16-05-2026, 05:18 PM
(Última modificación: 16-05-2026, 07:22 PM por Stroud Nanashi.)
Algunas madrugadas antes...
![[Imagen: dSojSkd.png]](https://i.imgur.com/dSojSkd.png)
[2 de invierno, año 17,
Hachinosu, Nuevo Mundo]
El sol de mediodía resplandecía sobre Hachinosu, la isla más infame del Nuevo Mundo y de todo el Grand Line. Era un día como los que muchos se vivían en aquel lugar dejado de la mano del Gobierno Mundial, de los dioses y de cualquier cosa cercana a un concepto de orden. Bajo los siempre atentos ojos de la colosal Calavera Haibu, la isla seguía su vida normal —por llamarla de alguna manera, al menos—, la mayoría de sus habitantes completamente ajenos a las cuestiones de importancia que sacudían diversas partes del mundo en aquellos mismos instantes, y cuyas consecuencias pronto empezarían a expandirse por su superficie, como ondas concéntricas resultantes de lanzar una piedra a un estanque. Los habitantes de Hachinosu —todos ellos, al menos, en teoría, parte de la monstruosa tripulación que gobernaba la isla, los temidos Mushoku— llevaban a cabo sus rutinas, lo cual consistía, por parte de un abrumador porcentaje, en estar de juerga, bebiendo, apostando e iniciando sangrientas peleas de taberna que a menudo acababan con huesos rotos y dientes desperdigados. Otra parte de la isla se dedicaba al comercio, claro, en diversos grados de legalidad, y otros iban y venían, trayendo mercancías desde islas lejanas para volver a partir al cabo de unos días.
Tenoch Titlan o, como era mejor conocido, Quetzalli Jr., uno de los más destacados hombres del mismísimo Ashura, ahora un Shichibukai, se encontraba en una de las zonas centrales más urbanizadas de la isla, repleta de edificios de no mucha altura, construidos con sillares de la característica roca amarillenta que daba su particular color a la isla. Muchas de las fachadas se encontraban reverdecidas, cubiertas de maleza y hiedra que crecía a su antojo, subiendo por las superficies verticales con facilidad y colándose por las rendijas y por algunas ventanas. La atmósfera era, como no podía ser de otra manera, de gran animación, si bien alrededor de Tenoch parecía generarse un área de respeto, casi veneración, poco común en aquel lugar. Y es que Quetzalli no era un cualquiera, sino uno de los más cercanos a lo que era, en esencia, el poder absoluto en la Isla de los Piratas. Los piratas y maleantes de Hachinosu, que solían jactarse de no tener amos ni señores, a menudo estaban cerca de hacer reverencias a su paso, frecuentemente esquivando su mirada. Unos pocos, claro, actuaban con normalidad, sin siquiera percatarse de su presencia, o simplemente por una cuestión de naturalidad.
A unos quince metros de él, junto a una taberna llamada Black Tooth, un pirata de aspecto desaliñado permanecía sentado en un taburete, frente a una pequeña y astillada mesita sobre la que reposaban una botella vacía y algún tipo de hoja de papel, como si estuviese buscando clientes. El pirata, al que se podía oler casi a la distancia a la que se encontraba Tenoch —y no para bien— tenía un aspecto sucio y descuidado, propio de quien llevaba varios días seguidos de fiesta. Sobre sus ropas llevaba un abrigo negro con charreteras doradas, tan sucio y desarrapado como el resto de su vestimenta, lo cual le daba un aspecto de autoridad y formalidad que no encajaba en absoluto con el resto de su imagen. Aquello, sin embargo, no parecía impresionar a nadie: no eran pocos los piratas de los que nadie había oído hablar jamás y que llegaban a Hachinosu dándose aires de importancia, buscando ganarse renombre entre sus malhechores. De cuando en cuando, alguno de los transeúntes se acercaba para hablar con él, solo para perder el interés al cabo de unos momentos e irse por donde había venido.
En el umbral de la puerta de una de las decenas de pequeñas tiendas que poblaban la calle, tres hombres de negocios cuchicheaban entre sí, aunque su aspecto no era tan festivo. Su lenguaje corporal sugería, por el contrario, preocupación. Uno de ellos gesticulaban con grandiosidad, mientras los otros escuchaban, atentos a cada palabra, si bien haciéndole de vez en cuando un ademán para que recordase bajar la voz en su entusiasmo. A no mucha distancia de ellos, al otro lado de la calle, un mendigo parecía dormitar sentado en el rocoso suelo, parapetado del intenso sol por uno de los tejadillos que sobresalían de la fachada del edificio a sus espaldas.
Un par de chiquillos, que no debían de sobrepasar la quincena, se acercaron corriendo a Tenoch. Tenían un aspecto desaliñado, común en la mayoría de huérfanos del lugar, aunque nada fuera de lo ordinario. Parecían muertos de preocupación, pálidos como si acabasen de ver un fantasma. Uno de ellos, sin embargo, se quedó atrás, recogiendo con desesperación una moneda de un berry que se le había caído al suelo. "¡Señor Quetzalli... Junior! ¡Señor Junior!," exclamó el que se adelantó al otro, jadeando tras la carrera que se habían dado siguiéndolo, "¡señor Quetzalli! ¡Lo estábamos buscando!," dijo, recomponiéndose. Se miraron entre sí por un instante, limpiándose el sudor, con las manos sobre las rodillas mientras recuperaban el aliento. El más joven fue el primero en hablar. "¡Uniformados! Hemos visto a cinco uniformados de blanco no lejos de aquí, tenían pinta de...," bajó la voz, "¡Marines!". A nadie que lo hubiese oído le hubiese sorprendido en exceso; desde los últimos acontecimientos, y con todo lo que habían anunciado recientemente los periódicos, la Marina parecía más nerviosa que de costumbre.
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