16-05-2026, 04:11 PM
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—¿Mentirle, yo?
¡Por cuánto!
Pruébela y compre, compre y verá
qué melena leonina le acaba saliendo
... ju, ju, ju.
Estaba muy contento porque mi ardid para convencer a Dean de la necesidad imperiosa de mi pócima capilar milagrosa parecía estar surtiendo efecto. Apenas pude, sin embargo, disfrutar de aquel pequeño triunfo mercantil, pues el peliblanco se puso manos a la obra y trató de ganarse la confianza del perrito apaleado. Entre medias, me pareció escucharle decir que teníamos suerte de no lucir como humanos —no supe discernir si se refería a mí o al chucho—.
—No me sea usted sentido, compadre, anda que no habrá chorizos de todas las razas, tamaños y colores —le dije entonces, tratando de quitarle hierro al asunto.
Y luego me dispuse a contestar a su pregunta acerca de si yo acostumbraba a meterme en líos por socorrer al prójimo, pero... pero... le tiró un pancito... y... el animalillo le miró con esos ojitos que...
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—Enseguida estoy con usted, amigo Dean —balbuceé, llevándome el dorso de la mano al ojo derecho—. Otórgueme un instante, si es tan amable. Sniff. Se me han metido unos sentimientos por los ojos. Sniff...
Lo cierto es que ver la escenita del mendrugo de pan, a mí, que soy de barrio humilde, me abultó el corazón de ternura y me desencadenó una maldita dolencia hidráulica que heredé de mi rama materna, consistente en que cuando la víscera cardíaca rebasa su aforo, el sobrante se nos condensa en los conductos lacrimales y se nos escapa por los ojos.
(Muy distinto a la blandenguería esa de llorar, ¿eh? No se me confundan.)
La cuestión es que tuve que parar un momento a sorberme los mocos. Y fueron tantos que necesité sonarme. Así, mientras el perrillo, tras olfatear y lamer el chusco de pan, se acercaba tímidamente al peliblanco, yo, de cuclillas y de espaldas a ambos, me sonaba a trompetazos con la bandera de la Marina que hacía un momento enarbolaba el fulano de las facciones de hiena.
Para cuando me hube recompuesto, el perro estaba ya sentado entre los pies de Dean, con el flanco apoyado en su rodilla y el rabito repiqueteando como un metrónomo sobre los adoquines. Yo me incorporé despacio, dejando escapar un suspirito de los recios, y me acerqué a posar la mano sobre el hombro del peliblanco.
—¿Ve? Mire qué rápido han hecho ustedes buenas migas. Si ya sabía yo... —presumí, agachándome a recoger al chucho, que se dejó alzar sin oponer resistencia, y acomodándomelo contra el pecho—. Un servidor tiene un sexto sentido para estas cosas del querer.

—¿Eh? ¡Ay! ¡Pero hombre, suelte usted, suelte usted, criatura desagradecida! ¡Los tentáculos no, hombre, los tentáculos no! ¡Deponga la dentadura, fámula del averno, deponga la dentadura le digo!
Por algún motivo que un servidor no acertaba a comprender, aquella sabandija peluda no me quería. El muy ingrato solo se mostraba apaciguado cuando estaba con Dean, así que se lo tendí para que lo sostuviera mientras yo me alisaba la melena, comprobando que las dentelladas no me hubieran dejado calvas en el cuero cabelludo. Cuando la condenada criatura se hubo calmado, reanudé mi perorata.
—Verá, amigo Dean, retomando aquella pregunta suya sobre si suelo meterme en líos por ayudar al prójimo, le confesaré que jamás me había detenido a considerarlo —arranqué, frotándome con dos dedos el caballete de la nariz—. Aunque ahora que lo pone usted sobre la mesa, caigo en la cuenta de que vengo arrastrando esa costumbre desde bien pezqueñín. ¿Cree usted que se deberá a haberme criado donde se crio un servidor? En el Distrito las desavenencias rara vez se resuelven sin la mediación de un par de sopapos...
Nunca me había parado a pensar de dónde me venía aquella manía de socorrer a terceros. Para mí siempre había sido lo natural: uno andaba por la calle, se topaba con un entuerto y se metía a desentuertarlo. No había mucho misterio. ¿Que por qué? Porque si no lo hacía un servidor, ¿quién iba a hacerlo? Pero ahora, mirándolo desde la barrera, igual aquella forma de andar por el mundo, tan evidente para mí, no lo era tanto para los demás.
(Vaya tela, qué profundo se ponía uno por una preguntilla de nada. Estaba claro que necesitaba urgentemente entregarme a la bebida.)
Sacudí la cabeza para apartar la nube de cavilaciones y me volví hacia el peliblanco.
—¿Y qué hay de usted? No se ha andado con remilgos cuando ha tocado repartir. ¿También se mete usted en estos jaleos por socorrer al prójimo, o le tira el cuerpo, de natural, a la pelea? ¿Sabe qué? Mejor me lo cuenta con un trago delante. Y, ya de paso, llevamos a este pequeño Belcebú con pulgas con Bunzo, antes de que me arrepienta de haberle salvado el pellejo y lo tire al mar para que lo devoren los tiburones...
Karma
