16-05-2026, 08:00 PM
El peliblanco permaneció en silencio después de escuchar aquellas últimas palabras del gigante. No fue un silencio corto, no fue uno de esos momentos de pausa normal entre una respuesta y otra. No, este silencio fue uno de esos silencios donde parecía que alguien había apagado una parte del mundo y solo había dejado funcionando el viento, las hojas moviéndose en el suelo y la respiración enorme de Alex frente a él. El peliblanco lo miró unos segundos más, con el bolígrafo aún en la mano, las antenas ligeramente inclinadas y los ojos claros demasiado abiertos para alguien que normalmente parecía no entender del todo la gravedad de las cosas. Je veux apprendre… Je veux pouvoir communiquer… Je veux… parler Ryuuuu. Las palabras se quedaron dando vueltas dentro de su cabeza como campanas viejas dentro del monasterio. —Hmmmm… —murmuró apenas, pero esta vez no escribió nada.
Pasaron unos segundos más y Kyoshiro simplemente se levantó. No explicó nada. No dijo “espera”. No pidió tiempo. Solo se puso de pie entre todos sus papeles, libros, cuadernos y cosas absurdas tiradas en el suelo, y comenzó a caminar lentamente por la explanada. Un paso. Otro. Luego giró. Luego volvió. Luego se detuvo mirando una grieta del suelo como si ahí estuviera escondida la respuesta a todos los problemas lingüísticos del mundo. Los marines a lo lejos probablemente pensaron que el chico del monasterio se había roto por completo. Y tal vez… un poco sí. Kyo había partido otra vez hacia ese lugar suyo donde todo dejaba de existir cuando una idea le mordía la cabeza con suficiente fuerza.
Treinta minutos pasaron así. O casi treinta. Tal vez veintisiete. Tal vez treinta y dos. Kyoshiro no lo sabía porque para él el tiempo se había convertido en otra cosa. Caminaba, volvía a sus apuntes, abría un libro, cerraba otro, escribía una palabra, la tachaba, volvía a caminar. —No… no es repetir… —susurraba mientras mordía la punta del bolígrafo—. Si le enseño palabras sueltas no sirve… porque él ya tiene palabras… tiene muchas palabras… demasiadas palabras… El peliblanco se detuvo de golpe, levantó la mirada hacia Alex, luego volvió a bajarla a sus apuntes. —No está hablando mal… —dijo para sí mismo—. Es solo que...está hablando otra cosa...Pero no la habla mal.
Alex no estaba roto. No era un gigante incapaz de comunicarse. No era un problema de inteligencia, ni de voluntad, ni de torpeza. Era peor y mejor al mismo tiempo. Alex tenía un idioma. Una lengua muerta, sí. Una lengua que nadie más parecía entender, también. Pero una lengua al fin. Con raíces. Con sonidos propios. Con orden. Con estructura. Con formas de construir ideas, con maneras específicas de decir “yo”, “quiero”, “aprender”, “hablar”, “mundo”, “silencio”, “prisión”. Y si tenía todo eso, entonces no era un caos.... Era un sistema...una estructura... era un "todo".
Kyoshiro se quedó quieto en medio de la explanada mientras el viento le movía la sudadera azul y las pequeñas alas blancas en la espalda. Sus ojos parecían clavados en ninguna parte, pero por dentro estaba acomodando piezas demasiado rápido. Antes de enseñarle el idioma común, tenía que entender el idioma de Alex...¡Eso era! ¿No? Tenía que estudiarlo de verdad. Miró su reloj de bolsillo, vio la hora y lo cerró. Pensó en Alex y su idioma, pensó en que esto no sería como aprender a leer la hora...era más como alguien que abre un reloj viejo y empieza a separar engranaje por engranaje hasta entender por qué todavía se mueve. Tenía que romper esa lengua en pedazos. Encontrar sus reglas. Sus raíces. Sus formas. Sus errores aparentes. Sus equivalencias. Tenía que volverse experto en aquello que todos habían decidido ignorar durante años.
El pensamiento le dio una especie de vértigo raro. Porque era enorme. Absurdo. Demasiado grande para alguien que, técnicamente, había terminado ahí porque nadie más quiso hablar con el gigante. Pero también era… fascinante. Mucho. Muchísimo. Era como encontrar una puerta escondida dentro de una pared que todos habían usado toda la vida sin preguntarse nunca qué había detrás. Kyoshiro tragó saliva lentamente y volvió caminando hacia sus libros. Se sentó otra vez en el suelo, cruzó las piernas entre papeles, mapas, diccionarios viejos, una libreta abierta y su reloj de bolsillo que había quedado a un lado como si también estuviera escuchando.
