15-05-2026, 05:41 PM
Kyoshiro permaneció quieto unos segundos después de hablar, con la mirada alzada hacia el gigantesco rostro frente a él mientras la brisa de la mañana arrastraba mechones blancos alrededor de sus ojos claros. Esperó una reacción inmediata. Alguna chispa de entendimiento. Un gesto distinto. Lo que fuera. Pero Alex simplemente lo observó con aquella expresión extraña que siempre parecía cargar encima. Una mezcla imposible entre tensión, timidez y una seguridad artificial construida únicamente para sobrevivir entre otras personas. Como alguien que llevaba demasiado tiempo fingiendo comprender conversaciones que en realidad llegaban a él convertidas en puro ruido. Las pequeñas antenas capilares del skypieano se balancearon suavemente.
—…Ah. - Entonces lo entendió de verdad. No era solamente que el gigante hablara otro idioma, era peor, mucho peor. Alex estaba atrapado detrás de un muro invisible donde todas las voces del mundo debían sonar igual de lejanas e incomprensibles. Como escuchar lluvia golpeando un techo de madera durante horas sin distinguir jamás las palabras escondidas detrás del sonido...Eso debía ser horriblemente solitario.
Los ojos de Kyoshiro bajaron lentamente hacia el pequeño cuaderno desordenado entre sus manos. Hojas dobladas. Notas incompletas. Dibujos terribles de peces. Fragmentos de idiomas muertos escritos en márgenes porque un día le parecieron interesantes y luego olvidó por qué los había anotado. Y entonces… algo hizo clic dentro de su cabeza....una voz...Vieja. ..Grave... Rasposa...El chef del monasterio.
Kyoshiro podía recordarlo perfectamente ahora. Las enormes ollas hirviendo desde temprano. El olor a verduras recién cortadas. La lluvia interminable golpeando las ventanas del templo agrícola mientras él, siendo apenas un niño, se sentaba sobre sacos de arroz mirando al anciano cocinar durante horas. El resto de monjes pensaba que aquel viejo simplemente estaba senil, porque hablaba solo...Siempre...Murmurando frases incomprensibles mientras revolvía sopa o amasaba pan como si estuviera teniendo conversaciones enteras con fantasmas invisibles escondidos dentro del vapor. Pero Kyoshiro nunca lo ignoró, porque desde pequeño había sentido fascinación por todo aquello que nadie más parecía querer escuchar.
A veces el anciano le lanzaba palabras sueltas entre receta y receta. Expresiones pequeñas. Saludos. Formas básicas de presentarse. Nunca como una lección formal; más bien como alguien compartiendo canciones viejas con un niño demasiado curioso para aburrirse. “Las palabras viejas sobreviven más que las personas.”- Eso decía mientras cocinaba. Otras veces simplemente soltaba carcajadas y cambiaba de tema antes de explicar nada. Kyoshiro jamás imaginó que realmente hubiera aprendido algo de aquello. Mucho menos frente a un gigante de veinticinco metros en medio de una explanada de la Marina.
El muchacho inhaló lentamente. La sudadera azul ondeó apenas con el viento mientras una de sus pequeñas alas blancas se estremecía bajo el abrigo mal cortado. Sus ojos claros permanecían completamente atentos ahora, brillando con esa concentración extraña y casi infantil que aparecía cada vez que algo capturaba genuinamente todo su interés. Y entonces volvió a hablar...
—Je… suis… Kyoshiro?. Aquella expresión le salió torpe, como alguien desempolvando una herramienta antigua guardada durante años al fondo de una caja olvidada. Algunas sílabas escapaban demasiado suaves; otras chocaban entre sí con rigidez incómoda. Pero aun así… El skypieano señaló lentamente al gigante.
—Alex. Luego se señaló a sí mismo con el pulgar. —Kyoshiro.
Pausa. Las antenas sobre su cabeza se inclinaron apenas hacia adelante mientras añadía, más despacio esta vez:
—Je… comprends un peu… (“…Entiendo un poco.”)
El silencio que siguió se sintió extraño. Por primera vez desde que llegó a la Marina, Kyoshiro tuvo la sensación de estar abriendo una puerta que llevaba muchísimo tiempo cerrada para alguien más. Levantó apenas la vista hacia Alex esperando reacción, y honestamente… se sentía rarísimo. Nunca había hablado tanto tiempo seguido en otro idioma. Mucho menos uno que probablemente nadie alrededor podía reconocer. La explanada, el cuartel y hasta los marines observando desde lejos parecieron desdibujarse por unos segundos bajo aquella conversación imposible. Como si el mundo entero hubiera quedado afuera.
