17-05-2026, 09:16 PM
La situación estaba por precipitarse de una forma que los cálculos de Stroud jamás hubiesen previsto. En el instante en que se había lanzado a propinar aquel ataque con sus dos puños, que normalmente hubiera tenido efectos casi devastadores en cualquier luchador menos experimentado, el hombre rubio había reaccionado con una velocidad casi sobrenatural para el Marine, esquivándolo sin ningún problema. El Marine llevaba tiempo entrenando en mejorar la velocidad de sus propios ataques, en la capacidad de reducir al máximo su forma de telegrafiar, y, sin embargo, no había sido suficiente. Aquel golpe, si bien probablemente no hubiese sido ni cercano a letal para alguien como el líder de Blitzkrieg, podría haber supuesto una contundente primera victoria moral que habría allanado el camino para el resto de la operación. Solo el abrumador número de sus soldados lograría hacerle un rasguño, por una mera cuestión de superioridad numérica, ángulo e imposibilidad física de esquivar una marea humana al completo. Pero eso no sería suficiente, y Stroud lo supo en cuanto vio su forma de reaccionar.
Sin embargo, el hombre parecía repentinamente perturbado por algo. Tal vez fuese un gesto, la forma en que cerró uno de sus ojos, o algo en su mirada, pero los ojos entornados de Stroud fueron capaces de captar que algo había ocurrido: aquella mirada confiada y de absoluto control sobre su alrededor, que a Stroud se le hacía familiar, casi como la suya propia, se había esfumado para dar pie a algo distinto. Y aquello solo precedió a un rugido, a un grito que Stroud, como todos los demás presentes, sintió en su interior casi como una manifestación tan auditiva como física del dominio. La presencia del hombre rubio estremeció al habitualmente infatigable Marine como pocas cosas lo habían hecho antes en su aún corta vida, haciéndole sentir una suerte de compresión que se extendió por su cuerpo de la misma manera que lo hizo por su mente. Un sudor frío le recorrió el cuerpo, dos gotas cayendo por su sien, como si todo su sistema le dijese que se encontraba en peligro. ¿Qué era aquello? ¿Era algún tipo de poder?
No pareció ser el único en sentir aquella suerte de oleada de control que el hombre rubio irradiaba; todos los presentes se estremecieron a ojos vista, incluyendo a sus propios hombres, que, para estupefacción del Marine, procedieron a hacer exactamente lo que el líder les ordenó. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. ¿Era Stroud el único en resistirse a aquella influencia? No tenía ningún sentido. ¿Lo había excluido a él a propósito? ¿Quería un duelo a solas? ¿Y por qué les ordenaba algo así? ¿No iba precisamente contra sus planes? Las preguntas comenzaban a agolparse a gran velocidad en la cabeza del joven Marine, que debió realizar un esfuerzo activo por mantenerse agudo y no perder la atención sobre su entorno, viendo cómo sus soldados, en efecto, hacían exactamente lo que se les había ordenado, ignorando por completo el protocolo que él mismo había establecido al planear la toma minutos atrás. Aquello suponía un inconveniente considerable para su propio plan: había confiado en ser él mismo la cabeza de aquel ariete que ayudase a romper la barrera que era la ventaja numérica de los defensores. Sin su liderazgo, se temía que todo aquel plan se fuese a pique en cuestión de unos minutos. Cien almas condenadas a morir en aquel fuerte, masacradas por aquella banda de maleantes. Solo le quedaba confiar en su entereza y en que se ciñeran a su estrategia, en la medida de lo posible, y en que el pelotón norte interviniese inmediatamente para ayudar a decantar la balanza.