Miró a Alex unos segundos largos. Esta vez no parecía nervioso. Tampoco parecía seguro, realmente. Kyoshiro casi nunca parecía seguro de nada. Pero sí parecía decidido, de esa forma distraída y peligrosa en que alguien decide algo enorme sin calcular bien las consecuencias. Levantó el bolígrafo, apuntó una palabra en su libreta y luego habló despacio, otra vez en aquel idioma roto, cuidadoso y lleno de pequeñas grietas. —Je… hmmm… avant… —Pausa. Frunció el ceño, buscó en sus apuntes, pasó una página demasiado rápido y volvió atrás—. Avant… apprendre… notre langue… je dois… comprendre… la tienne. (Antes de enseñarte nuestro idioma… tengo que entender el tuyo.)
Bajó la mirada a la libreta y escribió “lengua de Alex” en una esquina, luego lo tachó y puso “idioma de Alex”, luego lo tachó otra vez y escribió “sistema”. —Ton langage… no… ta langue… —murmuró, corrigiéndose solo—. Ta langue n’est pas cassée. (Tu idioma no está roto.) Se quedó callado un segundo, como si esa frase fuera más importante de lo que había planeado. Luego levantó apenas la mirada hacia el gigante. —Elle est… morte pour les autres… mais… vivante pour toi. (Está muerta para los demás… pero viva para ti.)
Kyoshiro dejó escapar aire por la nariz, entre cansancio, emoción y una pequeña risa nerviosa que no llegó a formarse del todo. Luego empezó a escribir con más rapidez, llenando la página de flechas, raíces, signos raros y comparaciones incompletas. —Si tiene reglas puedo aprenderlo… si puedo aprenderlo puedo partirlo… si puedo partirlo puedo construir un puente… y si hay puente… entonces puedes cruzar. —Pausa. Parpadeó, como si acabara de escucharse a sí mismo—. Eso sonó mejor en mi cabeza.
Volvió a mirar a Alex, esta vez con una sonrisa pequeña, agotada y absolutamente genuina. —Creo que no voy a enseñarte todavía. No bien. No como debería. Primero… tengo que escucharte. Mucho. Tengo que entender cómo hablas antes de decirte cómo hablar distinto. —Bajó la vista a la montaña de libros alrededor suyo y luego volvió a subirla hacia el gigante de veinticinco metros—. Así que… hmmm… felicidades. Creo que accidentalmente voy a volverme experto en ti.
Pasaron unos segundos más y Kyoshiro simplemente se levantó. No explicó nada. No dijo “espera”. No pidió tiempo. Solo se puso de pie entre todos sus papeles, libros, cuadernos y cosas absurdas tiradas en el suelo, y comenzó a caminar lentamente por la explanada. Un paso. Otro. Luego giró. Luego volvió. Luego se detuvo mirando una grieta del suelo como si ahí estuviera escondida la respuesta a todos los problemas lingüísticos del mundo. Los marines a lo lejos probablemente pensaron que el chico del monasterio se había roto por completo. Y tal vez… un poco sí. Kyo había partido otra vez hacia ese lugar suyo donde todo dejaba de existir cuando una idea le mordía la cabeza con suficiente fuerza.
Treinta minutos pasaron así. O casi treinta. Tal vez veintisiete. Tal vez treinta y dos. Kyoshiro no lo sabía porque para él el tiempo se había convertido en otra cosa. Caminaba, volvía a sus apuntes, abría un libro, cerraba otro, escribía una palabra, la tachaba, volvía a caminar. —No… no es repetir… —susurraba mientras mordía la punta del bolígrafo—. Si le enseño palabras sueltas no sirve… porque él ya tiene palabras… tiene muchas palabras… demasiadas palabras… El peliblanco se detuvo de golpe, levantó la mirada hacia Alex, luego volvió a bajarla a sus apuntes. —No está hablando mal… —dijo para sí mismo—. Es solo que...está hablando otra cosa...Pero no la habla mal.