Kyoshiro acomodó distraídamente la correa diagonal de la mochila mientras sonreía apenas, nervioso pero genuinamente fascinado. —On m’a dit… que je suis ton… tuteur? (—Me dijeron... que soy tu... ¿tutor?)
Frunció ligeramente el ceño inmediatamente después, pensando con intensidad absoluta en la pronunciación.
—…Creo. Pausa. —No estoy seguro si dije eso bien.
—…Ah. - Entonces lo entendió de verdad. No era solamente que el gigante hablara otro idioma, era peor, mucho peor. Alex estaba atrapado detrás de un muro invisible donde todas las voces del mundo debían sonar igual de lejanas e incomprensibles. Como escuchar lluvia golpeando un techo de madera durante horas sin distinguir jamás las palabras escondidas detrás del sonido...Eso debía ser horriblemente solitario.
Los ojos de Kyoshiro bajaron lentamente hacia el pequeño cuaderno desordenado entre sus manos. Hojas dobladas. Notas incompletas. Dibujos terribles de peces. Fragmentos de idiomas muertos escritos en márgenes porque un día le parecieron interesantes y luego olvidó por qué los había anotado. Y entonces… algo hizo clic dentro de su cabeza....una voz...Vieja. ..Grave... Rasposa...El chef del monasterio.
Kyoshiro podía recordarlo perfectamente ahora. Las enormes ollas hirviendo desde temprano. El olor a verduras recién cortadas. La lluvia interminable golpeando las ventanas del templo agrícola mientras él, siendo apenas un niño, se sentaba sobre sacos de arroz mirando al anciano cocinar durante horas. El resto de monjes pensaba que aquel viejo simplemente estaba senil, porque hablaba solo...Siempre...Murmurando frases incomprensibles mientras revolvía sopa o amasaba pan como si estuviera teniendo conversaciones enteras con fantasmas invisibles escondidos dentro del vapor. Pero Kyoshiro nunca lo ignoró, porque desde pequeño había sentido fascinación por todo aquello que nadie más parecía querer escuchar.
A veces el anciano le lanzaba palabras sueltas entre receta y receta. Expresiones pequeñas. Saludos. Formas básicas de presentarse. Nunca como una lección formal; más bien como alguien compartiendo canciones viejas con un niño demasiado curioso para aburrirse. “Las palabras viejas sobreviven más que las personas.”- Eso decía mientras cocinaba. Otras veces simplemente soltaba carcajadas y cambiaba de tema antes de explicar nada. Kyoshiro jamás imaginó que realmente hubiera aprendido algo de aquello. Mucho menos frente a un gigante de veinticinco metros en medio de una explanada de la Marina.
El muchacho inhaló lentamente. La sudadera azul ondeó apenas con el viento mientras una de sus pequeñas alas blancas se estremecía bajo el abrigo mal cortado. Sus ojos claros permanecían completamente atentos ahora, brillando con esa concentración extraña y casi infantil que aparecía cada vez que algo capturaba genuinamente todo su interés. Y entonces volvió a hablar...
—Je… suis… Kyoshiro?. Aquella expresión le salió torpe, como alguien desempolvando una herramienta antigua guardada durante años al fondo de una caja olvidada. Algunas sílabas escapaban demasiado suaves; otras chocaban entre sí con rigidez incómoda. Pero aun así… El skypieano señaló lentamente al gigante.
—Alex. Luego se señaló a sí mismo con el pulgar. —Kyoshiro.
Pausa. Las antenas sobre su cabeza se inclinaron apenas hacia adelante mientras añadía, más despacio esta vez:
—Je… comprends un peu… (“…Entiendo un poco.”)
El silencio que siguió se sintió extraño. Por primera vez desde que llegó a la Marina, Kyoshiro tuvo la sensación de estar abriendo una puerta que llevaba muchísimo tiempo cerrada para alguien más. Levantó apenas la vista hacia Alex esperando reacción, y honestamente… se sentía rarísimo. Nunca había hablado tanto tiempo seguido en otro idioma. Mucho menos uno que probablemente nadie alrededor podía reconocer. La explanada, el cuartel y hasta los marines observando desde lejos parecieron desdibujarse por unos segundos bajo aquella conversación imposible. Como si el mundo entero hubiera quedado afuera.
Kyoshiro acomodó distraídamente la correa diagonal de la mochila mientras sonreía apenas, nervioso pero genuinamente fascinado. —On m’a dit… que je suis ton… tuteur? (—Me dijeron... que soy tu... ¿tutor?)
Frunció ligeramente el ceño inmediatamente después, pensando con intensidad absoluta en la pronunciación.
—…Creo. Pausa. —No estoy seguro si dije eso bien.

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