Pero debía mantener su atención intacta, lejos por aquel momento de la planificación táctica, y volver al campo de batalla real que se plantaba frente a él. Sobre la piel de sus manos, extendiéndose desde debajo del propio abrigo que lo cubría, y manifestándose incluso parcialmente en sus dedos, su piel había adquirido una textura extraña, cubierta de pequeñas espirales que se deshacían para volver a formarse al instante. Sus ojos grises continuaron clavados en el hombre rubio, mientras todo aquello era procesado en el fondo de su mente. Habían quedado repentinamente a solas, en la nieve, lejos del pandemonio que se desarrollaba dentro de aquella fortaleza de madera. El hombre rubio había perdido la confianza que lo caracterizaba, o al menos eso parecía, pero el combate parecía adquirir un tinte mucho más personal. Pareció desvanecerse de la vista, únicamente para volver a materializarse junto a él, espada en ristre. "Es rápido. Es muy rápido," pensó Stroud para sí, mientras vio resplandecer el filo de la hoja, reflejando la refulgente luz de la nieve en su trayectoria, "pero su espada no lo es. ¿Por qué?" Su mente lo procesaba todo a toda velocidad, en una constante descarga de adrenalina que pocas veces en su vida había sentido. En aquellos instantes, Stroud fue más consciente que nunca de que su vida estaba en riesgo. Una jugada errónea, un movimiento mal calculado, y estaría perdido. Mientras la espada avanzaba hacia él, su mano izquierda comenzó a retraerse hacia atrás de forma casi automática, cargando inercia, mientras comenzaba a recubrirse de viscoso mochi, como un muelle que se comprimía dentro de su propio brazo, únicamente para salir disparada, estirándose como una goma hacia la mano izquierda del líder de Blitzkrieg. "¡Strength Beyond... Strength!," gritó, a la vez que su puño golpeaba con potencia la misma mano con que el hombre sujetaba su espada, obligándole a soltarla con el impacto.
Normalmente, la espada hubiese caído sobre la nieve bajo sus pies, pero fue lo suficientemente rápido como para atraparla con su mano derecha, cazándola al vuelo y aferrándose a su empuñadura con su férreo agarre. Instantes después, el hombre se alejaba unos pasos de él, tal vez aún sin ser consciente de haber perdido su arma, su respiración escuchándose pesada, cargada, ronca. El —escaso, pero no inexistente— instinto médico de Stroud empezaba a figurarse qué pasaba allí: aquel hombre estaba enfermo. Debía de ser una vieja gloria del submundo, y en sus años mozos debía de haber sido un auténtico monstruo. Sin embargo, su cuerpo parecía dar señales de cansancio considerables. No sabía exactamente de qué padecía, claro, pero empezó a volverse evidente. La velocidad a la que se movía, su capacidad de reacción y, en general, sus habilidades de combate uno a uno no parecían casar en absoluto con la lentitud de la que había hecho gala, y que había dado lugar a la abertura que Stroud no había dudado ni un instante en aprovechar. "¡Seguid el plan, muchachos! ¡Luchad, luchad!," exclamó Stroud sin dejar de mirar a su adversario con un bramido, cuyo volumen, aun con lo monótono de su voz, sería más que suficiente para que lo escuchasen sus soldados al otro lado de la empalizada. El líder de Blitzkrieg era solo uno más. Uno más del sinnúmero de pequeños señores de los bajos fondos, entronados por la corrupción y la desesperación humanas sobre un lugar más alto que el que les hubiese correspondido en cualquier otro estrato de la sociedad. Su indiscutible y abrumador poderío físico no negaba lo inherente a su naturaleza: simple escoria. No merecía más adornos. Al pensar en aquel hombre en sus años mozos, un recuerdo corrió por su cabeza, un recuerdo que llevaba años enterrado, como si hubiera estado esperándolo en un baúl que Stroud había hecho por ignorar. Se le vinieron a la cabeza aquel fatídico día en su isla hacía nueve años, aquel incendio, aquellos barriles de pólvora, aquellos piratas, aquel Marine corrupto, aquel contrabandista...
