19-05-2026, 07:28 AM
La guerra… la guerra nunca cambia. La guerra es cruel y embustera; no conoce de honor, treguas ni piedad, sólo de ganadores y perdedores. La guerra se vive todos los días. La ves en las calles, oculta tras oscuros callejones o campante en las plazas, perturbando a las masas, y asesinando la inocencia de aquellos demasiado verdes como para reconocer lo violento del mundo. Enji conocía esa violencia. La peor decadencia lo forjó y el más honesto cariño lo templó, endureciendo la hoja curva en la que se había convertido. Una hoja ponzoñosa, destinada a destruir, pero cuya punta esperaba todavía el día de ser apuntada contra el enemigo final. La razón de ser de su filo. Un rostro que todavía desconocía.
Hasta entonces, el rostro de Juan Sebastian sería un buen objeto de práctica. Un enemigo digno que lo obligaba a mantenerse tenso y alerta, consciente del peligro que representaban sus puños y su pinza.
Media sonrisa curvó sus labios. La provocación había surtido el efecto esperado: Juan emergió, convertido en su forma híbrida, del enorme caparazón de su espalda. Sacarlo de esa coraza era fundamental, la base de cualquier estrategia que se quisiera considerar digna de afrontar tamaña defensa. Obligarlo a abandonar el refugio perfecto era el primer paso.
El segundo, el tercero y el cuarto eran golpear, y golpear fuerte.
Juan se levantó. Una mole de más de media tonelada, por mucha fuerza que tuviera en las piernas, era lenta al erguirse. Más lenta de lo normal.
Ese factor lo decidió todo.
—¡Espina!
Enji invocó su veneno, que, ni lento ni perezoso, envolvió su puño izquierdo y se amalgamó en la forma de una esfera con pinchos. En un espacio reducido realizó una finta, moviéndose a la derecha para luego atacar por la izquierda dando un giro de trompo e impactando con el dorso de sus guantes sobre el abdomen del gyojin. La pinza lo alcanzó y, al mismo tiempo, su golpe conectó. Una explosión ocurrió en consecuencia. La fuerza de su impacto produjo una intensa ráfaga de aire y el veneno de su técnica se disparó en todas direcciones, como metralla. Sendos trazos morados se extendieron sobre el caparazón del bastión de la ochenta.
Enji apretó los dientes. El agarre era firme, absolutamente asfixiante. Sintió que en cualquier momento esa pinza podría cerrarse un poco más y fracturarle la columna. Pero la fuerza de su golpe logró hacer flaquear a Juan, perturbar un poco más su eje, forzando la separación de sus “dedos” el tiempo suficiente para que Enji escapase. Se agachó, liberado, al mismo tiempo que su brazo derecho impactaba en el estómago del crustáceo otro puñetazo. Después retrocedió dando un largo salto hacia atrás.
—¡Mierda! Fue un buen intento, Juancho… —reconoció, arrastrando los pies sobre la arena para detenerse. Empezaba a notar las huellas del cansancio, el sudor corriendo por su frente, la respiración agitada. Volvió a asumir una guardia alta, los puños al frente chorreando veneno hasta los codos y su sonrisa desafiante, siempre presente, aguardando el momento de volver a lanzarse a la carrera—. ¡Mucho mejor que la última vez! Hijo de tu crustácea madre, casi me partes el cuello hace un momento.
Hasta entonces, el rostro de Juan Sebastian sería un buen objeto de práctica. Un enemigo digno que lo obligaba a mantenerse tenso y alerta, consciente del peligro que representaban sus puños y su pinza.
Media sonrisa curvó sus labios. La provocación había surtido el efecto esperado: Juan emergió, convertido en su forma híbrida, del enorme caparazón de su espalda. Sacarlo de esa coraza era fundamental, la base de cualquier estrategia que se quisiera considerar digna de afrontar tamaña defensa. Obligarlo a abandonar el refugio perfecto era el primer paso.
El segundo, el tercero y el cuarto eran golpear, y golpear fuerte.
Juan se levantó. Una mole de más de media tonelada, por mucha fuerza que tuviera en las piernas, era lenta al erguirse. Más lenta de lo normal.
Ese factor lo decidió todo.
—¡Espina!
Enji invocó su veneno, que, ni lento ni perezoso, envolvió su puño izquierdo y se amalgamó en la forma de una esfera con pinchos. En un espacio reducido realizó una finta, moviéndose a la derecha para luego atacar por la izquierda dando un giro de trompo e impactando con el dorso de sus guantes sobre el abdomen del gyojin. La pinza lo alcanzó y, al mismo tiempo, su golpe conectó. Una explosión ocurrió en consecuencia. La fuerza de su impacto produjo una intensa ráfaga de aire y el veneno de su técnica se disparó en todas direcciones, como metralla. Sendos trazos morados se extendieron sobre el caparazón del bastión de la ochenta.
Enji apretó los dientes. El agarre era firme, absolutamente asfixiante. Sintió que en cualquier momento esa pinza podría cerrarse un poco más y fracturarle la columna. Pero la fuerza de su golpe logró hacer flaquear a Juan, perturbar un poco más su eje, forzando la separación de sus “dedos” el tiempo suficiente para que Enji escapase. Se agachó, liberado, al mismo tiempo que su brazo derecho impactaba en el estómago del crustáceo otro puñetazo. Después retrocedió dando un largo salto hacia atrás.
—¡Mierda! Fue un buen intento, Juancho… —reconoció, arrastrando los pies sobre la arena para detenerse. Empezaba a notar las huellas del cansancio, el sudor corriendo por su frente, la respiración agitada. Volvió a asumir una guardia alta, los puños al frente chorreando veneno hasta los codos y su sonrisa desafiante, siempre presente, aguardando el momento de volver a lanzarse a la carrera—. ¡Mucho mejor que la última vez! Hijo de tu crustácea madre, casi me partes el cuello hace un momento.
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