cabeza empezaba a pergeñar un plan, o el bosquejo de uno. Stroud, terminando de exhalar una voluta de humo, colocó ambas manos tras su espalda, suspirando con pesadez, y se giró, bajando por la pendiente que se había convertido en su punto de vigilancia.
Tan excepcional resultaba la situación, de hecho, que habían optado por poner cien hombres a su cargo, que lo observaban en formación, estratégicamente ocultos de la vista del campamento tras aquella elevación. Cien hombres, se decía pronto. A su edad, Stroud llevaba tiempo acostumbrado al liderazgo, una carga que soportaba sin queja y con honor, y que parecía amoldarse a la perfección a sus cualidades psicológicas, fueran estas las que fueran. Sin embargo, más allá de su propia división, jamás había tenido a tanta gente bajo su responsabilidad. En cierto modo, para ser honestos, Stroud Redgrave era el tipo de Marine que consideraba que cada inocente del mundo estaba bajo su responsabilidad, compartida con todos los demás uniformados de la Marina, pero no estamos hablando de lo mismo. En el fondo de su cabeza, una voz no dejaba de murmurar que podría haberse ocupado él solo, que podría mandarlos a todos a casa y no poner vidas en riesgo innecesariamente. Pero su voz racional lo acallaba: aquello hubiera sido despreciar su sacrificio y su entrega a la Marina. Esos hombres habían sido puestos a disposición directa del comandante, como él mismo había sido puesto a disposición de otros cargos superiores anteriormente. Y, como él, todos aquellos hermanos, hijos de la Justicia, debían estar dispuestos a morir en el sisífico deber de proteger a los inocentes y mantener, por mandato de la fuerza y la moral, la ley del Gobierno Mundial. Cien almas dispuestas a dar la vida, ciento una contando la suya.
Los cien hombres formaron en el momento en que Stroud comenzó a bajar por la pendiente, organizándose en una formación monolítica y rectangular, cien pares de botas haciendo crujir la nieve. Lo excepcional de la situación no dio lugar a indisciplina alguna. El joven comandante se situó frente a las tropas, observándolas en silencio y contemplando cada una de las caras frente a él, vaho saliendo de sus fosas nasales. "Bien," dijo con sencillez al cabo de unos instantes, "escuchen con atención."
Al cabo de algunos minutos, Stroud y un total de cuarenta uniformados, todos de blanco, como la misma nieve que los rodeaba, marchaban hacia la entrada meridional en impecable formación. Frente a las puertas, los soldados comenzaron a cargar y apuntar sus armas. El comandante se ciñó sus guantes tachonados, en cabeza de la formación. "¡Stroud Redgrave, Comandante de la Marina!," exclamó, aun en su monótona voz. "En nombre de la Justicia, deponed las armas. Salid todos con las manos en alto, y sed juzgados. En caso contrario, este campamento será efectivamente tratado como una posición enemiga." Sus ojos grises permanecieron vigilantes, a la espera de la respuesta de la agrupación. A su espalda, los Marines mantenían sus armas cargadas, listos para el asalto que sabían que se avecinaba.
Aspecto de Stroud
Dio una calada de Saltfin, su pipa en forma de orca, de cuyo lomo de madera se desprendía un delgado hilo de humo grisáceo que se deshacía tras alzarse en espiral durante unos centímetros. En su mano izquierda, presionada contra la palma bajo la cazoleta de la pipa, yacía un papel doblado y desdoblado mil veces, con aspecto oficial. La situación parecía crítica. ¿Quién lo hubiera pensado, en un lugar como aquel? Drum precisamente había llamado su atención por lo pacífico de su cotidianeidad, lo poco reseñable de su día a día, lo monótono de cada jornada en aquel paraje nevado. No hubiese sido mentir decir que la isla llegaba a ser aburrida, en el mejor de los sentidos. Tal vez por aquella misma razón se hubiesen instalado allí aquellos indeseables, en busca de una presa fácil.
En la lejanía, frente al campamento, ondeaba con pereza bajo la brisa isleña el estandarte, parcialmente rígido y medio congelado, de aquella intrigante formación: Blitzkrieg. La fortificación era sólida, y, para ser algo construido sin demasiado tiempo de por medio, el resultado era casi profesional. Quien fuera que fuese el responsable sabía lo que se hacía. Estaba bien protegido, y bien vigilado. Los ojos grises del Marine iban de un lado a otro, tomando nota de cuanto veía: la distribución, las dimensiones, las rutas de entrada y de salida. Su cabeza empezaba a pergeñar un plan, o el bosquejo de uno. Stroud, terminando de exhalar una voluta de humo, colocó ambas manos tras su espalda, suspirando con pesadez, y se giró, bajando por la pendiente que se había convertido en su punto de vigilancia.
Tan excepcional resultaba la situación, de hecho, que habían optado por poner cien hombres a su cargo, que lo observaban en formación, estratégicamente ocultos de la vista del campamento tras aquella elevación. Cien hombres, se decía pronto. A su edad, Stroud llevaba tiempo acostumbrado al liderazgo, una carga que soportaba sin queja y con honor, y que parecía amoldarse a la perfección a sus cualidades psicológicas, fueran estas las que fueran. Sin embargo, más allá de su propia división, jamás había tenido a tanta gente bajo su responsabilidad. En cierto modo, para ser honestos, Stroud Redgrave era el tipo de Marine que consideraba que cada inocente del mundo estaba bajo su responsabilidad, compartida con todos los demás uniformados de la Marina, pero no estamos hablando de lo mismo. En el fondo de su cabeza, una voz no dejaba de murmurar que podría haberse ocupado él solo, que podría mandarlos a todos a casa y no poner vidas en riesgo innecesariamente. Pero su voz racional lo acallaba: aquello hubiera sido despreciar su sacrificio y su entrega a la Marina. Esos hombres habían sido puestos a disposición directa del comandante, como él mismo había sido puesto a disposición de otros cargos superiores anteriormente. Y, como él, todos aquellos hermanos, hijos de la Justicia, debían estar dispuestos a morir en el sisífico deber de proteger a los inocentes y mantener, por mandato de la fuerza y la moral, la ley del Gobierno Mundial. Cien almas dispuestas a dar la vida, ciento una contando la suya.
Los cien hombres formaron en el momento en que Stroud comenzó a bajar por la pendiente, organizándose en una formación monolítica y rectangular, cien pares de botas haciendo crujir la nieve. Lo excepcional de la situación no dio lugar a indisciplina alguna. El joven comandante se situó frente a las tropas, observándolas en silencio y contemplando cada una de las caras frente a él, vaho saliendo de sus fosas nasales. "Bien," dijo con sencillez al cabo de unos instantes, "escuchen con atención."
Revisión de tropas
Al cabo de algunos minutos, Stroud y un total de cuarenta uniformados, todos de blanco, como la misma nieve que los rodeaba, marchaban hacia la entrada meridional en impecable formación. Frente a las puertas, los soldados comenzaron a cargar y apuntar sus armas. El comandante se ciñó sus guantes tachonados, en cabeza de la formación. "¡Stroud Redgrave, Comandante de la Marina!," exclamó, aun en su monótona voz. "En nombre de la Justicia, deponed las armas. Salid todos con las manos en alto, y sed juzgados. En caso contrario, este campamento será efectivamente tratado como una posición enemiga." Sus ojos grises permanecieron vigilantes, a la espera de la respuesta de la agrupación. A su espalda, los Marines mantenían sus armas cargadas, listos para el asalto que sabían que se avecinaba.
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