17-05-2026, 06:23 PM
Kyoshiro simplemente lo miró cuando el gigante terminó de reír y de reverenciarlo desde aquella nueva postura sentada. No respondió con palabras. No hacía falta. A esas alturas, de hecho, ya parecía que las palabras estorbaban más de lo que ayudaban. Lo que sí hizo fue asentir apenas, una sola vez, como si con ese gesto pequeño hubiese aceptado algo bastante más grande de lo que cualquiera de los dos podía medir todavía. Luego volvió a dejarse caer entre sus libros, sus hojas sueltas y su mochila abierta como si estuviera entrando otra vez a su propio pequeño santuario de caos, pero esta vez con una intención mucho más clara que antes.
Las siguientes horas pasaron con una quietud extraña...una de esas quietudes que no se sienten vacías, sino llenas de trabajo invisible. Kyoshiro comenzó de la forma más básica posible.... Señalando cosas... El suelo.... El cielo.... Sus libros. La mochila.... Las manos de Alex.... Su propio pecho.... Una piedra. La bandera marine ondeando a lo lejos. Dibujaba símbolos rápidos en la libreta, luego dibujos terribles que apenas parecían representar lo que quería mostrar, luego volvía a señalar el objeto real, obligando al gigante a asociar una cosa con la otra. A veces escribía una palabra en común, a veces solo dejaba un espacio en blanco y esperaba la respuesta de Alex como si estuviera pescando algo raro desde el fondo de un lago.
La idea es que cada vez que Alex hablara, Kyoshiro lo escribiría. Con una rapidez impropia de alguien tan disperso, llenando márgenes, esquinas, reversos de páginas ya usadas, trozos de papel arrancados, hojas viejas donde antes había apuntes inútiles o listas inconclusas. Anotaba sonidos como podía. Separaba sílabas. Repetía fonemas en voz baja solo para sí mismo, probándolos en la boca, comparándolos, descartando parecidos falsos. Cuando algo no le cuadraba, levantaba la mano para frenar un momento al gigante, se mordía el bolígrafo, revisaba lo anterior, hacía una flecha, encerraba una raíz, la tachaba, escribía otra al lado.
Y cuando señalar objetos no bastaba, entonces venían las mímicas. Caminar. Comer. Dormir. Escuchar. Buscar. Perder. Encontrar. Caer. Esperar. Señalaba primero, exageraba después, y finalmente miraba a Alex con los ojos bien abiertos, esperando su palabra, su estructura, su manera de decir eso mismo. Otras veces era al revés: escucharía lo que Alex decía, intuía apenas el concepto y entonces trataba de reconstruirlo con gestos, observando la reacción del gigante para saber si iba bien o si acababa de entender algo completamente distinto. Así seguirían, una y otra vez, levantando un puente de tablones torcidos entre dos idiomas que hasta esa misma mañana ni siquiera habían tenido a alguien dispuesto a cruzarlos.
A ratos Kyo dejaba de escribir de golpe y se quedaba inmóvil, con la mirada perdida sobre la página, escuchando mentalmente una frase que Alex había dicho minutos atrás. Entonces sus pupilas se movían apenas, como si acomodara piezas invisibles dentro de la cabeza. Luego retomaba el bolígrafo con más fuerza y escribía otra vez. Hubo momentos en que incluso la explanada pareció volverse un aula imposible. Libros abiertos por todas partes, hojas aplastadas con piedras para que el viento no se las llevara, dibujos torpes mezclados con notas lingüísticas, intentos de transliteración, columnas improvisadas, comparaciones a medio hacer.
Para cuando Kyoshiro finalmente dejó de escribir, la noche ya se había instalado por completo sobre la explanada. No fue algo que notara de inmediato. De hecho, probablemente llevaba bastante rato escribiendo casi por memoria, siguiendo apenas el brillo débil de la luna sobre las páginas, hasta que una ráfaga fría movió varias hojas a la vez y le hizo parpadear como si acabara de despertar de un sueño demasiado largo. Levantó la cabeza lentamente. El cuartel ya no tenía el mismo ruido de la mañana. Los marines curiosos se habían ido hacía horas. Las luces lejanas parecían pequeñas luciérnagas atrapadas entre edificios, y frente a él, todavía enorme, todavía paciente, Alex seguía ahí.