Alex no estaba roto. No era un gigante incapaz de comunicarse. No era un problema de inteligencia, ni de voluntad, ni de torpeza. Era peor y mejor al mismo tiempo. Alex tenía un idioma. Una lengua muerta, sí. Una lengua que nadie más parecía entender, también. Pero una lengua al fin. Con raíces. Con sonidos propios. Con orden. Con estructura. Con formas de construir ideas, con maneras específicas de decir “yo”, “quiero”, “aprender”, “hablar”, “mundo”, “silencio”, “prisión”. Y si tenía todo eso, entonces no era un caos.... Era un sistema...una estructura... era un "todo".
Kyoshiro se quedó quieto en medio de la explanada mientras el viento le movía la sudadera azul y las pequeñas alas blancas en la espalda. Sus ojos parecían clavados en ninguna parte, pero por dentro estaba acomodando piezas demasiado rápido. Antes de enseñarle el idioma común, tenía que entender el idioma de Alex...¡Eso era! ¿No? Tenía que estudiarlo de verdad. Miró su reloj de bolsillo, vio la hora y lo cerró. Pensó en Alex y su idioma, pensó en que esto no sería como aprender a leer la hora...era más como alguien que abre un reloj viejo y empieza a separar engranaje por engranaje hasta entender por qué todavía se mueve. Tenía que romper esa lengua en pedazos. Encontrar sus reglas. Sus raíces. Sus formas. Sus errores aparentes. Sus equivalencias. Tenía que volverse experto en aquello que todos habían decidido ignorar durante años.
El pensamiento le dio una especie de vértigo raro. Porque era enorme. Absurdo. Demasiado grande para alguien que, técnicamente, había terminado ahí porque nadie más quiso hablar con el gigante. Pero también era… fascinante. Mucho. Muchísimo. Era como encontrar una puerta escondida dentro de una pared que todos habían usado toda la vida sin preguntarse nunca qué había detrás. Kyoshiro tragó saliva lentamente y volvió caminando hacia sus libros. Se sentó otra vez en el suelo, cruzó las piernas entre papeles, mapas, diccionarios viejos, una libreta abierta y su reloj de bolsillo que había quedado a un lado como si también estuviera escuchando.
Miró a Alex unos segundos largos. Esta vez no parecía nervioso. Tampoco parecía seguro, realmente. Kyoshiro casi nunca parecía seguro de nada. Pero sí parecía decidido, de esa forma distraída y peligrosa en que alguien decide algo enorme sin calcular bien las consecuencias. Levantó el bolígrafo, apuntó una palabra en su libreta y luego habló despacio, otra vez en aquel idioma roto, cuidadoso y lleno de pequeñas grietas. —Je… hmmm… avant… —Pausa. Frunció el ceño, buscó en sus apuntes, pasó una página demasiado rápido y volvió atrás—. Avant… apprendre… notre langue… je dois… comprendre… la tienne. (Antes de enseñarte nuestro idioma… tengo que entender el tuyo.)
Bajó la mirada a la libreta y escribió “lengua de Alex” en una esquina, luego lo tachó y puso “idioma de Alex”, luego lo tachó otra vez y escribió “sistema”. —Ton langage… no… ta langue… —murmuró, corrigiéndose solo—. Ta langue n’est pas cassée. (Tu idioma no está roto.) Se quedó callado un segundo, como si esa frase fuera más importante de lo que había planeado. Luego levantó apenas la mirada hacia el gigante. —Elle est… morte pour les autres… mais… vivante pour toi. (Está muerta para los demás… pero viva para ti.)
Kyoshiro dejó escapar aire por la nariz, entre cansancio, emoción y una pequeña risa nerviosa que no llegó a formarse del todo. Luego empezó a escribir con más rapidez, llenando la página de flechas, raíces, signos raros y comparaciones incompletas. —Si tiene reglas puedo aprenderlo… si puedo aprenderlo puedo partirlo… si puedo partirlo puedo construir un puente… y si hay puente… entonces puedes cruzar. —Pausa. Parpadeó, como si acabara de escucharse a sí mismo—. Eso sonó mejor en mi cabeza.
Volvió a mirar a Alex, esta vez con una sonrisa pequeña, agotada y absolutamente genuina. —Creo que no voy a enseñarte todavía. No bien. No como debería. Primero… tengo que escucharte. Mucho. Tengo que entender cómo hablas antes de decirte cómo hablar distinto. —Bajó la vista a la montaña de libros alrededor suyo y luego volvió a subirla hacia el gigante de veinticinco metros—. Así que… hmmm… felicidades. Creo que accidentalmente voy a volverme experto en ti.

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