18-05-2026, 01:26 AM
(Última modificación: 18-05-2026, 01:28 AM por Massimo Dooti.)
La puerta se abrió con un gemido. La madera, ya de por sí vieja, pareció quejarse al ceder ante el peso de su mano. Massimo entró.
El dinero estaba allí. Montones de billetes apilados sin orden, monedas desparramadas sobre una mesa coja, bolsas de tela medio abiertas dejando ver el brillo del metal. Los berries que les habían robado esa mañana. Y más. Mucho más. El botín de años de saqueos, de fiestas pagadas con el sudor de otros, de vidas exprimidas hasta dejar solo los huesos.
Massimo no sonrió. No puso ninguna expresión especial. Solo se quedó quieto en el umbral, con la mirada recorriendo el cuarto.
-Jackpot…
No era solo dinero. Había otras cosas. Fotos familiares apiladas en un rincón, como si fueran basura. Relojes baratos que no valían más que el recuerdo de sus dueños. Cartas dobladas, con letras temblorosas, escritas por manos que quizá ya no estaban entre los vivos. Todo amontonado. Todo despreciado. Todo lo que aquellos pobres diablos habían perdido mientras King Bulk se llenaba los bolsillos.
Massimo se desprendió de la gabardina que llevaba sobre el hombro. La extendió en el suelo como una manta raída. Las mangas quedaron a los lados, el cuello hacia él. Un saco improvisado. Tocho. Pero útil.
Comenzó a llenarla.
Primero, el dinero. Los billetes, cogidos a puñados, sin contar. Las monedas, a puñados también. Todo al centro de la gabardina. Las bolsas de tela, enteras, sin vaciar. Todo al centro. Los bultos se acumulaban, formando un montículo que crecía segundo a segundo.
Luego, las otras cosas. Las fotos familiares. Las cartas. Los relojes sin valor más que el emocional. Massimo no las miró. No leyó ninguna. Solo las cogió y las metió en la gabardina. No era su sitio decidir qué merecía quedarse y qué merecía ser abandonado. Eso lo harían los dueños. Si es que algún día aparecían.
Cuando la gabardina no pudo contener más, Massimo ató las mangas sobre el montículo. Un nudo apretado, simple, que sujetaba todo aquel botín de sueños rotos. La gabardina se había convertido en un saco abultado, pesado, lleno de historias ajenas.
Se la echó al hombro. La tela, ya de por sí desgastada, crujió bajo el peso. Massimo aguantó la carga. No se quejó.
Miró hacia atrás, hacia la puerta. A través del marco, podía ver el bar destrozado, los cuerpos inconscientes de los piratas, Dolly reposando en la única silla que había quedado en pie.
La voz llegó desde algún lugar. Lejana. Débil. Massimo no se giró. Escuchó los pasos tambaleantes, la respiración entrecortada, el ruido de alguien que se arrastraba hacia la salida.
King Bulk huía.
Massimo no fue tras él. No hizo falta. El tipo estaba acabado. Su imperio de cartón se había venido abajo con él dentro. No había nada más que hacer allí.
Massimo salió de la habitación. El saxofón de Bulk seguía bajo su brazo, dorado y brillante bajo la luz mortecina del bar. La gabardina-saco le pesaba en el hombro. El botín robado le devolvía el peso de las horas.
-Corre sanguijuela… La próxima vez… No será un solo.
Llegó hasta donde estaba Dolly. La cría seguía inconsciente en la silla, con la cabeza inclinada hacia un lado, la respiración apenas visible. Se quedó mirándola un momento. Luego suspiró.
Agarró el borde de la silla y la empujó. Las patas de madera chirriaron contra el suelo. Massimo caminó hacia la puerta de salida, arrastrando a Dolly con él. La silla se movía con dificultad, enganchándose en los escombros, pero él no paró. No miró atrás.
El bar quedó a sus espaldas, destrozado, vacío, lleno de cuerpos inconscientes y sueños olvidados.
Fuera, la noche seguía su curso. La luna, alta. El aire, frío.
Massimo dejó la silla en la acera, junto a la puerta. Dolly seguía dormida. La miró un momento. Luego se ajustó el fedora con la mano libre y se perdió en la oscuridad de la calle.
El saxofón dorado brillaba bajo la luna. La gabardina, convertida en saco, le golpeaba la cadera con cada paso. El peso del botín le recordaba que había ganado. Que había sobrevivido.
Y en algún lugar, King Bulk huía. Roto. Derrotado. Solo.
Massimo no pensó en él. No pensó en nada. Solo caminó. Hacia ningún sitio. Hacia todos. Con su carga a cuestas. Con su música nueva bajo el brazo. Con la noche por delante.
