17-05-2026, 11:53 PM
(Última modificación: 17-05-2026, 11:53 PM por Massimo Dooti.)
Hasta aquí.
Era el final.
Dolly no respondió. El gesto de Massimo, duro e inmutable, se suavizó en horror. Si ella no disparaba, no podrían ganar. Ni siquiera la botella de alcohol había impactado en el objetivo. El final se cerraba sobre él como una tenaza. Todo lo que Dooti pudo hacer fue alzar la guardia y esperar, ya fuera para devolver el golpe o para huir de allí.
Fue entonces cuando ocurrió el disparo. El rugido de dolor. El azar, caprichoso, decidió cambiar de bando.
Dooti alzó la vista hacia su oponente. King Bulk cayó de espaldas. El suelo retumbó bajo su peso. Dooti, aún de rodillas, observó incrédulo el desenlace.
Un tercero. Uno de los piratas. Por algún motivo que Dooti no alcanzaba a comprender, había disparado a su propio capitán por la espalda. Aquel héroe silencioso al que Dooti había apaleado momentos antes cayó inconsciente de nuevo, aún con el arma humeante en la mano.
Con dificultad, Dooti se puso en pie. El cuerpo le pesaba. Las heridas le dolían. Pero se puso en pie. Se acercó con calma a King Bulk. El gigante yacía en el suelo, patético, rogando por su vida con una voz que ya no imponía.
La ceja de Dooti se arqueó. Una mueca de desprecio, apenas perceptible. Antes de que Bulk pudiera decir nada más, Dooti hizo gala de su fuerte agarre. Los dedos de su mano izquierda se cerraron sobre el rostro de su enemigo. Apretó. El hueso crujió. La carne se deformó bajo la presión. Bulk calló.
Su brazo se tensó. Los músculos, aún doloridos por el combate, respondieron. Dooti comenzó a alzar a King Bulk. Poco a poco. Centímetro a centímetro. Trescientos kilos de músculo, grasa y mala leche se elevaron en el aire como si no pesaran nada. Hasta que el rostro del pirata quedó frente al suyo.
El gesto de Dooti era serio. Duro. Imperturbable. En sus ojos brillaba un destello de voluntad. La voluntad de alguien que había soportado un infierno durante años. Un infierno provocado por gente como su enemigo. La determinación de hacer lo que tenía que hacer. Nada más. Nada menos.
-Mistah Bulk. No puedo decir que haya sido un placer.
Dijo la frase sin pestañear. Se negaba a apartar la mirada. Su cuerpo respondía acorde, cada músculo en tensión, cada fibra preparada para lo que venía.
-Pero, como regalo de despedida, le daré…
Alzó su brazo hasta la altura de su cabeza. Los nudillos, ensangrentados, apuntaban directamente al rostro de su enemigo.
La velocidad fue brutal. Un gancho directo a la mandíbula. Sonó como un cañonazo a bocajarro. King Bulk se elevó unos centímetros en el aire mientras Dooti deshacía el agarre en su rostro. El tiempo pareció detenerse cuando alcanzó el punto más alto.
Dooti giró la cadera. Lento. Medido. La diestra, preparada. La zurda, en reposo. Tomó una bocanada de aire. Larga y Profunda. Y entonces…
-¡¡¡RAAAAAAAAAAAAAAAAAAGH!!!
Giró la cadera de golpe. El brazo alzado descendió como un hacha. El antebrazo impactó en el rostro de Bulk. La carne se deformó como si fuera una toalla mojada bajo el peso de un martillo.
Sintió resistencia. La masa de Bulk se negaba a ceder. Trescientos kilos que no querían volar. Dooti apretó los dientes. Un destello en sus ojos. Un gruñido de esfuerzo. Avanzó un paso. La madera astillada crujió bajo su bota.
El último esfuerzo. Toda la fuerza de su cuerpo concentrada en ese movimiento. Lanzó a Bulk contra la pared de madera. La tabla, ya maltrecha, estalló en pedazos. Bulk atravesó el muro. La mitad de su cuerpo quedó en la calle. La otra mitad, dentro del bar. Trescientos kilos de pirata derrotado, partidos en dos por el impacto. El polvo de la madera destrozada se elevó en una nube densa y comenzó a asentarse lentamente.
Dooti se reincorporó. Ajustó su fedora. Un gesto automático. Ya no temblaba. Ya no dudaba.
Se giró hacia Dolly. La cría seguía en el suelo, inconsciente, medio enterrada entre los escombros. Dooti se agachó. La agarró por el vestido con una mano, con la delicadeza de quien levanta un gato dormido. La dejó sentada en una silla del bar. La única silla que había quedado en pie después de la batalla. La había levantado él mismo antes de que empezara todo, sin saber por qué. Ahora lo sabía.
Dolly quedó allí, con la cabeza inclinada hacia un lado, la respiración apenas visible. Dooti la miró un momento. Luego se giró hacia el escenario.
Caminó hasta el saxofón de Bulk. El metal dorado brillaba bajo la luz mortecina del bar. Lo cogió. Lo ojeó por cada ángulo. La campana, impecable. Las llaves, perfectamente engrasadas. La boquilla, limpia. Una mueca de aprobación se dibujó en sus labios.
Se lo puso bajo el brazo. Con la mano libre, golpeó suavemente su fedora en dirección al cuerpo inerte de Bulk. Un gesto sarcástico. Una burla silenciosa. Un agradecimiento que no era tal.
Recogió su gabardina del suelo. La tela estaba manchada de polvo y sangre. La arrojó sobre su hombro con un gesto cansado. Suspiró. Un suspiro largo, pesado, como el que suelta la gente que ha sobrevivido a algo que no debería haber sobrevivido.
El siguiente paso era claro.
La habitación llena de riquezas.
