13-05-2026, 01:23 PM
(Última modificación: 13-05-2026, 01:55 PM por Triana Tempesta.)
Me quedé esperando, completamente sola, y la respuesta a mi pregunta no tardó en llegar al mismo tiempo que la última puerta se abría para dejar paso a un pasillo. Al final de este, otra puerta se abrió. Lo único que me hacía pensar que este chalado no estaba ahogándonos con su gas venenoso era que ya podría haberlo hecho cuando entramos al laboratorio. Lo malo era que no sabía qué esperar de sus estancias misteriosas. Caminé pisando con fuerza, de manera que el sonido de mis tacones resonaba por el pasillo hasta que llegué a la siguiente puerta. Todo era claramente una trampa muy bien montada, pero no pensaba dejar que eso fastidiase nuestros planes. Pretendiera lo que pretendiese, no se iba a salir con la suya. Confiaba en que los demás harían su parte, así que ahora yo tendría que hacer la mía. Crucé la puerta dispuesta a afrontar lo que me encontrase, creía que estaba preparada para todo, hasta que vi lo que se encontraba en el centro de la habitación.
La luz era ligeramente más tenue, pero se veía con total claridad un recipiente conectado a diferentes tuberías y cables que se esparcían por todos lados. En el recipiente flotaba un cerebro humano, también conectado a los cables. Todo lo que se escuchaban eran pitidos procedentes de aquella maquinaria aberrante, que también emitía luces parpadeantes. Eso sí que no me lo esperaba. No sabía si se trataba de una especie de truco o realmente este tipo había conseguido alcanzar un conocimiento absurdamente superior en tecnología y medicina para conseguir que este órgano se valiese por sí mismo para comunicarse. Volvió a dirigirse a mí y no despegué la vista de aquel cerebro intentando averiguar su funcionamiento, aunque sabía que sería en vano. Ni siquiera sabía que algo así era capaz con nuestra tecnología y conocimientos actuales.
Su comentario sobre mi madre me hizo fruncir el ceño, incluso su voz sonó diferente cuando lo mencionó. A medida que avanzábamos en nuestro viaje, más cerca sentía que estaba de ella. Que este tipo la conociera solo hacía que mi hostilidad hacia él se incrementase. Me quedé en silencio, concentrada en el entorno, en no perder ni un detalle, mientras él continuaba hablando. Por lo que reconoció, él era el doctor Utakata, un cerebro sin cuerpo conectado a un súper laboratorio. Todavía me costaba creerlo. Trató nuestra visita como una especie de colaboración, como si no recordase que nos había amenazado para participar. Contuve el impulso de coger mis katanas y lanzarme a por él cuando denominó a mis compañeros como sujetos de pruebas y, peor aún, admitió que pretendía vender sus resultados al Gobierno Mundial con una finalidad armamentística. Me daba exactamente igual en qué emplease ese dinero, como si lo utilizaba para erradicar el hambre en el mundo, le iba a servir al Gobierno para masacrar a su antojo. Unas vidas por otras.
Su pregunta final me dejó pensativa. ¿Qué quería? Que se secase y se pudriese en su tubo de ensayo. Habría sido mi respuesta antes de atacarle, pero recordé las ganas de Tobías de llegar hasta él, todo el sacrificio que los demás habían hecho, y supe que no podía desperdiciar la oportunidad. Además, alguien tan inteligente como él no se expondría de manera tan absurda. Algo tenía que haber en la habitación para evitar que cualquiera pudiese acercarse y reventar de un golpe el cristal o los cables conectados al cerebro. Era demasiado sencillo. Por eso, respondí a su pregunta sin dejar de observar.
—Es evidente que no eres un científico común y que tienes las respuestas a preguntas que ni la mayoría de personas nos planteamos. Solo quiero de ti que me respondas a una cosa y, si me gusta la respuesta, a lo mejor dejamos este sitio en pie. Los gobiernos no caen por falta de poder, sino cuando alguien descubre por dónde sangran. Entre todas las armas y proyectos secretos del Gobierno, ¿cuál sería el más peligroso si cayera en manos piratas?
La luz era ligeramente más tenue, pero se veía con total claridad un recipiente conectado a diferentes tuberías y cables que se esparcían por todos lados. En el recipiente flotaba un cerebro humano, también conectado a los cables. Todo lo que se escuchaban eran pitidos procedentes de aquella maquinaria aberrante, que también emitía luces parpadeantes. Eso sí que no me lo esperaba. No sabía si se trataba de una especie de truco o realmente este tipo había conseguido alcanzar un conocimiento absurdamente superior en tecnología y medicina para conseguir que este órgano se valiese por sí mismo para comunicarse. Volvió a dirigirse a mí y no despegué la vista de aquel cerebro intentando averiguar su funcionamiento, aunque sabía que sería en vano. Ni siquiera sabía que algo así era capaz con nuestra tecnología y conocimientos actuales.
Su comentario sobre mi madre me hizo fruncir el ceño, incluso su voz sonó diferente cuando lo mencionó. A medida que avanzábamos en nuestro viaje, más cerca sentía que estaba de ella. Que este tipo la conociera solo hacía que mi hostilidad hacia él se incrementase. Me quedé en silencio, concentrada en el entorno, en no perder ni un detalle, mientras él continuaba hablando. Por lo que reconoció, él era el doctor Utakata, un cerebro sin cuerpo conectado a un súper laboratorio. Todavía me costaba creerlo. Trató nuestra visita como una especie de colaboración, como si no recordase que nos había amenazado para participar. Contuve el impulso de coger mis katanas y lanzarme a por él cuando denominó a mis compañeros como sujetos de pruebas y, peor aún, admitió que pretendía vender sus resultados al Gobierno Mundial con una finalidad armamentística. Me daba exactamente igual en qué emplease ese dinero, como si lo utilizaba para erradicar el hambre en el mundo, le iba a servir al Gobierno para masacrar a su antojo. Unas vidas por otras.
Su pregunta final me dejó pensativa. ¿Qué quería? Que se secase y se pudriese en su tubo de ensayo. Habría sido mi respuesta antes de atacarle, pero recordé las ganas de Tobías de llegar hasta él, todo el sacrificio que los demás habían hecho, y supe que no podía desperdiciar la oportunidad. Además, alguien tan inteligente como él no se expondría de manera tan absurda. Algo tenía que haber en la habitación para evitar que cualquiera pudiese acercarse y reventar de un golpe el cristal o los cables conectados al cerebro. Era demasiado sencillo. Por eso, respondí a su pregunta sin dejar de observar.
—Es evidente que no eres un científico común y que tienes las respuestas a preguntas que ni la mayoría de personas nos planteamos. Solo quiero de ti que me respondas a una cosa y, si me gusta la respuesta, a lo mejor dejamos este sitio en pie. Los gobiernos no caen por falta de poder, sino cuando alguien descubre por dónde sangran. Entre todas las armas y proyectos secretos del Gobierno, ¿cuál sería el más peligroso si cayera en manos piratas?
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