-... Bueno… Ha sido bonito, pero las despedidas siempre llegan.
El dinero estaba allí. Montones de billetes apilados sin orden, monedas desparramadas sobre una mesa coja, bolsas de tela medio abiertas dejando ver el brillo del metal. Los berries que les habían robado esa mañana. Y más. Mucho más. El botín de años de saqueos, de fiestas pagadas con el sudor de otros, de vidas exprimidas hasta dejar solo los huesos.
Massimo no sonrió. No puso ninguna expresión especial. Solo se quedó quieto en el umbral, con la mirada recorriendo el cuarto.
-Jackpot…
No era solo dinero. Había otras cosas. Fotos familiares apiladas en un rincón, como si fueran basura. Relojes baratos que no valían más que el recuerdo de sus dueños. Cartas dobladas, con letras temblorosas, escritas por manos que quizá ya no estaban entre los vivos. Todo amontonado. Todo despreciado. Todo lo que aquellos pobres diablos habían perdido mientras King Bulk se llenaba los bolsillos.
Massimo se desprendió de la gabardina que llevaba sobre el hombro. La extendió en el suelo como una manta raída. Las mangas quedaron a los lados, el cuello hacia él. Un saco improvisado. Tocho. Pero útil.
Comenzó a llenarla.
Primero, el dinero. Los billetes, cogidos a puñados, sin contar. Las monedas, a puñados también. Todo al centro de la gabardina. Las bolsas de tela, enteras, sin vaciar. Todo al centro. Los bultos se acumulaban, formando un montículo que crecía segundo a segundo.
Luego, las otras cosas. Las fotos familiares. Las cartas. Los relojes sin valor más que el emocional. Massimo no las miró. No leyó ninguna. Solo las cogió y las metió en la gabardina. No era su sitio decidir qué merecía quedarse y qué merecía ser abandonado. Eso lo harían los dueños. Si es que algún día aparecían.
Cuando la gabardina no pudo contener más, Massimo ató las mangas sobre el montículo. Un nudo apretado, simple, que sujetaba todo aquel botín de sueños rotos. La gabardina se había convertido en un saco abultado, pesado, lleno de historias ajenas.
Se la echó al hombro. La tela, ya de por sí desgastada, crujió bajo el peso. Massimo aguantó la carga. No se quejó.
Miró hacia atrás, hacia la puerta. A través del marco, podía ver el bar destrozado, los cuerpos inconscientes de los piratas, Dolly reposando en la única silla que había quedado en pie.
La voz llegó desde algún lugar. Lejana. Débil. Massimo no se giró. Escuchó los pasos tambaleantes, la respiración entrecortada, el ruido de alguien que se arrastraba hacia la salida.
King Bulk huía.
Massimo no fue tras él. No hizo falta. El tipo estaba acabado. Su imperio de cartón se había venido abajo con él dentro. No había nada más que hacer allí.
Massimo salió de la habitación. El saxofón de Bulk seguía bajo su brazo, dorado y brillante bajo la luz mortecina del bar. La gabardina-saco le pesaba en el hombro. El botín robado le devolvía el peso de las horas.
-Corre sanguijuela… La próxima vez… No será un solo.
Será la banda al completo.
Llegó hasta donde estaba Dolly. La cría seguía inconsciente en la silla, con la cabeza inclinada hacia un lado, la respiración apenas visible. Se quedó mirándola un momento. Luego suspiró.
Agarró el borde de la silla y la empujó. Las patas de madera chirriaron contra el suelo. Massimo caminó hacia la puerta de salida, arrastrando a Dolly con él. La silla se movía con dificultad, enganchándose en los escombros, pero él no paró. No miró atrás.
El bar quedó a sus espaldas, destrozado, vacío, lleno de cuerpos inconscientes y sueños olvidados.
Fuera, la noche seguía su curso. La luna, alta. El aire, frío.
Massimo dejó la silla en la acera, junto a la puerta. Dolly seguía dormida. La miró un momento. Luego se ajustó el fedora con la mano libre y se perdió en la oscuridad de la calle.
El saxofón dorado brillaba bajo la luna. La gabardina, convertida en saco, le golpeaba la cadera con cada paso. El peso del botín le recordaba que había ganado. Que había sobrevivido.
Y en algún lugar, King Bulk huía. Roto. Derrotado. Solo.
Massimo no pensó en él. No pensó en nada. Solo caminó. Hacia ningún sitio. Hacia todos. Con su carga a cuestas. Con su música nueva bajo el brazo. Con la noche por delante.
-... Bueno… Ha sido bonito, pero las despedidas siempre llegan.
So long…
![[Imagen: CwDlIPn.jpeg]](https://i.imgur.com/CwDlIPn.jpeg)
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Samba…
