La Biblioteca de las Bestias [Aventura Presente Absoluto T4][Zhang & Bai]
#23
Su mirada se cernía sobre el bamboleante depredador que yacía en frente, fija en sus pasos, leyendo las huellas en la nieve como si a través de ellas pudiera concluir un patrón y averiguar por dónde iba a atacar. Al mismo tiempo, algo mucho más profundo —enterrado en algún rincón oscuro de sus entrañas, posiblemente en ese órgano al que llaman corazón— nacía lentamente en forma de plegaria para que todo saliera bien.

Y si la suerte estaba de su lado, lo cual parecía ser así, pues, ante sus ojos zafíricos, la gata parecía moverse embriagada por el febril olor de la sangre, abandonando la razón para entregarse al primitivo impulso animal, se saldría con la suya.

—Hum… Bai soltó un corto soplido nasal al respirar, tan corto, tan suave, que pronto se confundió con el viento.

A continuación, dio un pequeño paso lateral mientras reculaba, concentrándose únicamente en respirar correctamente; en el movimiento de su pecho, ascendiendo y descendiendo lentamente, sin importar lo que Lenna le gritara.

«Ha».

El siguiente aliento contuvo la vibración de su pecho que hasta entonces había ido in crescendo.

Y es que, sí, la adrenalina todavía galopaba bajo su piel, golpeando con brutalidad las costillas e incendiándole las manos. Sin embargo, eso no significaba que no pudiera controlarla. Solo necesitaba respirar mejor y centrarse en el movimiento del diafragma.

Entonces, de la nada, se dibujó en su mente una pregunta que la inquietaba: ¿Cuánto tiempo tenía?

Pareciera que el suficiente como para que sus brazos se movieran por inercia y, de un fugaz vistazo, observara cómo tras los pies de Lenna se traza un camino que definitivamente no era recto.

Mas no fue lo único que ocurrió.

Con el vello de su nuca erizado, Bai deslizó los pies hasta quedar prácticamente al lado del dial oculto bajo la nieve; el fulgor de las llamas a la lejanía refulgió en el metal de su arma; en aquel instante, aun sabiendo que estaba bien posicionada, Bai sintió cómo el miedo le mordía el estómago —o quizás más que miedo fuera solo adrenalina—, pues sabía que, aunque todo hubiera sido calculado, cualquier detalle podía arruinarlo todo.

Pero no ocurrió.

Y es que, casi en un abrir y cerrar de ojos, la nieve estalló bajo los pies de Lenna, levantando retazos blancos que pronto volaron como espuma marina siendo azotada por la brisa; sus cálculos habían funcionado, pero el daño... El daño era otro cantar. Apenas había sido un pequeño estallido y, para su desgracia, no había logrado frenar el ataque que amenazaba con acabar con su vida.

Así pues, con el rostro apuntado al cielo, la sangre descendiendo por su rostro como raíces en un terreno sin agua, la carótida bombeando con frenesí y el corazón amenazando con romper su concentración, Bai trató de tragar saliva sin demostrar que, bajo el abrigo de piel lobuna, todo su ser gritaba de miedo.

—Chst —chistó sonriente en cuanto la mujer dejó un breve espacio en medio de su disparatado discurso, una muestra de pitorreo verdaderamente impropia de su serenidad.

«¡Bang!»

Pivotando sobre su pie izquierdo y, aprovechando que su posición apenas se había fracturado por el jalón de cabello, Bai giró en dirección contraria a las agujas del reloj con el arma preparada y golpeó con todas sus fuerzas a la gata en el torso En ese momento, cuando el filo tocó la carne ajena, recién fue consciente de la fuerza que había usado para golpear, pues sus manos, aferradas a la empuñadura, sintieron cómo el mango irregular se hundía en ellas.

—Absurdo... —dijo, poco antes de escupir al suelo una mezcla de flema por la sequedad de su garganta, sangre y saliva—. Todo esto ha sido completamente absurdo —añadió, mientras sus alas se agitaban dándole la razón al tiempo que el incipiente dolor de la cabeza le instaba a atenderse.

Pero antes de hacerlo, se agachó a recoger el dial para volvérselo a guardar en el bolsillo —solo que esta vez fue en el derecho.

Luego, cojeando ligeramente debido a la escarcha que empezaba a endurecerse alrededor de la herida de su pierna, avanzó hasta el cuerpo de Lenna y apoyó la punta de la espada justo en el centro de su pecho.

—Lo siento... Pero debo asegurarme de que realmente estás muerta —a sus palabras le siguió un estoque sin morbosidad—. Porque no hay nada más terco en este mundo que alguien que adora vivir.

Con un movimiento seco, hundió el arma todavía más profundo, dejando que reposara sobre el cuerpo como una cruz improvisada en tierra yerta. Después giró la hoja dentro de la herida, desgarrando carne y tejido con un sonido húmedo e irregular.

No hubo respuesta. Ni respiración, ni tensión muscular ni ninguna clase de espasmo traicionero. Sólo silencio y el ulular del viento.

—Ugh.

Un latigazo le cruzó la coronilla, obligándola a llevarse la mano libre a la cabeza. Su rostro se torció y la mandíbula se tensó por un momento.

—¡Joder!

La adrenalina estaba bajando; retiró los dedos, ahora manchados por la espesa y oscurecida sangre.

—… Incluso muerta eres molesta.

Pronunciando aquella frase, Bai dio un paso atrás, enfundó la espada y dejó caer el zurrón sobre la nieve, enterrándolo parcialmente. A continuación, desabrochó la bolsa y extrajo un pequeño kit de primeros auxilios; rápido y como pudo, se limpió la herida apartando la sangre coagulada, se envolvió la cabeza con la tela y apretó lo suficiente como para contener el sangrado. Sin embargo, pese a sus conocimientos médicos, no estaba del todo segura debido a la profundidad de la herida, así que, sin dudarlo, extrajo otra venda y se dio un par de vueltas más.

El mundo volvió a palpitar.

¿Había apretado de más?

Respiró hondo, cerrando los ojos y alzándose de la posición de cuclillas en la que estaba.

Bai oteó el paisaje. Todo estaba en llamas. Miró hacia atrás, al suelo, observando inevitablemente el cuerpo a sus pies; la nieve había comenzado a taparla.

—Sería lo más sencillo —se dijo sopesando si dejarla ahí o no. Pero la idea no terminaba de asentarse.

Y es que, para su cultura, había algo de indigno en no ser enterrado. Exhaló por la nariz.

—No —sentenció agachándose junto al cadáver.

Con las manos temblorosas por toda la situación, Bai registró con cuidado los bolsillos buscando quitarse peso de encima y, luego, le quitó la espada, los guantes y las grebas.

—Aunque mirándolo bien...

Cualquier objeto podía ser un recurso útil, ¿no?

Tomó el arma y se la sujetó como pudo entre el cinturón y su ropa. Nada más.

—En fin, nos vamos.

Introdujo un brazo bajo sus rodillas y otro tras la espalda, alzándola con cierto esfuerzo. Sus alas se tensaron, aletearon y, sintiendo la sangre mancharla, giró hacia el risco dispuesta a saltar.

Con un poco de suerte podría llegar hasta donde Kay estaba.

Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1310 + 144 = 1454
Energia: 1821 + 16 = 1837
Espiritu: 850 + 0 = 850


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RE: La Biblioteca de las Bestias [Aventura Presente Absoluto T4][Zhang & Bai] - por Bai Mudan - 20-05-2026, 09:55 PM

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