13-05-2026, 05:49 PM
Cocinaba, hacía tiempo que no no hacía con tanta felicidad en el corazón. Se sentía extraño estar cocinando en la cocina de su hogar, con esas paredes y muebles de un blanco tan brillante que a veces era difícil preparar el desayuno sin cerrar las persianas. ¿Por qué se sentía tan bien de repente? Su mente no dejaba de decirle que estaba de nuevo en casa, que podía volver a recorrer ese lugar, pero él nunca se había ido.
¿Verdad?
Un platillo simple, unos sándwiches repletos de ingredientes pero felices de comer, tal y como su padre le preparaba mientras estudiaba y él mismo lo ayudaba con eso. Habiendo tomado el plato y llevándolo consigo, avanzó por la casa, deteniéndose frente a un espejo en un pasillo. Notó algo raro en él, tardó varios segundos en darse cuenta de que ahora poseía un mechón blanco que no había estado ahí antes. ¿Eran canas? Aún era joven para eso, pero ya tendría tiempo de revisar qué había pasado.
Sus pasos lo llevaron a la habitación más alejada de la cocina, esa que siempre estaba en silencio, pero que hoy parecía desprender alegría y ánimos. Al pasar por el marco de la puerta, pudo verlos a ambos ahí, su padre y su madre sentados en la cama, ella ella claramente era quien había ocupado ese lugar para descansar, mientras que su esposo solo se sentó en el borde contrario y ahora reía con ella de alguna anécdota de su juventud. En cuanto vieron llegar a Uker ambos sonrieron pacíficamente, extendiendo sus brazos y llamando para un abrazo. - Hijo… -.
Quiso avanzar, pero, por alguna razón, su cuerpo se sintió pesado y no le respondía. Sus ojos soltaron lágrimas, las cuales vio caer al impoluto suelo y marcarlo. - ¿Por qué yo…? -. No pudo terminar de preguntar antes de que las palabras de su madre lo golpearon de nuevo.
Sus ojos se abrieron con calma, pese a sufrir de pesadillas no era común que se despertara sobresaltado o con miedo. Miró el techo un momento, preguntando cómo había caído en una creación de su mente así. Desde los 12 años que no había pisado esa casa, nunca había tenido su mechón blanco antes de perder a su familia, su madre nunca estaba en casa porque se la pasaba en el hospital y ahí la veía todos los días.
Ahora simplemente se sentía como un idiota por creerse algo como eso.
Sus piernas se doblaron haciendo que sus rodillas toquen su pecho, repitiendo el movimiento hacia el lado contrario con bastante fuerza, logrando levantarse y caer de pie en el suelo. Observó un momento el grupo de sábanas y almohadas que usaba para dormir, todo en el suelo como si se hubiera caído de la cama, pero no existía tal cosa para él. Se había acostumbrado a dormir en el suelo, con más o menos comodidades, pero un colchón le parecía incómodo desde hace muchos años. Se tomó el tiempo de doblar las sábanas y acomodar todo en una esquina de forma perfecta, convivir con Kiyoshi le había demostrado que era más fácil hacerlo en ese momento que luego luchar con esas cosas cuando le toque limpiar.
Aún había silencio en el barco en cuanto sus pasos lo sacaron de esa habitación. A medio camino se encontró con un cofre con una nota para Varo. Ya que no parecía algo para él, simplemente lo dejó estar y no le dio importancia, por lo que siguió su camino hacia la cocina. No tardó mucho en calentar una sartén y echar en esta dos pares de panes, dejando que uno de sus lados tomara un color más oscuro mientras él comenzaba a colocar los ingredientes sobre estos. Tomate, lechuga, jamón, queso, cosas simples, incluso se encargó de moler un poco de huevo duro y esparcirlo en cada preparación como si fuera queso.
En cuanto hubo terminado, se tomó un momento mirando el plato con los dos sándwiches preparados, para luego mirar la sartén. En menos de 8 minutos, ya estaba terminando de sacar el último par de sándwiches de los 6 que había preparado para el resto de miembros de la tripulación. En cuanto hubo terminado, dejó lo preparado en la mesa y tomó su propio plato, saliendo a cubierta para poder desayunar mientras fumaba un poco.
Comió lento, intercalando con el cigarrillo, hasta que la luz del sol volvió a hacerse presente una vez más. Con esta, también llegó un nuevo periódico, lo leyó sin prisa, aún tenía tiempo, al menos hasta que escuchó un grito proveniente del interior del barco.
Observó la escalera que llevaba adentro con una ceja alzada, sabía que esa era la voz de Varo, pero se preguntaba qué podría haberlo hecho gritar. Con calma, ingresó de nuevo, llevando consigo el periódico y el plato con aún un sándwich en él, vio el plato con más sándwiches que les había dejado aún impoluto sobre la mesa, supuso que no habían pasado por ahí o habrían tenido miedo de tomar alguno. Tiró el cigarrillo apagado en la basura y tomó ambos platos para dirigirse a la enfermería, pues sabía que Varo solía visitarla en las mañanas.
- Oh, estás despierto -. Su frase resonó desde el marco de la puerta, sin parecer sorprendido por la recuperación de su capitán. - Buen trabajo, Kiyo -. Avanzó hacia ellos y les fue ofreciendo el plato con los sándwiches, esperando que no tengan miedo de comer un poco. - ¿Cómo lo conseguiste? ¿Tiene que ver con esas cosas que vi tiradas por ahí? -. Varo también se encontraba ahí, seguramente ya le había echado un ojo a la nota que ponía su nombre.