Kyo miró sus apuntes. Luego miró a Alex. Luego volvió a mirar sus apuntes. Había hojas llenas de palabras incompletas, flechas, dibujos horribles, símbolos que ni siquiera él estaba seguro de entender ya, listas de sonidos, intentos de raíces y pequeñas comparaciones entre lo que Alex decía y lo que él creía que significaba. Era un desastre.
Kyoshiro dejó escapar aire lentamente por la nariz, cansado de una manera extraña. Cerró una libreta. Luego otra. Intentó ordenar los papeles, pero rápidamente se dio cuenta de que eso era una batalla perdida, así que simplemente comenzó a juntarlos en montones que parecían ordenados solo desde muy lejos.
Se quedó unos segundos más sentado en el suelo, con el bolígrafo todavía entre los dedos. Entonces levantó la vista hacia el gigante y sonrió apenas. No era una sonrisa grande ni especialmente brillante. Era más pequeña. Más cansada. Pero completamente genuina.
—Mañana… —dijo primero en común, por costumbre.
Pausa.
Frunció el ceño, como si recordara que eso no servía de mucho.
Buscó entre sus notas con rapidez, pasó dos páginas, volvió una, encontró una palabra, dudó, tachó algo con el dedo en el aire y finalmente volvió a mirar a Alex.
—Demain… —repitió con cuidado, en aquel idioma todavía torpe en su boca—. Nous… continuons. (Mañana… seguimos.)
No estaba seguro de si la estructura era perfecta. Probablemente no. De hecho, casi seguro no. Pero la intención estaba ahí.
Kyoshiro empezó a ponerse de pie, aunque el cuerpo le recordó inmediatamente que llevaba horas sentado en el suelo. Se tambaleó apenas, levantó una mano como si alguien lo hubiese acusado de caerse y murmuró: —Estoy bien… —aunque nadie le había preguntado nada. Luego se inclinó para recoger el reloj de bolsillo que había quedado entre dos hojas, lo limpió con el borde de la sudadera y lo guardó con un cuidado mucho mayor que el que había usado con todos los libros juntos.
La mochila quedó absurdamente llena otra vez, mal cerrada, con una esquina de cuaderno sobresaliendo y varias hojas dobladas escapándose por un lado. Kyoshiro se la cruzó al pecho, ajustó la correa, miró alrededor para asegurarse de no olvidar nada importante y aun así dejó olvidado al menos un papel debajo de una piedra. Probablemente lo recordaría en tres días. O nunca.
Antes de irse, volvió a mirar a Alex una última vez. Durante unos segundos no dijo nada. Solo lo observó. Aquel gigante que por la mañana era un problema administrativo, una tarea que nadie más quería aceptar, una criatura enorme que todos miraban desde lejos con miedo o incomodidad. Ahora era otra cosa, era una voz atrapada detrás de una puerta demasiado vieja Y Kyoshiro, por alguna razón, había encontrado la cerradura.
—No va a ser rápido… —dijo en voz baja, más para sí mismo que para él. Luego buscó cómo decirlo de forma más útil, levantando un dedo mientras pensaba—. Pas… vite. (Pero… posible.)
Pausa.
Asintió una vez, convencido por su propia frase rota.
—Possible.
Luego dio un par de pasos hacia atrás, como si cerrar distancia con un gigante de veinticinco metros necesitara también una despedida proporcional. Las pequeñas alas blancas en su espalda se movieron apenas con el viento nocturno y sus antenas se balancearon suavemente mientras comenzaba a alejarse por la explanada.
Caminó unos metros, se detuvo y giró de nuevo.
—Ah… y no te comas mis papeles. Pausa. Recordó otra vez el detalle del idioma. Frunció el ceño.
—Ne… mange pas… mes papiers.
Se quedó quieto un segundo, evaluando la frase. —Creo.
