Un fantasma del pasado [Presente Relativo - T3] [Priv. Tezca]
#1
Isla Neur
Día 75 de Otoño, año 17
11:45 p.m.



La música de fondo tiene un ritmo bailable y; sin embargo, no deja de ser elegante.
 
El sonido del saxofón llena el ambiente, es imposible ignorarlo, aun cuando el sitio en el que ahora nos ubicamos, se llena con el murmullo de las múltiples voces que se interponen una sobre otra, creando un coro de perfecto caos que es apenas opacado por el talentoso músico que hace de ese ambiente con olor a alcohol, buena carne y tabaco, un sitio ameno para conversar.
 
Bueno, el trajeado artista es solo la cereza sobre el pastel dentro del sofisticado espectáculo en decoraciones de interiores que ofrece “El Esmeralda de la Emperatriz, un barco anclado a la orilla del muelle más lujoso de la isla Neur, un barco muy distinto a los demás.
 
¿Qué tiene de especial?
 
No zarpa, su capitán dejó los mares hace años y, ahora, aprovechando los lujos que obtuvo en su juventud, sigue acumulando riquezas al haber convertido su envidiable y lujosa embarcación en un bar/restaurante flotante ¡Ah! Pero no cualquiera, no.
 
Un hombre como el capitán del Esmeralda de la Emperatriz no aceptaría a cualquier vulgar ciudadano dentro de su exclusivo negocio, eso jamás…Solo quienes tuvieran el suficiente dinero para pagar la entrada y consumo de cualquier comida, bebida, sustancia o, incluso, otro tipo de servicio, dentro de su local, sería aceptado.
 
Eso sí, no era un puritano ni un hipócrita. Dinero era dinero, no importa de donde viniera, por ello tenía una política de admisión bastante…permisiva.
 
Sus precios eran caros, sí, pero ya fueras un ciudadano común y corriente buscando despilfarrar su dinero, un marine que quisiera darse un descanso, un agente del CP que quisiera cambiar de ambiente, un revolucionario buscando los lujos que solían negar o un buscado y despreciable pirata, siempre que tuvieras suficientes berries, eras bienvenido…Eso sí, las reglas del bar eran bastante claras: Nadie podía matar a otro dentro del “Esmeralda de la Emperatriz” de hacerlo, los mismos hombres del “Capitán” se encargarían y, en la isla de Neur, era bien sabido que eso era una de las peores deshonras.
 
Pero…basta de explicaciones sobre el local en el que ahora estamos, pasemos mejor a su interior, porque, si desde fuera el barco es todo un espectáculo para la vista, el interior no se queda atrás.
 
Los barandales tienen el color del oro, cada madero está tan bien pulido que, con las luces blancas que iluminan la noche en el puerto, brillan como si se trataran de verdaderas esmeraldas y, el orgullo del barco: el bar, es un amplio salón tan bien decorado con detalles en oro, desde los pilares internos hasta los candelabros colgantes y las mesas en donde varios personajes de la alta sociedad se reúnen, tienen un brillo y personalidad tan propios que es un deleite para la vista.
¿El olor? Sí, huele a tabaco, alcohol, comida…pero, si se presta atención, hay un aroma amaderado que deja entrever que el sitio se limpia con el mejor de los desinfectantes.
 
No hay ninguna persona, sin importar la raza o facción, que parezca incómoda dentro de aquel lugar; sin embargo, para alguien que no esté acostumbrado a ese estilo de vida o que acostumbre a moverse entre los límites entre el derroche y la abstinencia, son claras las risas falsas, el decoro mal disimulado y esas ansias de los más jóvenes por buscar contactos con los mayores…o, al menos, eso es lo que comentan un grupo de ancianos, hombre y mujeres, todos reunidos en las sillas que conectan directa con la larga barra del bar.
 
Ahí, entre bebidas y algún bocadillo casual, son el grupo más notorio y uno de los más parlanchines ¿Por qué medirse? No tienen que impresionar a nadie, eso lo hicieron hace muchos años y, ahora, solo dejan que las personas intenten impresionarlos a ellos ¿Por qué? Simple, dinero, poder, influencias…cada uno de los allí reunidos tiene algo de control en su pequeño mundillo, así que, incluso, se dan el lujo de elegir a quienes ellos quieran patrocinar.
 
