19-05-2026, 03:00 PM
Sus primeros pasos fueron lentos, demasiado lentos, tan lentos que, incluso un glaciar de tamaño mediano en plena época de desove, habría considerado que Bai se estaba tomando las cosas con exagerada calma. Pero, en realidad, más que calma en su andar, se observaba rigidez.
Y es que sus pies, o mejor dicho, su cuerpo entero, se movía con desconfianza, dejando entrever que, si pudiera, cualquier momento sería bueno para hundirse en el suelo y no ser nunca más encontrada.
Y, en cierta forma, así lo deseaba.
Pues su dominio de la danza resultaba, por alguna cruel ley de la biología, inversamente proporcional a su racionalidad. Sin embargo, esto no le venía de nuevo. Ya lo había descubierto tiempo atrás, en Samba, cuando comprendió que su verdadero problema era sufrir de un exceso crónico de pensamiento cuyo resultado hubiera sido el mismo que el de obligar a sus movimientos a atravesar un exhaustivo control de aduanas en el lóbulo frontal de su cerebro, donde un funcionario gris y miserable revisara el visado de cada impulso antes de permitirle existir.
Y todo por ser incapaz de escuchar el ritmo...
Todo por su absurda y vacua manía de descomponer el compás o tratar de comprender la lógica exacta de algo que, por definición, se había inventado precisamente para suspender el uso de esta.
Mientras tanto, a su alrededor la gente pasaba de un lado a otro.
Así, entre cervezas goteantes y empujones, Bai terminó dejándose guiar hacia la pista de baile donde, finalmente, Bai le dio un pequeño tirón del brazo a Heras en cuanto ambos quedaron atrapados en el epicentro del lugar.
Negó con la cabeza.
—Yo no bailo… —murmuró.
Y casi al instante, como si los dioses hubieran decidido burlarse de ella, una espalda ajena chocó contra la suya, arrancándole un torpe traspié que contradijo sus palabras mucho mejor de lo que ella jamás hubiera imaginado.
De esta forma, estando justo frente a él, tres cosas ocurrieron en perfecta sincronía: la música comenzó a sonar; Heras se posicionó; Bai, adoptando la postura de animal desconcertado, se quedó completamente inmóvil, preguntándose qué hacer.
—Yo no...
Heras empezó a zapatear, golpeando con los pies el suelo con una armónica violencia que ella no poseía.
—De verdad que...
Cada impacto parecía arrancarle una respuesta al mismísimo suelo de madera, levantando el sucio polvo de los zapatos y botas.
—Yo...
A su alrededor, la masa humana reaccionaba de similar manera. Las botas chocaban contra el piso en una sucesión frenética de golpes secos; las mujeres danzaban, permitiendo que sus vestidos volaran, mientras el caos empezaba a adquirir un sentido sospechosamente geométrico.
Bai miró alrededor, a la masa sin cortesano refinamiento ni pulcritud y, para sorpresa suya, se sintió ajena a todo ello. Sin embargo, la taberna parecía haber desarrollado una mente colmena que deseaba atraparla. Así que, lentamente, el humo espeso de los fogones comenzó a mezclarse con el olor agrio de la cerveza derramada y el vaho de decenas de cuerpos agitándose demasiado cerca, creando una atmósfera tan densa que era imposible no respirar.
—Esta... —Poco a poco, el ambiente empezó a erosionar su forma de pensar. —Está bien —sentenció suspirando.
Así pues, tras un largo e histórico instante de parálisis analítica, Bai acabó dando un paso hacia adelante. Luego otro. Y otro más. Se acercó torpemente a Heras, intentando imitar el zapateo con movimientos que aún recordaban vagamente a un niño aprendiendo a caminar. Sonrió. Aquellos movimientos ya no nacían de la razón, sino de esa maravillosa, cálida y primitiva embriaguez que el universo utiliza para recordarnos que, después de todo, solo somos monos con ropa con la necesidad de socializar.
Y es que sus pies, o mejor dicho, su cuerpo entero, se movía con desconfianza, dejando entrever que, si pudiera, cualquier momento sería bueno para hundirse en el suelo y no ser nunca más encontrada.
Y, en cierta forma, así lo deseaba.
Pues su dominio de la danza resultaba, por alguna cruel ley de la biología, inversamente proporcional a su racionalidad. Sin embargo, esto no le venía de nuevo. Ya lo había descubierto tiempo atrás, en Samba, cuando comprendió que su verdadero problema era sufrir de un exceso crónico de pensamiento cuyo resultado hubiera sido el mismo que el de obligar a sus movimientos a atravesar un exhaustivo control de aduanas en el lóbulo frontal de su cerebro, donde un funcionario gris y miserable revisara el visado de cada impulso antes de permitirle existir.
Y todo por ser incapaz de escuchar el ritmo...
Todo por su absurda y vacua manía de descomponer el compás o tratar de comprender la lógica exacta de algo que, por definición, se había inventado precisamente para suspender el uso de esta.
Mientras tanto, a su alrededor la gente pasaba de un lado a otro.
Así, entre cervezas goteantes y empujones, Bai terminó dejándose guiar hacia la pista de baile donde, finalmente, Bai le dio un pequeño tirón del brazo a Heras en cuanto ambos quedaron atrapados en el epicentro del lugar.
Negó con la cabeza.
—Yo no bailo… —murmuró.
Y casi al instante, como si los dioses hubieran decidido burlarse de ella, una espalda ajena chocó contra la suya, arrancándole un torpe traspié que contradijo sus palabras mucho mejor de lo que ella jamás hubiera imaginado.
De esta forma, estando justo frente a él, tres cosas ocurrieron en perfecta sincronía: la música comenzó a sonar; Heras se posicionó; Bai, adoptando la postura de animal desconcertado, se quedó completamente inmóvil, preguntándose qué hacer.
—Yo no...
Heras empezó a zapatear, golpeando con los pies el suelo con una armónica violencia que ella no poseía.
—De verdad que...
Cada impacto parecía arrancarle una respuesta al mismísimo suelo de madera, levantando el sucio polvo de los zapatos y botas.
—Yo...
A su alrededor, la masa humana reaccionaba de similar manera. Las botas chocaban contra el piso en una sucesión frenética de golpes secos; las mujeres danzaban, permitiendo que sus vestidos volaran, mientras el caos empezaba a adquirir un sentido sospechosamente geométrico.
Bai miró alrededor, a la masa sin cortesano refinamiento ni pulcritud y, para sorpresa suya, se sintió ajena a todo ello. Sin embargo, la taberna parecía haber desarrollado una mente colmena que deseaba atraparla. Así que, lentamente, el humo espeso de los fogones comenzó a mezclarse con el olor agrio de la cerveza derramada y el vaho de decenas de cuerpos agitándose demasiado cerca, creando una atmósfera tan densa que era imposible no respirar.
—Esta... —Poco a poco, el ambiente empezó a erosionar su forma de pensar. —Está bien —sentenció suspirando.
Así pues, tras un largo e histórico instante de parálisis analítica, Bai acabó dando un paso hacia adelante. Luego otro. Y otro más. Se acercó torpemente a Heras, intentando imitar el zapateo con movimientos que aún recordaban vagamente a un niño aprendiendo a caminar. Sonrió. Aquellos movimientos ya no nacían de la razón, sino de esa maravillosa, cálida y primitiva embriaguez que el universo utiliza para recordarnos que, después de todo, solo somos monos con ropa con la necesidad de socializar.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