Y sin añadir mucho más, Kyoshiro volvió a caminar hacia el cuartel, pequeño bajo la luz de la luna, con la mochila golpeándole la espalda y la cabeza todavía llena de sonidos, raíces y preguntas. Mañana seguirían. Mañana habría más palabras. Más dibujos. Más errores. Más silencios largos. Más intentos. Pero por primera vez desde que todo aquello empezó, la distancia entre ambos ya no parecía tan imposible.
Las siguientes horas pasaron con una quietud extraña...una de esas quietudes que no se sienten vacías, sino llenas de trabajo invisible. Kyoshiro comenzó de la forma más básica posible.... Señalando cosas... El suelo.... El cielo.... Sus libros. La mochila.... Las manos de Alex.... Su propio pecho.... Una piedra. La bandera marine ondeando a lo lejos. Dibujaba símbolos rápidos en la libreta, luego dibujos terribles que apenas parecían representar lo que quería mostrar, luego volvía a señalar el objeto real, obligando al gigante a asociar una cosa con la otra. A veces escribía una palabra en común, a veces solo dejaba un espacio en blanco y esperaba la respuesta de Alex como si estuviera pescando algo raro desde el fondo de un lago.
La idea es que cada vez que Alex hablara, Kyoshiro lo escribiría. Con una rapidez impropia de alguien tan disperso, llenando márgenes, esquinas, reversos de páginas ya usadas, trozos de papel arrancados, hojas viejas donde antes había apuntes inútiles o listas inconclusas. Anotaba sonidos como podía. Separaba sílabas. Repetía fonemas en voz baja solo para sí mismo, probándolos en la boca, comparándolos, descartando parecidos falsos. Cuando algo no le cuadraba, levantaba la mano para frenar un momento al gigante, se mordía el bolígrafo, revisaba lo anterior, hacía una flecha, encerraba una raíz, la tachaba, escribía otra al lado.
Y cuando señalar objetos no bastaba, entonces venían las mímicas. Caminar. Comer. Dormir. Escuchar. Buscar. Perder. Encontrar. Caer. Esperar. Señalaba primero, exageraba después, y finalmente miraba a Alex con los ojos bien abiertos, esperando su palabra, su estructura, su manera de decir eso mismo. Otras veces era al revés: escucharía lo que Alex decía, intuía apenas el concepto y entonces trataba de reconstruirlo con gestos, observando la reacción del gigante para saber si iba bien o si acababa de entender algo completamente distinto. Así seguirían, una y otra vez, levantando un puente de tablones torcidos entre dos idiomas que hasta esa misma mañana ni siquiera habían tenido a alguien dispuesto a cruzarlos.
A ratos Kyo dejaba de escribir de golpe y se quedaba inmóvil, con la mirada perdida sobre la página, escuchando mentalmente una frase que Alex había dicho minutos atrás. Entonces sus pupilas se movían apenas, como si acomodara piezas invisibles dentro de la cabeza. Luego retomaba el bolígrafo con más fuerza y escribía otra vez. Hubo momentos en que incluso la explanada pareció volverse un aula imposible. Libros abiertos por todas partes, hojas aplastadas con piedras para que el viento no se las llevara, dibujos torpes mezclados con notas lingüísticas, intentos de transliteración, columnas improvisadas, comparaciones a medio hacer.
Para cuando Kyoshiro finalmente dejó de escribir, la noche ya se había instalado por completo sobre la explanada. No fue algo que notara de inmediato. De hecho, probablemente llevaba bastante rato escribiendo casi por memoria, siguiendo apenas el brillo débil de la luna sobre las páginas, hasta que una ráfaga fría movió varias hojas a la vez y le hizo parpadear como si acabara de despertar de un sueño demasiado largo. Levantó la cabeza lentamente. El cuartel ya no tenía el mismo ruido de la mañana. Los marines curiosos se habían ido hacía horas. Las luces lejanas parecían pequeñas luciérnagas atrapadas entre edificios, y frente a él, todavía enorme, todavía paciente, Alex seguía ahí.