Cortó el pensamiento en seco, consciente de que podría nublarle el juicio. "Stroud Redgrave, Comandante de la Marina," reiteró ante la pregunta del hombre con una mueca de asco, "de Spider Miles. ¿Y quién eres tú? ¿Qué tienes que ver con Owen Yang?," inquirió, mientras las espirales que parecían extenderse por su piel se desvanecían, y la misma volvía a la normalidad, si bien aquello era algo que casi nadie habría podido notar a simple vista, únicamente perceptible en las falanges de sus dedos que quedaban al descubierto por sus guantes tachonados. No solía conceder a escoria como aquella la cortesía de una conversación normal, pero sentía que la ocasión merecía una excepción a su norma, y, con un poco de suerte, tal vez podría averiguar algo más sobre aquella operación. A su alrededor, la brisa gélida soplaba, inflando el pesado abrigo blanco que lo protegía del frío.
Sin embargo, el hombre parecía repentinamente perturbado por algo. Tal vez fuese un gesto, la forma en que cerró uno de sus ojos, o algo en su mirada, pero los ojos entornados de Stroud fueron capaces de captar que algo había ocurrido: aquella mirada confiada y de absoluto control sobre su alrededor, que a Stroud se le hacía familiar, casi como la suya propia, se había esfumado para dar pie a algo distinto. Y aquello solo precedió a un rugido, a un grito que Stroud, como todos los demás presentes, sintió en su interior casi como una manifestación tan auditiva como física del dominio. La presencia del hombre rubio estremeció al habitualmente infatigable Marine como pocas cosas lo habían hecho antes en su aún corta vida, haciéndole sentir una suerte de compresión que se extendió por su cuerpo de la misma manera que lo hizo por su mente. Un sudor frío le recorrió el cuerpo, dos gotas cayendo por su sien, como si todo su sistema le dijese que se encontraba en peligro. ¿Qué era aquello? ¿Era algún tipo de poder?
No pareció ser el único en sentir aquella suerte de oleada de control que el hombre rubio irradiaba; todos los presentes se estremecieron a ojos vista, incluyendo a sus propios hombres, que, para estupefacción del Marine, procedieron a hacer exactamente lo que el líder les ordenó. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. ¿Era Stroud el único en resistirse a aquella influencia? No tenía ningún sentido. ¿Lo había excluido a él a propósito? ¿Quería un duelo a solas? ¿Y por qué les ordenaba algo así? ¿No iba precisamente contra sus planes? Las preguntas comenzaban a agolparse a gran velocidad en la cabeza del joven Marine, que debió realizar un esfuerzo activo por mantenerse agudo y no perder la atención sobre su entorno, viendo cómo sus soldados, en efecto, hacían exactamente lo que se les había ordenado, ignorando por completo el protocolo que él mismo había establecido al planear la toma minutos atrás. Aquello suponía un inconveniente considerable para su propio plan: había confiado en ser él mismo la cabeza de aquel ariete que ayudase a romper la barrera que era la ventaja numérica de los defensores. Sin su liderazgo, se temía que todo aquel plan se fuese a pique en cuestión de unos minutos. Cien almas condenadas a morir en aquel fuerte, masacradas por aquella banda de maleantes. Solo le quedaba confiar en su entereza y en que se ciñeran a su estrategia, en la medida de lo posible, y en que el pelotón norte interviniese inmediatamente para ayudar a decantar la balanza.
