19-05-2026, 10:58 PM
La lanza impactó en el escudo y se incrustó en él. Lo atravesó, rompió su defensa, pero sólo parcialmente. No logró destruirlo, y ahora, con la punta del arma atorada en el casco, el combate estaba decidido. La lanza y el escudo habían chocado con la enteridad de su espíritu. El filo se desgastó, la placa se mantuvo firme. El ganador era claro.
Enji apretó los dientes, la sonrisa torcida y maniática. El abdomen de Juan estaba cubierto, tapado por las patas extra de su morfología gyojin. Esa precaución extra, que nunca vio venir, desbarató sus planes. Con ella, Espina conectó de lleno y aún así no fue suficiente. Juan seguía de pie y su pinza lo había capturado, atenazándole el cuello de forma tal que no pasaba por su garganta ni una sola gota de aire. Dejó de sentir el suelo bajo sus pies, colgando a un metro de la arena y a completa merced de su compañero. Sujetó con ambas manos los lados de la pinza y trató de abrirla, pero era inútil. Lo sabía: había perdido en ese preciso instante.
—Ca…bron…
Apenas podía conectar seis letras, la presión en el cuello era demasiado intensa y tenía paralizadas sus cuerdas vocales. Exhudó veneno, soltando todo lo que pudo en ese momento en una especie de reacción instintiva. El líquido morado brotó de sus manos y empapó la pinza, corrió por el brazo de Juan y después chorreó por su torso acorazado. Eso era todo lo que podía hacer: dar manotazos de ahogado.
Lo que siguió fue doloroso.
—¡Guh!
Un poderoso puñetazo se hundió en su estomago. Sintió como se le revolvían los intestinos para reacomodarse bajo la acusiante presión del impacto, lo que forzó el subir de líquidos que acabó escupiendo por la boca antes de salir disparado hacia atras. Voló ocho metros antes de que sus pies tocaran el suelo nuevamente. Tracción con los dedos sobre la arena para detenerse, y lo logró. Estaba parado, increíblemente. Las piernas firmes, la mirada sería, el cabello sobre la cara. De sus manos seguía cayendo veneno, cosa que no le importó a la hora de llevarse una al cuello y empezar a rascarse. Era un tic que no podía contener. Mucho se había aguantado durante la pelea.
Después de unos segundos rascándose y observando a Juan, se detuvo y escupió al suelo.
—Sí, supongo que es tu victoria, sargento patas rojas… —Se acarició la garganta, dónde tenía todavía las marcas de la pinza—. Eres un cangrejo mucho más duro que la última vez… ¡Ja! Voy a tener que pegar mucho más fuerte si quiero romper esa coraza tuya. ¡Es emocionante!
Su corazón latía fuerte y rápido. Estaba cansado. Podía notarlo, como un ligero cosquilleo detrás de la garganta: estaba en las últimas. Pronto se quedaría sin combustible. Quizá lo mejor era reconocer la derrota y volver al barco para descansar.
Pero, ¿como rechazar esa propuesta?
—Shiha… ¡Shihahaha! ¡Tú sí que eres todo un hombre, Juancho! —exclamó, sonriente—. ¡Lo cual es muy gracioso porque eres un maldito cangrejo con complejo de tortuga también! ¡Garra!
La presión de sus pies en el suelo generó una pequeña explosión de arena cuando su cuerpo salió despedido hacia adelante, cegando la distancia que lo separaba de Juan en un destello morado. Su puño derecho cargaba con la rabia de la derrota. Impactó contra el torso de Juan, en su abdomen, y el envión lo llevó a seguir camino en línea recta otros cinco metros. Acabó parado sobre el cadáver seco de un árbol, mirando a la espalda de Juan Sebastian.
Enji apretó los dientes, la sonrisa torcida y maniática. El abdomen de Juan estaba cubierto, tapado por las patas extra de su morfología gyojin. Esa precaución extra, que nunca vio venir, desbarató sus planes. Con ella, Espina conectó de lleno y aún así no fue suficiente. Juan seguía de pie y su pinza lo había capturado, atenazándole el cuello de forma tal que no pasaba por su garganta ni una sola gota de aire. Dejó de sentir el suelo bajo sus pies, colgando a un metro de la arena y a completa merced de su compañero. Sujetó con ambas manos los lados de la pinza y trató de abrirla, pero era inútil. Lo sabía: había perdido en ese preciso instante.
—Ca…bron…
Apenas podía conectar seis letras, la presión en el cuello era demasiado intensa y tenía paralizadas sus cuerdas vocales. Exhudó veneno, soltando todo lo que pudo en ese momento en una especie de reacción instintiva. El líquido morado brotó de sus manos y empapó la pinza, corrió por el brazo de Juan y después chorreó por su torso acorazado. Eso era todo lo que podía hacer: dar manotazos de ahogado.
Lo que siguió fue doloroso.
—¡Guh!
Un poderoso puñetazo se hundió en su estomago. Sintió como se le revolvían los intestinos para reacomodarse bajo la acusiante presión del impacto, lo que forzó el subir de líquidos que acabó escupiendo por la boca antes de salir disparado hacia atras. Voló ocho metros antes de que sus pies tocaran el suelo nuevamente. Tracción con los dedos sobre la arena para detenerse, y lo logró. Estaba parado, increíblemente. Las piernas firmes, la mirada sería, el cabello sobre la cara. De sus manos seguía cayendo veneno, cosa que no le importó a la hora de llevarse una al cuello y empezar a rascarse. Era un tic que no podía contener. Mucho se había aguantado durante la pelea.
Después de unos segundos rascándose y observando a Juan, se detuvo y escupió al suelo.
—Sí, supongo que es tu victoria, sargento patas rojas… —Se acarició la garganta, dónde tenía todavía las marcas de la pinza—. Eres un cangrejo mucho más duro que la última vez… ¡Ja! Voy a tener que pegar mucho más fuerte si quiero romper esa coraza tuya. ¡Es emocionante!
Su corazón latía fuerte y rápido. Estaba cansado. Podía notarlo, como un ligero cosquilleo detrás de la garganta: estaba en las últimas. Pronto se quedaría sin combustible. Quizá lo mejor era reconocer la derrota y volver al barco para descansar.
Pero, ¿como rechazar esa propuesta?
—Shiha… ¡Shihahaha! ¡Tú sí que eres todo un hombre, Juancho! —exclamó, sonriente—. ¡Lo cual es muy gracioso porque eres un maldito cangrejo con complejo de tortuga también! ¡Garra!
La presión de sus pies en el suelo generó una pequeña explosión de arena cuando su cuerpo salió despedido hacia adelante, cegando la distancia que lo separaba de Juan en un destello morado. Su puño derecho cargaba con la rabia de la derrota. Impactó contra el torso de Juan, en su abdomen, y el envión lo llevó a seguir camino en línea recta otros cinco metros. Acabó parado sobre el cadáver seco de un árbol, mirando a la espalda de Juan Sebastian.
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