La madera del muelle de Isla Karate crujía bajo el peso de sus botas militares. Moja caminaba con el ritmo monótono de un metrónomo, manteniendo la espalda recta y la gorra de la Marina perfectamente calzada. Sus ojos de pantera, amarillos e intensos, escudriñaban los puestos de pescado, los dojos donde los jóvenes entrenaban a gritos y las calles empedradas que subían hacia el interior de la isla.
Para cualquiera, era el retrato vivo de la eficiencia y el orden. Pero bajo el uniforme, el aire del South Blue le rascaba la garganta de una forma distinta.
Había pasado unas semanas desde que el suelo se abrió bajo sus pies. Desde que descubrió que Seraphine no era solo una mujer de risa ligera y manos cálidas con la que había compartido noches que jamás planeó tener, sino un eslabón de la Armada Revolucionaria. El enemigo directo. El caos que él había jurado erradicar para que el mundo no volviera a romperse como se rompió su infancia.
Un mercader tropezó al cargar un saco de grano, esparciendo el contenido por el suelo. Moja se detuvo. El hombre, asustado al ver el emblema de la gaviota en el brazo del mink, comenzó a disculparse atropelladamente. Moja no dijo nada. Se agachó, agarró el saco de arpillera con una sola mano y, con la precisión de quien repite un ejercicio de la academia, ayudó a recoger el desastre. El mercader le dio las gracias, balbuceando. Moja solo asintió una vez, un gesto seco, y continuó su marcha.
Su silencio, habitualmente interpretado como la severidad de un soldado ejemplar, era ahora una coraza. Desde aquel día, su voz se había vuelto un recurso aún más escaso. Sentía que si hablaba, si permitía que una sola palabra de más escapara de su boca, la contradicción interna lo partiría en dos. ¿Cómo podía el fuego de la justicia convivir con el recuerdo de alguien que desafiaba ese mismo orden?
Llegó al límite del paseo marítimo, donde el pueblo se abría hacia una playa solitaria. El viento sopló con fuerza, trayendo el olor a sal y algo más... el eco difuso de un chapoteo lejano. Sus orejas puntiagudas se movieron, captando el sonido antes de que sus ojos se fijaran en la línea del horizonte.
Nada. Solo el mar picado.
Moja apretó el puño sobre el cinturón azul, sintiendo el peso de su deber, y dio la vuelta para regresar al cuartel. No había espacio para los fantasmas en la patrulla.
Para cualquiera, era el retrato vivo de la eficiencia y el orden. Pero bajo el uniforme, el aire del South Blue le rascaba la garganta de una forma distinta.
Había pasado unas semanas desde que el suelo se abrió bajo sus pies. Desde que descubrió que Seraphine no era solo una mujer de risa ligera y manos cálidas con la que había compartido noches que jamás planeó tener, sino un eslabón de la Armada Revolucionaria. El enemigo directo. El caos que él había jurado erradicar para que el mundo no volviera a romperse como se rompió su infancia.
Un mercader tropezó al cargar un saco de grano, esparciendo el contenido por el suelo. Moja se detuvo. El hombre, asustado al ver el emblema de la gaviota en el brazo del mink, comenzó a disculparse atropelladamente. Moja no dijo nada. Se agachó, agarró el saco de arpillera con una sola mano y, con la precisión de quien repite un ejercicio de la academia, ayudó a recoger el desastre. El mercader le dio las gracias, balbuceando. Moja solo asintió una vez, un gesto seco, y continuó su marcha.
Su silencio, habitualmente interpretado como la severidad de un soldado ejemplar, era ahora una coraza. Desde aquel día, su voz se había vuelto un recurso aún más escaso. Sentía que si hablaba, si permitía que una sola palabra de más escapara de su boca, la contradicción interna lo partiría en dos. ¿Cómo podía el fuego de la justicia convivir con el recuerdo de alguien que desafiaba ese mismo orden?
Llegó al límite del paseo marítimo, donde el pueblo se abría hacia una playa solitaria. El viento sopló con fuerza, trayendo el olor a sal y algo más... el eco difuso de un chapoteo lejano. Sus orejas puntiagudas se movieron, captando el sonido antes de que sus ojos se fijaran en la línea del horizonte.
Nada. Solo el mar picado.
Moja apretó el puño sobre el cinturón azul, sintiendo el peso de su deber, y dio la vuelta para regresar al cuartel. No había espacio para los fantasmas en la patrulla.
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