Pero debía mantener su atención intacta, lejos por aquel momento de la planificación táctica, y volver al campo de batalla real que se plantaba frente a él. Sobre la piel de sus manos, extendiéndose desde debajo del propio abrigo que lo cubría, y manifestándose incluso parcialmente en sus dedos, su piel había adquirido una textura extraña, cubierta de pequeñas espirales que se deshacían para volver a formarse al instante. Sus ojos grises continuaron clavados en el hombre rubio, mientras todo aquello era procesado en el fondo de su mente. Habían quedado repentinamente a solas, en la nieve, lejos del pandemonio que se desarrollaba dentro de aquella fortaleza de madera. El hombre rubio había perdido la confianza que lo caracterizaba, o al menos eso parecía, pero el combate parecía adquirir un tinte mucho más personal. Pareció desvanecerse de la vista, únicamente para volver a materializarse junto a él, espada en ristre. "Es rápido. Es muy rápido," pensó Stroud para sí, mientras vio resplandecer el filo de la hoja, reflejando la refulgente luz de la nieve en su trayectoria, "pero su espada no lo es. ¿Por qué?" Su mente lo procesaba todo a toda velocidad, en una constante descarga de adrenalina que pocas veces en su vida había sentido. En aquellos instantes, Stroud fue más consciente que nunca de que su vida estaba en riesgo. Una jugada errónea, un movimiento mal calculado, y estaría perdido. Mientras la espada avanzaba hacia él, su mano izquierda comenzó a retraerse hacia atrás de forma casi automática, cargando inercia, mientras comenzaba a recubrirse de viscoso mochi, como un muelle que se comprimía dentro de su propio brazo, únicamente para salir disparada, estirándose como una goma hacia la mano izquierda del líder de Blitzkrieg. "¡Strength Beyond... Strength!," gritó, a la vez que su puño golpeaba con potencia la misma mano con que el hombre sujetaba su espada, obligándole a soltarla con el impacto.
Normalmente, la espada hubiese caído sobre la nieve bajo sus pies, pero fue lo suficientemente rápido como para atraparla con su mano derecha, cazándola al vuelo y aferrándose a su empuñadura con su férreo agarre. Instantes después, el hombre se alejaba unos pasos de él, tal vez aún sin ser consciente de haber perdido su arma, su respiración escuchándose pesada, cargada, ronca. El —escaso, pero no inexistente— instinto médico de Stroud empezaba a figurarse qué pasaba allí: aquel hombre estaba enfermo. Debía de ser una vieja gloria del submundo, y en sus años mozos debía de haber sido un auténtico monstruo. Sin embargo, su cuerpo parecía dar señales de cansancio considerables. No sabía exactamente de qué padecía, claro, pero empezó a volverse evidente. La velocidad a la que se movía, su capacidad de reacción y, en general, sus habilidades de combate uno a uno no parecían casar en absoluto con la lentitud de la que había hecho gala, y que había dado lugar a la abertura que Stroud no había dudado ni un instante en aprovechar. "¡Seguid el plan, muchachos! ¡Luchad, luchad!," exclamó Stroud sin dejar de mirar a su adversario con un bramido, cuyo volumen, aun con lo monótono de su voz, sería más que suficiente para que lo escuchasen sus soldados al otro lado de la empalizada. El líder de Blitzkrieg era solo uno más. Uno más del sinnúmero de pequeños señores de los bajos fondos, entronados por la corrupción y la desesperación humanas sobre un lugar más alto que el que les hubiese correspondido en cualquier otro estrato de la sociedad. Su indiscutible y abrumador poderío físico no negaba lo inherente a su naturaleza: simple escoria. No merecía más adornos. Al pensar en aquel hombre en sus años mozos, un recuerdo corrió por su cabeza, un recuerdo que llevaba años enterrado, como si hubiera estado esperándolo en un baúl que Stroud había hecho por ignorar. Se le vinieron a la cabeza aquel fatídico día en su isla hacía nueve años, aquel incendio, aquellos barriles de pólvora, aquellos piratas, aquel Marine corrupto, aquel contrabandista...
Cortó el pensamiento en seco, consciente de que podría nublarle el juicio. "Stroud Redgrave, Comandante de la Marina," reiteró ante la pregunta del hombre con una mueca de asco, "de Spider Miles. ¿Y quién eres tú? ¿Qué tienes que ver con Owen Yang?," inquirió, mientras las espirales que parecían extenderse por su piel se desvanecían, y la misma volvía a la normalidad, si bien aquello era algo que casi nadie habría podido notar a simple vista, únicamente perceptible en las falanges de sus dedos que quedaban al descubierto por sus guantes tachonados. No solía conceder a escoria como aquella la cortesía de una conversación normal, pero sentía que la ocasión merecía una excepción a su norma, y, con un poco de suerte, tal vez podría averiguar algo más sobre aquella operación. A su alrededor, la brisa gélida soplaba, inflando el pesado abrigo blanco que lo protegía del frío.
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