Una mujer, alta, con arrugas que se forman alrededor de sus ojos, pero maquillada de manera elegante y peinada de forma pulcra, que lleva un vestido largo y que le queda tan bien como si aun estuviera en sus 40 años, es una de las más notorias, habla en voz alta y, cada tanto, señala a algún posible “ahijado”, pero…cuando les pide acercarse, estos terminan decepcionándola…Patético.
 
Ella chasquea la lengua, la noche es joven, pero ella no lo es tanto, está a punto de rendirse en su búsqueda del perfecto chico que esta noche podría tener una oportunidad para surgir de entre la nada, siempre que le hiciera unos cuantos favores a ella, pero…justo antes de girarse para comunicarles a sus compañeros su retirada, la puerta del salón se abre y, por esta, entra un elegante rubio de actitud altiva que atrae su mirada enseguida.
 
¡No había duda! Lo reconocía del periódico, su memoria siempre fue buena para las caras… ¡Un pirata! Si los niños bonitos la habían decepcionado esa noche, un hombre del mar, un pillo, un delincuente, seguro que podría ser más entretenido, al menos por hoy.
 
La mujer llama a un camarero y, luego de unas cuantas palabras, hace que el hombre, siempre tan obediente, vaya hacia con el rubio y lo invite a la mesa. No es una pregunta ni una propuesta ni una sugerencia…es una orden que el hombre de cabellos de trigo no puede negar. No esta noche.
 
Poco tarda en acortar los 15 metros que separaban la entrada de la barra y, cuando por fin llega hacia donde el adinerado grupo de ancianos, el cantinero lo recibe con una bebida, algo parecido al whisky, humeaba y, además, tenía rodajas de naranjas en el vaso. Se veía como un trago caro y recién preparado.
 
—¡Ah, muchacho! Mira nada más ¡Juventud, divino tesoro! —La mujer sonrió y extendió su mano para que el recién llegado besara su dorso con la delicadeza que esperaba de un caballero ¿O era eso mucho pedir para un vil pirata? Quería comprobarlo por su cuenta. —Puede llamarme Madame de Rosier —. Apartó su mano en cuanto el saludo estuvo completo y se centró en el cigarro largo que llevaba entre sus dedos.
 
—Pocas veces los piratas reconocidos se atreven a pisar este bar…El dueño no tiene problemas con ustedes, pero eso significaría que cualquier agente del gobierno que esté en esta isla sabría que andan criminales cerca y caminando libremente por aquí —. La sonrisa felina de la mujer se extendió, sin juzgar al chico, mientras que, detrás de ella, los caballeros y otras damas que la acompañaban seguían en sus respectivas conversaciones, distraídos y acostumbrados a los modos de su amiga. —Y eso me hace preguntarme ¿Qué lo ha traído a un lugar tan público? Es imposible que no llame la atención y más cuando estas dotado de tanta gracia, muchachito —. La mujer dejó caer parte de la ceniza de su cigarro en un cenicero cercano mientras contemplaba a su entretenimiento de esta noche.
 
—Aunque, no debes preocuparte, supongo que te has informado y has de saber que aquí no se permiten las disputas y, claro, tampoco es que alguno de los perros del gobierno sin importancia que hay por aquí se atrevan a hacerte algo si te ven conmigo —. Rodeos…a la mujer le gustaban los rodeos, envolver a sus víctimas antes de actuar; sin embargo, algo la interrumpió antes de que pudiera seguir mareando al rubio.
 
El ruido de un vaso rompiéndose tras de sí y el tambaleo de uno de sus colegas quien, ahora, hablaba entre dientes y refunfuñando.
 