Era el final.
Dolly no respondió. El gesto de Massimo, duro e inmutable, se suavizó en horror. Si ella no disparaba, no podrían ganar. Ni siquiera la botella de alcohol había impactado en el objetivo. El final se cerraba sobre él como una tenaza. Todo lo que Dooti pudo hacer fue alzar la guardia y esperar, ya fuera para devolver el golpe o para huir de allí.
Fue entonces cuando ocurrió el disparo. El rugido de dolor. El azar, caprichoso, decidió cambiar de bando.
Dooti alzó la vista hacia su oponente. King Bulk cayó de espaldas. El suelo retumbó bajo su peso. Dooti, aún de rodillas, observó incrédulo el desenlace.
Un tercero. Uno de los piratas. Por algún motivo que Dooti no alcanzaba a comprender, había disparado a su propio capitán por la espalda. Aquel héroe silencioso al que Dooti había apaleado momentos antes cayó inconsciente de nuevo, aún con el arma humeante en la mano.
Con dificultad, Dooti se puso en pie. El cuerpo le pesaba. Las heridas le dolían. Pero se puso en pie. Se acercó con calma a King Bulk. El gigante yacía en el suelo, patético, rogando por su vida con una voz que ya no imponía.
La ceja de Dooti se arqueó. Una mueca de desprecio, apenas perceptible. Antes de que Bulk pudiera decir nada más, Dooti hizo gala de su fuerte agarre. Los dedos de su mano izquierda se cerraron sobre el rostro de su enemigo. Apretó. El hueso crujió. La carne se deformó bajo la presión. Bulk calló.
Su brazo se tensó. Los músculos, aún doloridos por el combate, respondieron. Dooti comenzó a alzar a King Bulk. Poco a poco. Centímetro a centímetro. Trescientos kilos de músculo, grasa y mala leche se elevaron en el aire como si no pesaran nada. Hasta que el rostro del pirata quedó frente al suyo.
El gesto de Dooti era serio. Duro. Imperturbable. En sus ojos brillaba un destello de voluntad. La voluntad de alguien que había soportado un infierno durante años. Un infierno provocado por gente como su enemigo. La determinación de hacer lo que tenía que hacer. Nada más. Nada menos.
-Mistah Bulk. No puedo decir que haya sido un placer.
Dijo la frase sin pestañear. Se negaba a apartar la mirada. Su cuerpo respondía acorde, cada músculo en tensión, cada fibra preparada para lo que venía.
-Pero, como regalo de despedida, le daré…
Alzó su brazo hasta la altura de su cabeza. Los nudillos, ensangrentados, apuntaban directamente al rostro de su enemigo.
-El mejor solo de su vida.
La velocidad fue brutal. Un gancho directo a la mandíbula. Sonó como un cañonazo a bocajarro. King Bulk se elevó unos centímetros en el aire mientras Dooti deshacía el agarre en su rostro. El tiempo pareció detenerse cuando alcanzó el punto más alto.
Dooti giró la cadera. Lento. Medido. La diestra, preparada. La zurda, en reposo. Tomó una bocanada de aire. Larga y Profunda. Y entonces…
-¡¡¡RAAAAAAAAAAAAAAAAAAGH!!!
Giró la cadera de golpe. El brazo alzado descendió como un hacha. El antebrazo impactó en el rostro de Bulk. La carne se deformó como si fuera una toalla mojada bajo el peso de un martillo.
-¡¡SWINGEST!!
Sintió resistencia. La masa de Bulk se negaba a ceder. Trescientos kilos que no querían volar. Dooti apretó los dientes. Un destello en sus ojos. Un gruñido de esfuerzo. Avanzó un paso. La madera astillada crujió bajo su bota.
¡¡¡LARIAT!!!
El último esfuerzo. Toda la fuerza de su cuerpo concentrada en ese movimiento. Lanzó a Bulk contra la pared de madera. La tabla, ya maltrecha, estalló en pedazos. Bulk atravesó el muro. La mitad de su cuerpo quedó en la calle. La otra mitad, dentro del bar. Trescientos kilos de pirata derrotado, partidos en dos por el impacto. El polvo de la madera destrozada se elevó en una nube densa y comenzó a asentarse lentamente.
Dooti se reincorporó. Ajustó su fedora. Un gesto automático. Ya no temblaba. Ya no dudaba.
Se giró hacia Dolly. La cría seguía en el suelo, inconsciente, medio enterrada entre los escombros. Dooti se agachó. La agarró por el vestido con una mano, con la delicadeza de quien levanta un gato dormido. La dejó sentada en una silla del bar. La única silla que había quedado en pie después de la batalla. La había levantado él mismo antes de que empezara todo, sin saber por qué. Ahora lo sabía.
Dolly quedó allí, con la cabeza inclinada hacia un lado, la respiración apenas visible. Dooti la miró un momento. Luego se giró hacia el escenario.
Caminó hasta el saxofón de Bulk. El metal dorado brillaba bajo la luz mortecina del bar. Lo cogió. Lo ojeó por cada ángulo. La campana, impecable. Las llaves, perfectamente engrasadas. La boquilla, limpia. Una mueca de aprobación se dibujó en sus labios.
Se lo puso bajo el brazo. Con la mano libre, golpeó suavemente su fedora en dirección al cuerpo inerte de Bulk. Un gesto sarcástico. Una burla silenciosa. Un agradecimiento que no era tal.
Recogió su gabardina del suelo. La tela estaba manchada de polvo y sangre. La arrojó sobre su hombro con un gesto cansado. Suspiró. Un suspiro largo, pesado, como el que suelta la gente que ha sobrevivido a algo que no debería haber sobrevivido.
El siguiente paso era claro.
La habitación llena de riquezas.
Movidas
