Sombras doradas entre los árboles - [Priv Kibai / Pasado]
#2



La cubierta del navío de correo la Marina se había convertido en un auténtico caos.

—¡VUELVE AQUÍ, MALDITA ALFOMBRA CON MANCHAS! — rugió una voz que resultaba sorprendentemente potente para salir de un ser tan pequeño.

Los marineros apartaban cajas, barriles y aparejos a toda prisa mientras una diminuta figura atravesaba la cubierta a una velocidad absurda. El oficial de cubierta del Swift apenas llegaba al metro veinte de altura, pero cualquiera que hubiera servido más de cuatro o cinco días bajo sus órdenes sabía dos cosas sobre él: que podía partir un tablón de roble de un puñetazo… y que su mal humor tenía exactamente la misma escala desproporcionada que su fuerza. O quizás incluso peor.

— ¡Oh, vamos señor, no creo que sea para tanto! — respondió Kibai entre risas, esquivando por un pelo una escoba que pasó girando junto a su cabeza.

El mink apoyó una pata en la barandilla y se impulsó hacia un lado justo cuando una caja de herramientas silbó donde segundos antes había estado su rostro.

—¡¿NO ES PARA TANTO?! — bramó el oficial, que mostraba un semblante que se estaba empezando a parecer demasiado al color de una remolacha madura. — ¡¿ACASO CREES QUE VAS A BAJARTE DEL BARCO ASI COMO ASÍ?!

— ¡Llevamos demasiado tiempo en alta mar! — se defendió Kibai, inclinándose hacia atrás para evitar una sartén que alguien, probablemente por puro instinto de supervivencia, había cedido al oficial. — Mi cuerpo pide tierra firme, necesito estirar las piernas.

— ¡TU CUERPO LO QUE VA A PEDIR AUXILIO CUANDO TE AGARRE!

Kibai soltó una carcajada. Agachando la cabeza para evitar más proyectiles, el mink recorrío a toda velocidad la cubierta hasta alcanzar las jarcias del mástil principal. Un salto, otro, y en apenas un instante ya había escalado varios metros mientras el oficial, abajo, temblaba de pura furia.

— ¡KIBAAAAAAI!

Desde arriba, el mink se giró con una sonrisa de oreja a oreja. 

— ¡Vamos oficial, el capitán Seijuru me ha dado permiso, estaré de vuelta antes de lo que piensa!

— ¡MÁS TE VALE! — el hombrecillo le señaló con el dedo, la vena de su frente a punto de estallar. — ¡SI NO ESTÁS A BORDO CUANDO ESTE BARCO ZARPE, USARÉ TU CABEZA COMO PISAPAPELES Y TU PIEL COMO TOALLA DE BAÑO!

El mink se llevó una pano al pecho, en gesto exageradamente teatral de afectación.

— Eso suena demasiado íntimo para mi gusto, señor! Chicos, intentad que alguna mujer decente le haga caso hoy en el puerto, alguien que tenga coraje para un oficial de tan altos estándares!

El siguiente proyectil fue una tapa de barril de brea que el mink logró esquivar por los pelos. Comprendiendo que ya había tentado demasiado a al suerte. Kibai se impulsó. Su cuerpo cruzó el aire desde lo alto del mástil hasta el puerto, y aterrizó con suavidad sobre el empedrado de la orilla. Detrás de él estallaron las carcajadas de parte de la tripulación, mezcladas con los ecos lejanos de las amenazas del oficial. Aquella pequeña ceremonia se había convertido en algo habitual de vez en cuando. El capitán sabía que el mink leopardo, en su fuero interno, necesitaba estas escapadas de vez en cuando, cosa que en el fondo era compartida por el oficial de cubierta, pero que aún así gustaba de hacer gala de su mala uva usando a Kibai como blanco de cada objeto suelto que se encontrase a su alcance.

Vestimenta de Kibai


"Aún no me he decidido sobre si considerar que es solo mala leche, o se trata de algún tipo de entrenamiento extravagante al que el capitán ha accedido a que me sometan antes de llegar a la base de Roshwan" pensó el mink mientras se alejaba del barco. Con las manos en los bolsillos y la cola balanceándose tranquilamente, Kibai avanzó por las calles del puerto con una sonrisa satisfecha. Calle tras calle, fue dejando atrás el bullicio del muelle hasta que algo llamó su atención: más allá de los tejados humildes del puerto, se alzaba una extensión verde y salvaje, una zona boscosa de vegetación tropical.