—¡Ah! ¡Pueden irse a la mierda! ¿Cómo se atreven a decirme que hacer? ¡Sí estoy de maravilla! ¡Mejor que ustedes, vejestorios! ¡Ja! —El viejo, de apariencia elegante, pero evidentemente borracho, se levantó de su asiento justo en el momento en que el vaso se quebró y varios en el bar voltearon a verlo…Las peleas estaban prohibidas, pero los altercados entre borrachos solían ocurrir de vez en cuando, nada que no pudiera controlarse. —No voy a irme a mi casa aun, no es como que esté…
 
Silencio.
 
Un silencio solo por parte del viejo borracho.
 
La música seguía sonando, los cuchicheos de la gente seguían en su apogeo y el tintinear de las copas no cesó ni un momento, pero…para el viejo, el mundo se detuvo por un instante.
 
Dijo que estaba bien, lo gritó…pero tal vez sí que estaba delirando.
 
—No puede ser —. El hombre, más bajo que la vieja mujer que “coqueteaba” con el pirata, se acercó a duras penas, sosteniéndose de la barra, hacia donde estaba el rubio, incluso hizo a un lado a la “Madame”, ganándose un reclamo por parte de ella…uno que ignoró por completo, pues su mundo se había reducido a la visión “fantasmagórica” que estaba frente a él. —¡Tú! ¿Cómo es que…estás aquí? ¡No! ¡No! ¡Merde! Creo que si estoy borracho…
 
Tomó entre sus manos el rostro del chico y apretujó las mejillas, como si quisiera comprobar que era real y no una visión o algo peor.
 
—¡No! Eres real…pero ¿Cómo? ¿Cómo es que la juventud no te ha abandonado? ¡Oh! Hace unos 30 años que no te veo y, mírate, parece como si el tiempo no hubiera corrido para ti, a mí, en cambio, me ha destruido… ¿Cómo es posible, Norova? —Dejó caer el nombre con una familiaridad que podía resultar irreal para el pirata que, por primera vez, se cruzaba con el hombre que tenía frente a él.
 
—¿Norova? ¡Ah, Saint-Clair! No sé qué trago hayas tomado, pero te ha dejado mal de la cabeza, este muchacho no es Norova ¿Cómo podría serlo? A no ser que haya descubierto la fuente de la juventud es imposible que se vea como cuando tenía 20 —. Madame de Rosier volvió a hablar, interponiendo sus manos entre el confundido viejo y el muchacho, solo para separarlos; sin embargo, solo con terminar de hablar un pequeño fragmento del periódico vino a su mente.
 
Ella siempre había sido buena para recordar rostros…pero no tanto para recordar nombres; sin embargo… ¿Norova? Solo había escuchado ese apellido en su juventud y ahora…
 
Chasqueó los dedos, un camarero estuvo frente a ella en cuestión de segundos. Le ordenó traer un periódico que el chico consiguió de inmediato y, ahí pudo verlo, entre los carteles de recompensa…mismo apellido…mismo color de cabello ¿Cómo no lo relacionó antes?
 
—¿Norova? —Puso el cartel sobre la mesa y el borracho se acercó para leerlo, aunque apenas conseguía juntar las letras. La mujer lo miró, pálida, con los ojos bien abiertos, pero más lúcida que el otro hombre. —Tu…ahora que lo noto...eres su viva imagen —. Dejó escapar una risa seca y luego miró a su compañero borracho. —¡Mira nada más lo que nos trae el destino! Parece que no estas alucinando, Monsieur Saint-Clair —. Entonces la mujer se sentó en la barra y, el borracho, siguió mirando al chico, confundido…asustado…seguía creyendo que debía ser una mala broma del destino.
 
—¿Por qué no nos acompañas, Norova? Creo que ahora mis intenciones contigo son otras…Incluso podrías hacerme recordar viejos tiempos —. Ella no era estúpida, tampoco estaba intoxicada, podía juntar dos más dos y entender con claridad, a diferencia de su compañero, de que frente a ella, estaba nada más y nada menos, que el posible hijo de un viejo amigo.



Relicario
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Un fantasma del pasado [Presente Relativo - T3] [Priv. Tezca] - por Hyákinthos - 19-05-2026, 08:14 AM

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