21-05-2026, 06:27 AM
En el momento que noté que Alex había perdido el equilibrio, fue en ese momento que la música dejó de escucharse para dar lugar a la caída repentina del gigante de veinte metros, el estruendo de su caída hizo temblar la tierra bajo nuestros pies, y durantes unos minutos, el bosque quedó cubierto por una espesa nube de polvo. Mis sentidos estaban alerta y a pesar de un panorama imprevisto, me preocupé por él.
Cuando el aire comenzó a despejarse, inmediatamente comencé a buscarlo con mi mirada, en busca de la enorme silueta tendida entre los árboles derribados, fue entonces que comprobé que seguía consciente y eso me hizo sentir mucho alivio, sin embargo, ese sentimiento se mezcló con una silenciosa tristeza cuando la antigua cabaña de mi maestro parece haberse debilitado por el impacto que no tardó en derrumbarse en cuestión de minutos.
Lo único que me quedaba ahora era la guitarra que abracé en silencio mientras admiraba esos cimientos hechos escombros, en mi mente desfilaron las tardes en que escuchaba a mi maestro tocar el piano, el sonido de sus herramientas dando forma a los violines o cualquier otro instrumento que armaba con dedicación y amor, recuerdos las primeras lecciones en las que me enseño a como ejecutar las cuerdas de la guitarra y a dejar que mi corazón hablara a través de la música. Aquel hogar había sido el escenario de todos esos ensayos, pero… nada puede ser eterno, ni siquiera lo que dejamos tras habernos ido de esta vida. Eso me dijo una vez un joven que conocí en el cementerio, no recuerdo muy bien su rostro, pero sus palabras siempre me hicieron sentir reconfortada, de que… al recordar a los que amamos, vivirán por siempre.
Mis ojos se humedecieron pero no permití derramar ninguna sola lágrima, al alzar la vista y ver a Alex, avergonzado por lo que pasó, cubriéndose el rostro con sus gigantescas manos mientras, aún herido, buscó herramientas para reconstruir lo destruido, decidí acercarme a paso calmado y con una sonrisa tranquila, nada de esto era su culpa. Caminé entre los escombros hasta situarme junto a él, no, frente a él, interponiéndome en sus intenciones de construcción y le sonreí con infinita ternura. Hice un gesto con mis manos como si indicara que bajara pero realmente intentaba decirle que se tranquilizara, luego alcé mi pulgar en alto para expresarle que todo estaba bien.
No había reproches en mi mirada, no estaba enojada y tampoco triste, solo sentí la serenidad y la certeza de que lo que me quedaban eran preciosos recuerdos que compartí con mi maestro, y eso nunca desaparecería hasta el día que muriese. En este momento lo más importante no eran las ruinas del pasado, sino… el enorme corazón herido que estaba frente a mí, me preocupaba su herida.
Lo señalé tres veces, y luego me senté en el suelo, y luego nuevamente lo señalé, segundos después volví a ponerme en pie, intentaba preguntarle si había forma de que se pusiera en pie.
Cuando el aire comenzó a despejarse, inmediatamente comencé a buscarlo con mi mirada, en busca de la enorme silueta tendida entre los árboles derribados, fue entonces que comprobé que seguía consciente y eso me hizo sentir mucho alivio, sin embargo, ese sentimiento se mezcló con una silenciosa tristeza cuando la antigua cabaña de mi maestro parece haberse debilitado por el impacto que no tardó en derrumbarse en cuestión de minutos.
Lo único que me quedaba ahora era la guitarra que abracé en silencio mientras admiraba esos cimientos hechos escombros, en mi mente desfilaron las tardes en que escuchaba a mi maestro tocar el piano, el sonido de sus herramientas dando forma a los violines o cualquier otro instrumento que armaba con dedicación y amor, recuerdos las primeras lecciones en las que me enseño a como ejecutar las cuerdas de la guitarra y a dejar que mi corazón hablara a través de la música. Aquel hogar había sido el escenario de todos esos ensayos, pero… nada puede ser eterno, ni siquiera lo que dejamos tras habernos ido de esta vida. Eso me dijo una vez un joven que conocí en el cementerio, no recuerdo muy bien su rostro, pero sus palabras siempre me hicieron sentir reconfortada, de que… al recordar a los que amamos, vivirán por siempre.
Mis ojos se humedecieron pero no permití derramar ninguna sola lágrima, al alzar la vista y ver a Alex, avergonzado por lo que pasó, cubriéndose el rostro con sus gigantescas manos mientras, aún herido, buscó herramientas para reconstruir lo destruido, decidí acercarme a paso calmado y con una sonrisa tranquila, nada de esto era su culpa. Caminé entre los escombros hasta situarme junto a él, no, frente a él, interponiéndome en sus intenciones de construcción y le sonreí con infinita ternura. Hice un gesto con mis manos como si indicara que bajara pero realmente intentaba decirle que se tranquilizara, luego alcé mi pulgar en alto para expresarle que todo estaba bien.
No había reproches en mi mirada, no estaba enojada y tampoco triste, solo sentí la serenidad y la certeza de que lo que me quedaban eran preciosos recuerdos que compartí con mi maestro, y eso nunca desaparecería hasta el día que muriese. En este momento lo más importante no eran las ruinas del pasado, sino… el enorme corazón herido que estaba frente a mí, me preocupaba su herida.
Lo señalé tres veces, y luego me senté en el suelo, y luego nuevamente lo señalé, segundos después volví a ponerme en pie, intentaba preguntarle si había forma de que se pusiera en pie.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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