Sus orejas felinas se movieron ligeramente. Volvió a sentir esa sensación que llevaba tiempo postergando: la del encierro, la madera, la sal y las órdenes; demasiadas olas, demasiado aire estancado entre cubiertas. Y ahorapor fin, podía volver a un terreno que se sentía para él como su casa. Las pupilas de Kibai se estrecharon apenas un instante mientras una sonrisa divertida aparecía lentamente en su rostro. Sin pensarlo demasiado, comenzó a caminar hacia el bosque.

Abandonó las últimas calles del humilde pueblo con la misma tranquilidad con la que había llegado. Algunas casas desperdigadas marcaban el límite entre la civilización y lo salvaje, y poco antes de cruzarlo encontró un viejo pozo de piedra junto al camino. Se detuvo apenas un instante. Sacó su cantimplora, desenroscó la tapa y la hizo descender con el cubo mediante la cuerda ya instalada allí. El agua regresó fresca y cristalina; el mink rellenó el odre con una sonrisa satisfecha antes de colgárselo nuevamente al costado. Asimismo, se agachó al lado de una casucha ya derruida, rebuscando entre sus restos hasta que encontró en lo que habría sido en otro momento la cocina un trozo de pedernal, se introdujo en su bolsillo trasero. El Swift no partiría hasta que las cartas desde el Gran Line que transportaba fuesen entregadas y las bodegas repostadas, así que Kibai contaba con las suficientes horas como para ver el amanecer, y puede que un poco más.

"Y desde luego, pienso hacerme algo de comer, hace demasiado que no cazo algo decente" pensó de nuevo para si mientras se pasaba la lengua por uno de los colmillos. Las raciones de la Marina eran más que decentes, pero para su instinto, el comer algo que había rastreado, cazado y preparado con sus propias manos era otro cantar.

Siguió caminando. Durante unos minutos, el sendero avanzó tranquilo entre árboles dispersos, hierba alta y el canto lejano de aves ocultas entre las ramas. Poco a poco, las últimas casas desaparecieron detrás de él hasta convertirse en manchas difusas entre los claros del bosque. Sus orejas se aplanaros ligeramente sobre su cabeza, y su cola comenzó a agitarse de un lado a otro. Podía sentirlo: la tierra bajo sus patas, el olor de la vegetación húmeda, la sombra de las copas sobre su cuerpo, el aire libre. Su paso se aceleró casi por sí solo. Caminar se convirtió en un ligero trote, que devino en una carrera. Kibai avanzaba entre los árboles, dejándose guiar por la posición del sol, captando los diferentes aromas con su fino olfato. Cada bocanada era liberadora, depurando sus sentidos del permanente olor a salitre, madera y sudor humano.

Mientras avanzaba entre árboles y raíces, Kibai llevó una mano hacia su cintura sin disminuir el ritmo. Sus dedos encontraron el cinto de Raimei y soltaron los amarres para colocar la espada cruzada sobre su espalda y así evitar que golpease ramas o se enganchase en lianas.

Una vez con su arma asegurada, el mink tomó impulso y se elevó en el aire. Su cuerpo se impulsó desde el suelo hasta alcanzar las primeras ramas bajas de un árbol cercano. Las patas apenas tocaron la corteza antes de impulsarse otra vez, y otra, y otra. La espesura pasó a su alrededor mientras avanzaba entre las alturas del bosque como si nunca hubiese abandonado Zou y aún continuase corriendo junto con sus congéneres en la oscuridad de sus bosques.

Tras unos veinte minutos, el mink llegó a un claro, dónde una serie de árboles bastante grandes hacían un círculo casi perfecto. Decidiendo que sería un excelente campamento base en el que aguardar a que fuese completamente de noche, aunque las estrelllas poco a poco ya estaban comenznado a adivinarse en el cielo, Kibai dio un último salto, trazando una pirueta para caer al otro lado de uno de los árboles.

Sin embargo sus ojos se abrieron de golpe al ver como en su trayectoria, sobre una piedra plana que no había logrado ver debido al follaje, estaba a sentada una joven humana con una bolsa de frutos al lado. Actuando por reflejo, Kibai extendió el brazo derecho hacia atrás, anclando la garra izquierda en el tronco del arbol, haciendo crujjir la madera pero frenando su impulso lo suficiente como para controlar su aterrizaje, cayendo a apenas un metro de la joven.

Consciente de lo extraño que podía resultar su aspecto para el que no estuviese familiarizado, el mink levantó levemente las manos, dando un pequeño paso atrás (lo cual no ayudó pues fue plenamente consciente del tac tac tac que sus garras le arracaban a la roca).

— Mis disculpas, señorita, no la había visto. ¿Se encuentra bien?
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: Sombras doradas entre los árboles - [Priv Kibai / Pasado] - por Kibai - 19-05-2026, 08:31 PM

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