Kyo miró sus apuntes. Luego miró a Alex. Luego volvió a mirar sus apuntes. Había hojas llenas de palabras incompletas, flechas, dibujos horribles, símbolos que ni siquiera él estaba seguro de entender ya, listas de sonidos, intentos de raíces y pequeñas comparaciones entre lo que Alex decía y lo que él creía que significaba. Era un desastre.
Kyoshiro dejó escapar aire lentamente por la nariz, cansado de una manera extraña. Cerró una libreta. Luego otra. Intentó ordenar los papeles, pero rápidamente se dio cuenta de que eso era una batalla perdida, así que simplemente comenzó a juntarlos en montones que parecían ordenados solo desde muy lejos.
Se quedó unos segundos más sentado en el suelo, con el bolígrafo todavía entre los dedos. Entonces levantó la vista hacia el gigante y sonrió apenas. No era una sonrisa grande ni especialmente brillante. Era más pequeña. Más cansada. Pero completamente genuina.
—Mañana… —dijo primero en común, por costumbre.
Pausa.
Frunció el ceño, como si recordara que eso no servía de mucho.
Buscó entre sus notas con rapidez, pasó dos páginas, volvió una, encontró una palabra, dudó, tachó algo con el dedo en el aire y finalmente volvió a mirar a Alex.
—Demain… —repitió con cuidado, en aquel idioma todavía torpe en su boca—. Nous… continuons. (Mañana… seguimos.)
No estaba seguro de si la estructura era perfecta. Probablemente no. De hecho, casi seguro no. Pero la intención estaba ahí.
Kyoshiro empezó a ponerse de pie, aunque el cuerpo le recordó inmediatamente que llevaba horas sentado en el suelo. Se tambaleó apenas, levantó una mano como si alguien lo hubiese acusado de caerse y murmuró: —Estoy bien… —aunque nadie le había preguntado nada. Luego se inclinó para recoger el reloj de bolsillo que había quedado entre dos hojas, lo limpió con el borde de la sudadera y lo guardó con un cuidado mucho mayor que el que había usado con todos los libros juntos.
La mochila quedó absurdamente llena otra vez, mal cerrada, con una esquina de cuaderno sobresaliendo y varias hojas dobladas escapándose por un lado. Kyoshiro se la cruzó al pecho, ajustó la correa, miró alrededor para asegurarse de no olvidar nada importante y aun así dejó olvidado al menos un papel debajo de una piedra. Probablemente lo recordaría en tres días. O nunca.
Antes de irse, volvió a mirar a Alex una última vez. Durante unos segundos no dijo nada. Solo lo observó. Aquel gigante que por la mañana era un problema administrativo, una tarea que nadie más quería aceptar, una criatura enorme que todos miraban desde lejos con miedo o incomodidad. Ahora era otra cosa, era una voz atrapada detrás de una puerta demasiado vieja Y Kyoshiro, por alguna razón, había encontrado la cerradura.
—No va a ser rápido… —dijo en voz baja, más para sí mismo que para él. Luego buscó cómo decirlo de forma más útil, levantando un dedo mientras pensaba—. Pas… vite. (Pero… posible.)
Pausa.
Asintió una vez, convencido por su propia frase rota.
—Possible.
Luego dio un par de pasos hacia atrás, como si cerrar distancia con un gigante de veinticinco metros necesitara también una despedida proporcional. Las pequeñas alas blancas en su espalda se movieron apenas con el viento nocturno y sus antenas se balancearon suavemente mientras comenzaba a alejarse por la explanada.
Caminó unos metros, se detuvo y giró de nuevo.
—Ah… y no te comas mis papeles. Pausa. Recordó otra vez el detalle del idioma. Frunció el ceño.
—Ne… mange pas… mes papiers.
Se quedó quieto un segundo, evaluando la frase. —Creo.
Y sin añadir mucho más, Kyoshiro volvió a caminar hacia el cuartel, pequeño bajo la luz de la luna, con la mochila golpeándole la espalda y la cabeza todavía llena de sonidos, raíces y preguntas. Mañana seguirían. Mañana habría más palabras. Más dibujos. Más errores. Más silencios largos. Más intentos. Pero por primera vez desde que todo aquello empezó, la distancia entre ambos ya no parecía tan imposible.

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