16-05-2026, 09:00 PM
La gran selva Oki, y no solo quizá por sus proporciones considerables, sino por su fauna y flora de gran envergadura, era algo insólito; el observar bestias que triplicaban el tamaño natural y usual que habitaba en la mayoría de las otras islas e incluso en los Blues. Pero el encanto de esta región era ese mismo: sus grandes bestias. Dharma ya había pasado varios días, casi semanas, dentro de la isla, investigando lo mayor posible relacionado a su oficio como erudito y también incrementando sus conocimientos como médico. Poco a poco, a paso firme, sus habilidades mentales iban en aumento, casi tan diestras y afinadas como las habilidades de batalla. De eso no había duda: él tenía la disciplina de mantenerse en esa línea de la curiosidad y el conocimiento. Los grandes árboles selváticos rodeaban la espesa selva, donde el calor podía abundar.
La hora del día era incierta a veces en esta isla y en esta selva, pues el astro rey se solía mostrar con fiereza la mayoría del tiempo dentro de este lugar. Un concentrado espadachín deambulaba por las veredas casi vírgenes de esta isla, marcadas por algunos animales que transitaban en el día a día, mismos que a veces tocaba eliminar, competir o disuadir; pues tampoco se trataba de un exterminio por parte del oriundo de Wano, simplemente él sobrevivía de buena fe ante la naturaleza que se alzaba sobre la isla. Algo curioso llamó la atención del espadachín. Su inteligencia y su perspicacia le eran siempre herramientas naturales de gran ayuda, así como su temple y sabiduría, pues le permitían elegir de la mejor manera lo que podía hacer. ¿Pero qué era aquello que llamó su atención? Las bestias solían moverse de forma impredecible, como lo que son, pero de unos días para el presente, notó cómo estas mismas comenzaban a manifestarse en cierta región, no solo llamadas por su instinto sino quizá por algo más, algo diferente, algo que por ahora no venía a la memoria del pelinegro.
Tras una caminata en el actual día, Dharma siguió el rastro demasiado evidente de lo que parecía ser un camino de sangre: un culto, un tributo, una ofrenda. Alguien quería llamar su atención y ese alguien no tenía miedo de derramar dicha sangre solo porque sí.—Hmmm... bro... la sangre sin control me causa una extrañeza... rara.— Como si hablar consigo mismo fuera de lo más natural, era su manera de comunicarse con su propio espíritu, con su propia divinidad. Conforme se introducía en lo profundo de la selva, lugar donde no había estado hasta ese momento, guiado por el rastro de muerte, pudo notar que en lo profundo se alzaba una construcción de lo más extraña; extraña para el lugar, claramente.—Templo... Iglesia... Monasterio... todos encierran lo mismo... límites —decía sus palabras en dirección a la figura extraña sentada en un trono de piedra: un hombre con una armadura un tanto extraña, parecía antigua, parecía eclesiástica, le recordaba a otro tiempo.—Y tú... ¿Quién eres?—
Su voz gravosa, con un sentido frío y despiadado, se mostraba en dirección a aquel que yacía en el trono. El ambiente del lugar hacía esa situación un tanto diferente: la luz tenue intentando atravesar las enramadas, las zarzas rodeando aquella iglesia o construcción antigua. El clima, aunque cálido, se sentía menos bochornoso de lo usual. Dharma, que portaba sus ropajes usuales (camiseta negra, pantalones grises de lo más cómodos para la batalla, su calzado del mismo propósito y, en una serie de sujeciones de cuero que se ajustaban en su torso, portaba su par de espadas a los costados de él), parecía un explorador, parecía un pirata, parecía un guerrero... ¿Quién querría encontrarse con alguien como él? La gran duda, una afirmación certera. El de orbes esmeralda estaba expectante a una distancia cercana a los 10 metros; detrás de él, árboles y más árboles; al frente y de forma recta, una figura extraña con una armadura interesantísima.
La hora del día era incierta a veces en esta isla y en esta selva, pues el astro rey se solía mostrar con fiereza la mayoría del tiempo dentro de este lugar. Un concentrado espadachín deambulaba por las veredas casi vírgenes de esta isla, marcadas por algunos animales que transitaban en el día a día, mismos que a veces tocaba eliminar, competir o disuadir; pues tampoco se trataba de un exterminio por parte del oriundo de Wano, simplemente él sobrevivía de buena fe ante la naturaleza que se alzaba sobre la isla. Algo curioso llamó la atención del espadachín. Su inteligencia y su perspicacia le eran siempre herramientas naturales de gran ayuda, así como su temple y sabiduría, pues le permitían elegir de la mejor manera lo que podía hacer. ¿Pero qué era aquello que llamó su atención? Las bestias solían moverse de forma impredecible, como lo que son, pero de unos días para el presente, notó cómo estas mismas comenzaban a manifestarse en cierta región, no solo llamadas por su instinto sino quizá por algo más, algo diferente, algo que por ahora no venía a la memoria del pelinegro.
Tras una caminata en el actual día, Dharma siguió el rastro demasiado evidente de lo que parecía ser un camino de sangre: un culto, un tributo, una ofrenda. Alguien quería llamar su atención y ese alguien no tenía miedo de derramar dicha sangre solo porque sí.—Hmmm... bro... la sangre sin control me causa una extrañeza... rara.— Como si hablar consigo mismo fuera de lo más natural, era su manera de comunicarse con su propio espíritu, con su propia divinidad. Conforme se introducía en lo profundo de la selva, lugar donde no había estado hasta ese momento, guiado por el rastro de muerte, pudo notar que en lo profundo se alzaba una construcción de lo más extraña; extraña para el lugar, claramente.—Templo... Iglesia... Monasterio... todos encierran lo mismo... límites —decía sus palabras en dirección a la figura extraña sentada en un trono de piedra: un hombre con una armadura un tanto extraña, parecía antigua, parecía eclesiástica, le recordaba a otro tiempo.—Y tú... ¿Quién eres?—
Su voz gravosa, con un sentido frío y despiadado, se mostraba en dirección a aquel que yacía en el trono. El ambiente del lugar hacía esa situación un tanto diferente: la luz tenue intentando atravesar las enramadas, las zarzas rodeando aquella iglesia o construcción antigua. El clima, aunque cálido, se sentía menos bochornoso de lo usual. Dharma, que portaba sus ropajes usuales (camiseta negra, pantalones grises de lo más cómodos para la batalla, su calzado del mismo propósito y, en una serie de sujeciones de cuero que se ajustaban en su torso, portaba su par de espadas a los costados de él), parecía un explorador, parecía un pirata, parecía un guerrero... ¿Quién querría encontrarse con alguien como él? La gran duda, una afirmación certera. El de orbes esmeralda estaba expectante a una distancia cercana a los 10 metros; detrás de él, árboles y más árboles; al frente y de forma recta, una figura extraña con una armadura interesantísima.
OFF ROL:
| D e v i l s | N e v e r | C r y |