¿Verdad?
Un platillo simple, unos sándwiches repletos de ingredientes pero felices de comer, tal y como su padre le preparaba mientras estudiaba y él mismo lo ayudaba con eso. Habiendo tomado el plato y llevándolo consigo, avanzó por la casa, deteniéndose frente a un espejo en un pasillo. Notó algo raro en él, tardó varios segundos en darse cuenta de que ahora poseía un mechón blanco que no había estado ahí antes. ¿Eran canas? Aún era joven para eso, pero ya tendría tiempo de revisar qué había pasado.
Sus pasos lo llevaron a la habitación más alejada de la cocina, esa que siempre estaba en silencio, pero que hoy parecía desprender alegría y ánimos. Al pasar por el marco de la puerta, pudo verlos a ambos ahí, su padre y su madre sentados en la cama, ella ella claramente era quien había ocupado ese lugar para descansar, mientras que su esposo solo se sentó en el borde contrario y ahora reía con ella de alguna anécdota de su juventud. En cuanto vieron llegar a Uker ambos sonrieron pacíficamente, extendiendo sus brazos y llamando para un abrazo. - Hijo… -.
Quiso avanzar, pero, por alguna razón, su cuerpo se sintió pesado y no le respondía. Sus ojos soltaron lágrimas, las cuales vio caer al impoluto suelo y marcarlo. - ¿Por qué yo…? -. No pudo terminar de preguntar antes de que las palabras de su madre lo golpearon de nuevo.
- Estarás bien sin nosotros -
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Sus ojos se abrieron con calma, pese a sufrir de pesadillas no era común que se despertara sobresaltado o con miedo. Miró el techo un momento, preguntando cómo había caído en una creación de su mente así. Desde los 12 años que no había pisado esa casa, nunca había tenido su mechón blanco antes de perder a su familia, su madre nunca estaba en casa porque se la pasaba en el hospital y ahí la veía todos los días.
Ahora simplemente se sentía como un idiota por creerse algo como eso.
Sus piernas se doblaron haciendo que sus rodillas toquen su pecho, repitiendo el movimiento hacia el lado contrario con bastante fuerza, logrando levantarse y caer de pie en el suelo. Observó un momento el grupo de sábanas y almohadas que usaba para dormir, todo en el suelo como si se hubiera caído de la cama, pero no existía tal cosa para él. Se había acostumbrado a dormir en el suelo, con más o menos comodidades, pero un colchón le parecía incómodo desde hace muchos años. Se tomó el tiempo de doblar las sábanas y acomodar todo en una esquina de forma perfecta, convivir con Kiyoshi le había demostrado que era más fácil hacerlo en ese momento que luego luchar con esas cosas cuando le toque limpiar.
Aún había silencio en el barco en cuanto sus pasos lo sacaron de esa habitación. A medio camino se encontró con un cofre con una nota para Varo. Ya que no parecía algo para él, simplemente lo dejó estar y no le dio importancia, por lo que siguió su camino hacia la cocina. No tardó mucho en calentar una sartén y echar en esta dos pares de panes, dejando que uno de sus lados tomara un color más oscuro mientras él comenzaba a colocar los ingredientes sobre estos. Tomate, lechuga, jamón, queso, cosas simples, incluso se encargó de moler un poco de huevo duro y esparcirlo en cada preparación como si fuera queso.
En cuanto hubo terminado, se tomó un momento mirando el plato con los dos sándwiches preparados, para luego mirar la sartén. En menos de 8 minutos, ya estaba terminando de sacar el último par de sándwiches de los 6 que había preparado para el resto de miembros de la tripulación. En cuanto hubo terminado, dejó lo preparado en la mesa y tomó su propio plato, saliendo a cubierta para poder desayunar mientras fumaba un poco.
Comió lento, intercalando con el cigarrillo, hasta que la luz del sol volvió a hacerse presente una vez más. Con esta, también llegó un nuevo periódico, lo leyó sin prisa, aún tenía tiempo, al menos hasta que escuchó un grito proveniente del interior del barco.
Observó la escalera que llevaba adentro con una ceja alzada, sabía que esa era la voz de Varo, pero se preguntaba qué podría haberlo hecho gritar. Con calma, ingresó de nuevo, llevando consigo el periódico y el plato con aún un sándwich en él, vio el plato con más sándwiches que les había dejado aún impoluto sobre la mesa, supuso que no habían pasado por ahí o habrían tenido miedo de tomar alguno. Tiró el cigarrillo apagado en la basura y tomó ambos platos para dirigirse a la enfermería, pues sabía que Varo solía visitarla en las mañanas.
- Oh, estás despierto -. Su frase resonó desde el marco de la puerta, sin parecer sorprendido por la recuperación de su capitán. - Buen trabajo, Kiyo -. Avanzó hacia ellos y les fue ofreciendo el plato con los sándwiches, esperando que no tengan miedo de comer un poco. - ¿Cómo lo conseguiste? ¿Tiene que ver con esas cosas que vi tiradas por ahí? -. Varo también se encontraba ahí, seguramente ya le había echado un ojo a la nota que ponía su nombre.
