14-05-2026, 05:45 PM
Habían pasado ciento dieciséis días desde la primera vez que Kyoshiro vio al gigante; y aun así, cada vez que lo veía, su cerebro parecía necesitar unos segundos adicionales para aceptar que algo así realmente existía. Alex seguía sintiéndose menos como una persona y más como un accidente geográfico al que alguien le había enseñado a respirar.
La explanada de la Marina permanecía silenciosa aquella mañana. Algunos marines observaban desde lejos fingiendo trabajar mientras abandonaban toda responsabilidad posible sobre “el asunto del gigante”.
—El tutor no vendrá. Tiene miedo.
—¡¿Tú le vas a decir?! Porque yo ni loco.
Kyoshiro había escuchado aquello mientras organizaba documentos dentro del cuartel. Informes. Registros. Entregas. Sellos. Papeles. Muchas cosas aburridas que, curiosamente, no le desagradaban en absoluto. Después de todo, había crecido prácticamente haciendo lo mismo. El monasterio donde nació no era un lugar de guerreros ni grandes maestros místicos. Era humilde. Tranquilo. Un viejo templo agrícola escondido en el South Blue, al sur del Reino de Sorbet. Allí la vida transcurría lenta entre jardines de piedra, campos cultivados y el eco distante de las campanas al amanecer. Kyoshiro podía recordar perfectamente el olor de la lluvia sobre madera antigua...Recordaba a los monjes barriendo hojas secas en silencio...Recordaba a su hermano mayor...Especialmente a su hermano.
Mientras él pasaba horas perdiéndose en el bosque, distrayéndose con insectos raros o formulando preguntas incómodas que nadie sabía responder, su hermano parecía haber nacido exactamente para aquella vida. Sereno. Estable. Seguro. Todo lo que Kyoshiro nunca consiguió ser. Los ancianos del monasterio terminaron entendiendo algo antes que él mismo: Kyoshiro jamás pertenecería realmente a aquellas paredes. Por eso lo dejaron ir, sino porque querían que descubriera quién era lejos de un lugar que siempre había decidido todo por él.
Su mente comenzaba a prender vuelo a su propio mundo, cuando una voz fuerte le trajo de vuelta.
—Oye, tú eres el compañero del gigante, ¿no?
—¿El chico Germain? ¿Del monasterio?
—¡Es tu día de suerte!
Kyoshiro seguía sin entender en qué momento exactamente aquella conversación se convirtió en “tu problema ahora”.
La brisa movió suavemente su sudadera azul abierta mientras avanzaba algunos pasos por la explanada. La enorme mochila cruzaba diagonalmente su pecho mediante una única correa, golpeando suavemente su espalda y las pequeñas alas blancas que sobresalían por los cortes mal hechos del abrigo. Sus antenas capilares se balanceaban ligeramente mientras levantaba la vista hacia Alex...Incluso después de todo ese tiempo seguía siendo absurdamente grande.
Kyoshiro se detuvo prudentemente lejos. Muy lejos. Aunque sinceramente, con aquel gigante ¿Había tal cosa como "muy lejos"? Por si acaso.
—Oye… grandulón. —saludó levantando una mano. Su voz mantenía exactamente el mismo tono tranquilo de siempre. Era imposible saber si estaba nervioso, relajado o preocupado porque honestamente siempre sonaba igual. —¿Qué tal?
Pausa. Sus ojos claros recorrieron lentamente al gigante de arriba abajo como si estuviera intentando calcular otra vez cuánto medía realmente. —¿Me recuerdas? ¿Kyo?
Tal vez habían interactuado unas tres veces desde aquel primer encuentro. Cuatro como máximo. Aunque para Kyoshiro eso ya contaba casi como una amistad. Después de todo, él tendía a encariñarse rápido, especialmente con cosas grandes, raras o ligeramente incomprendidas. …
La explanada de la Marina permanecía silenciosa aquella mañana. Algunos marines observaban desde lejos fingiendo trabajar mientras abandonaban toda responsabilidad posible sobre “el asunto del gigante”.
—El tutor no vendrá. Tiene miedo.
—¡¿Tú le vas a decir?! Porque yo ni loco.
Kyoshiro había escuchado aquello mientras organizaba documentos dentro del cuartel. Informes. Registros. Entregas. Sellos. Papeles. Muchas cosas aburridas que, curiosamente, no le desagradaban en absoluto. Después de todo, había crecido prácticamente haciendo lo mismo. El monasterio donde nació no era un lugar de guerreros ni grandes maestros místicos. Era humilde. Tranquilo. Un viejo templo agrícola escondido en el South Blue, al sur del Reino de Sorbet. Allí la vida transcurría lenta entre jardines de piedra, campos cultivados y el eco distante de las campanas al amanecer. Kyoshiro podía recordar perfectamente el olor de la lluvia sobre madera antigua...Recordaba a los monjes barriendo hojas secas en silencio...Recordaba a su hermano mayor...Especialmente a su hermano.
Mientras él pasaba horas perdiéndose en el bosque, distrayéndose con insectos raros o formulando preguntas incómodas que nadie sabía responder, su hermano parecía haber nacido exactamente para aquella vida. Sereno. Estable. Seguro. Todo lo que Kyoshiro nunca consiguió ser. Los ancianos del monasterio terminaron entendiendo algo antes que él mismo: Kyoshiro jamás pertenecería realmente a aquellas paredes. Por eso lo dejaron ir, sino porque querían que descubriera quién era lejos de un lugar que siempre había decidido todo por él.
Su mente comenzaba a prender vuelo a su propio mundo, cuando una voz fuerte le trajo de vuelta.
—Oye, tú eres el compañero del gigante, ¿no?
—¿El chico Germain? ¿Del monasterio?
—¡Es tu día de suerte!
Kyoshiro seguía sin entender en qué momento exactamente aquella conversación se convirtió en “tu problema ahora”.
La brisa movió suavemente su sudadera azul abierta mientras avanzaba algunos pasos por la explanada. La enorme mochila cruzaba diagonalmente su pecho mediante una única correa, golpeando suavemente su espalda y las pequeñas alas blancas que sobresalían por los cortes mal hechos del abrigo. Sus antenas capilares se balanceaban ligeramente mientras levantaba la vista hacia Alex...Incluso después de todo ese tiempo seguía siendo absurdamente grande.
Kyoshiro se detuvo prudentemente lejos. Muy lejos. Aunque sinceramente, con aquel gigante ¿Había tal cosa como "muy lejos"? Por si acaso.
—Oye… grandulón. —saludó levantando una mano. Su voz mantenía exactamente el mismo tono tranquilo de siempre. Era imposible saber si estaba nervioso, relajado o preocupado porque honestamente siempre sonaba igual. —¿Qué tal?
Pausa. Sus ojos claros recorrieron lentamente al gigante de arriba abajo como si estuviera intentando calcular otra vez cuánto medía realmente. —¿Me recuerdas? ¿Kyo?
Tal vez habían interactuado unas tres veces desde aquel primer encuentro. Cuatro como máximo. Aunque para Kyoshiro eso ya contaba casi como una amistad. Después de todo, él tendía a encariñarse rápido, especialmente con cosas grandes, raras o ligeramente incomprendidas. …

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