13-05-2026, 04:07 PM
Alhen escuchó a ambos en silencio, con el abanico cerrado sobre la rodilla y los ojos grises moviéndose de uno al otro mientras hablaban. Cuando Bambú terminó de hablar, lo observó un momento con esa mirada calculadora que asomaba cuando prestaba atención de verdad, tomando nota de la voz ronca y de la determinación que había detrás de ella. No hizo falta decir nada más sobre el asunto. Asintió una sola vez con la cabeza en señal de que entendía la determinación de Bambú y de Kisuke; de hecho, la compartía. El silencio que siguió duró apenas unos segundos antes de que Kisuke preguntara por la caja y algo en la expresión de Alhen cambió por completo. La gravedad abandonó su rostro tan rápido como había llegado y se le escapo una carcajada breve y genuina – “¡JA!” – abriendo el abanico de golpe y agitándolo frente a su cara con una sonrisa que no tenía ninguna intención de disimularse – “¿Sabías que la curiosidad mató al gato?” – dijo, mirando a Kisuke con los ojos brillantes de quien acaba de encontrar la oportunidad perfecta para el comentario perfecto – “Aunque en este caso tiene más gracia dado que Yoru anda perdida por ahí” – caviló sin sentido mientras se levantaba del sillón con un movimiento animado y se agachó frente a la caja, abrió el cierre y levantó la tapa con entusiasmo.
Una avalancha de mapas enrollados saltó disparada hacia todos lados, algunos aterrizando sobre la mesa, otros en el suelo, uno incluso rozando el pie de Bambú. Alhen los ignoró por completo, absolutamente acostumbrado a ese nivel de caos personal, apartó los que quedaban encima con el dorso de la mano y vertió en el suelo el contenido real de la caja. Cien millones de berries, empacados en montones de cien mil, lo que evito que los billetes salieran volando desperdigados por toda la habitación – “Cien millones, ni más ni menos. Con esto y mis capacidades como comerciante” – dijo, volviéndose hacia Kisuke con una expresión entre satisfecha y divertida – “el astillero más grande del Nuevo Mundo no es una promesa.” – se incorporó entre risas y volvió a su sillón, cruzando una pierna sobre la otra y agitando el abanico sobre el costado izquierdo de su cara – “Perdonen el desastre, tengo una afición a hacer mapas que se ha vuelto una obsesión.” – recuperó la compostura lo suficiente para retomar el hilo – “Sobre cómo proceder, la respuesta es simple: rápido. Tenemos treinta días antes de que partamos hacia Báltigo.” – miró alternativamente a los dos con una sonrisa que no terminaba de irse del todo – “La reunión más importante en la historia del Ejército Revolucionario no puede esperar por nosotros, por lo que hay que dejar todo encaminado aquí antes de salir. Así que empiecen a pensar qué infraestructuras hay que priorizar y cómo integrar a las ochenta decenas de hombres y mujeres que acaban de desembarcar. Yo me ocuparé de la parte económica y comercial, que para eso estoy aquí.”
Cerró el abanico y se recostó en el sillón con esa expresión de quien considera que ha dicho todo lo importante y está listo para pasar a otra cosa, con un mapa enrollado que había quedado apoyado contra su pierna al que no prestó la menor atención. Fue entonces cuando un sonido suave interrumpió el silencio de la habitación. Por la ventana entreabierta se coló una silueta negra y pequeña que aterrizó sobre la mesa entre los mapas dispersos con gracia silenciosa. Yoru parpadeó hacia los tres revolucionarios sin el menor asomo de disculpa. Alhen lo miró un momento con los ojos entornados – “Con que ahí estabas” – dijo, poniéndose de pie y recogiendo al gato con una mano mientras lo acomodaba sobre su hombro – “Yoru, te presento al Comandante Kisuke Kageyama” – dijo, señalando hacia el Comandante del Oeste – “y al Mariscal Max D. Bambú” – señalando hacia el mink – “Compañeros, esta es Yoru.” – dijo, presentando a todas las partes antes de ponerse de pie y sentenciar – “Vamos, es hora de trabajar.”
Una avalancha de mapas enrollados saltó disparada hacia todos lados, algunos aterrizando sobre la mesa, otros en el suelo, uno incluso rozando el pie de Bambú. Alhen los ignoró por completo, absolutamente acostumbrado a ese nivel de caos personal, apartó los que quedaban encima con el dorso de la mano y vertió en el suelo el contenido real de la caja. Cien millones de berries, empacados en montones de cien mil, lo que evito que los billetes salieran volando desperdigados por toda la habitación – “Cien millones, ni más ni menos. Con esto y mis capacidades como comerciante” – dijo, volviéndose hacia Kisuke con una expresión entre satisfecha y divertida – “el astillero más grande del Nuevo Mundo no es una promesa.” – se incorporó entre risas y volvió a su sillón, cruzando una pierna sobre la otra y agitando el abanico sobre el costado izquierdo de su cara – “Perdonen el desastre, tengo una afición a hacer mapas que se ha vuelto una obsesión.” – recuperó la compostura lo suficiente para retomar el hilo – “Sobre cómo proceder, la respuesta es simple: rápido. Tenemos treinta días antes de que partamos hacia Báltigo.” – miró alternativamente a los dos con una sonrisa que no terminaba de irse del todo – “La reunión más importante en la historia del Ejército Revolucionario no puede esperar por nosotros, por lo que hay que dejar todo encaminado aquí antes de salir. Así que empiecen a pensar qué infraestructuras hay que priorizar y cómo integrar a las ochenta decenas de hombres y mujeres que acaban de desembarcar. Yo me ocuparé de la parte económica y comercial, que para eso estoy aquí.”
Cerró el abanico y se recostó en el sillón con esa expresión de quien considera que ha dicho todo lo importante y está listo para pasar a otra cosa, con un mapa enrollado que había quedado apoyado contra su pierna al que no prestó la menor atención. Fue entonces cuando un sonido suave interrumpió el silencio de la habitación. Por la ventana entreabierta se coló una silueta negra y pequeña que aterrizó sobre la mesa entre los mapas dispersos con gracia silenciosa. Yoru parpadeó hacia los tres revolucionarios sin el menor asomo de disculpa. Alhen lo miró un momento con los ojos entornados – “Con que ahí estabas” – dijo, poniéndose de pie y recogiendo al gato con una mano mientras lo acomodaba sobre su hombro – “Yoru, te presento al Comandante Kisuke Kageyama” – dijo, señalando hacia el Comandante del Oeste – “y al Mariscal Max D. Bambú” – señalando hacia el mink – “Compañeros, esta es Yoru.” – dijo, presentando a todas las partes antes de ponerse de pie y sentenciar – “Vamos, es hora de trabajar.”
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