[Fic][Recolección][Presente/Absoluto] A la caza del caimán shiny
#1
Día 12 de Invierno, Año 17

La espesura del aire de la isla de Kyodaina se podía hasta masticar, la humedad tan densa, el polen de aquellos árboles gigantes y el olor a algo que parecía entre descomposición, madera mojada y fruta podrida al borde del río hacía que fuera algo incómodo caminar por aquella parte de la selva. Akira se había alejado bastante de la playa donde tenían montado el campamento y donde tenían anclado el barco, y aunque hubiera avisado al resto de sus compañeros que se iba a perder para conocer mejor la isla y poder estudiarla en profundidad, bien fuera para identificar las especies de animales o de frutas silvestres y para hacerse una especie de mapa mental, como navegante que era, había terminado en un sitio algo extraño.

Era como si se estuviera acercando a un cementerio… Había restos de huesos y de carne de animal semienterrados en el sustrato húmedo, cubiertos de raíces, y picoteados por aves… Era curioso. Era como si todos se pusieran de acuerdo y los restos que ya no les servían los llevaran a aquel lugar. Y no estaba de más explorar la zona.

Los helechos se alzaban más altos que el joven marine, como torres desde los que poder vigilar, y las raíces de los árboles se retorcían sobre el suelo como serpientes petrificadas del tamaño de escaleras. De hecho, hasta había escaleras de mono, que cuando una raíz crece enrollada desde la copa de un árbol hacia el suelo, como una columna en espiral.

Akira iba con la guardia baja, estaba tranquilo, confiado en que si le pasaba cualquier cosa era capaz de reaccionar. Ya sabía lo que podía encontrarse en esta selva, lo había visto con sus propios ojos junto a Masami. Tanta espesura podía esconder lo que fuera, pero iba relajado. Sus pasos eran ligeros, algo vagos, más que andar rápido, deambulaba, se paraba a observar cada corteza, cada fruta, cada hongo, iba disfrutando del paseo. También se balanceaba de un lado a otro con el ritmo de su marcha, como si fuera siguiendo los pasos de baile de una canción que se reproducía en su cabeza, mientras tarareaba algo que ni él entendía qué era. Tal vez una canción de su compañera, pero sin llegar a articular palabras porque no se acordaba de la letra.

Llevaba varias horas rastreando algo que pudiera llevarse a la boca sin miedo de quedarse en el sitio, y también algo que le diera emoción a la expedición. Estaba en Kyodaina, habían animales del tamaño de edificios, y esta vez no se había cruzado con ninguno que quisiera arrancarle la cabeza. Tan agresivos y territoriales que eran y parecía que hasta le estaban evitando. Cuando se cruzaba con un ave o con un mono subido a un árbol, se le quedaban mirando como si fuera un alienígena, o simplemente se marchaban. Y esto también le resultaba raro.

—Bueno, ya está… Necesito comer algo. Unas raíces secas no me sirven, quiero comida de verdad, un animal, proteína, que se pueda masticar. Si me como una fruta de estas igual me muero… Tengo que ver que primero se la esté comiendo un animal… ¿Por qué no vienen los animales? —iba murmurando a medida que avanzaba por la selva, rascándose la cabeza y los ojos. Tenía que estar espabilado y alerta, el más mínimo movimiento entre la maleza, las sombras, todo era una amenaza, aunque por el momento la situación estuviera tranquila. La curiosidad tenía que ir acompañada de alerta.

Aunque pasando un poco de todo lo anterior, Akira se agachó y cogió una fruta silvestre que colgaba de una liana baja y le dio un mordisco ya sin preocuparse por acabar envenado, que obviamente terminó escupiendo por lo amarga que estaba. Hizo una mueca de asco chillando como un animal siendo torturado, estaba molesto, aquello fue asqueroso y le pinchó las encías. Así que siguió andando.

—¡¡Estoy harto, tengo hambre!! —la luz que atravesaba las hojas hacía que ahora el lugar se empezara a ver algo dorado, y fue justo al cruzar uno de esos haces de luz cuando el suelo bajo sus pies dejó de sentirse como tierra firme. Algo vibraba, algo pesado, algo que hacía que sus pies se empezaran a hundir muy pero que muy lentamente… Pero no eran arenas movedizas, era como si estuviera caminando por fango, como si estuviera encima de un afluente del río principal cubierto de tierra que había arrastrado la corriente y de helechos que habían crecido encima.

—Así que por esto olía como a podrido… Estoy caminando sobre agua estancada, qué fuerte…

Se paró en seco, y rápidamente un escalofrío que le recorrió el cuerpo le hizo encorvarse hasta adoptar una posición de guardia. Akira flexionó las rodillas, bajando el centro de gravedad y ladeó la cabeza, atento al entorno. Y de pronto los ruidos de la selva, se convirtieron en silencio. Ya no sonaban los bichos, ni los pájaros, ni los monos, había silencio, todo se había callado de golpe… Y eso solo significaba una cosa: el depredador alfa de zona estaba cerca.

El mal olor a agua estancada y carne en estado de putrefacción, junto con el río oculto bajo sus pies, y el silencio sepulcral de la zona, hacían que el marine empezara a sonreír sin apenas darse cuenta. ¿Cómo de grande sería ese animal teniendo en cuenta el tamaño del resto de animales de esta selva? Apartó una hoja gigante que le cubría por completo para seguir avanzando con paso decidido y con cautela, sin hacer el más mínimo ruido, imitando a las culebras que se deslizaban entre las sombras. Y ahí estaba.

No era un caimán, era un monumento a la prehistoria… Nunca antes se había podido imaginar un reptil tan grande que no fuera un dinosaurio. Era una locura. Descansaba a la orilla de lo que parecía ser el río, y Akira se encontraba justo en el centro de aquel camino de agua putrefacta. El lodo apenas le cubría, y si lo hiciera era muy fácil reconocerlo, era de color blanco, un caimán gigante albino, una maravilla de la naturaleza.

—¡¡¡UN CAIMÁN SHINY!!! —gritó de la emoción, ignorando ahora toda precaución posible que había podido tener hasta el momento. El cuerpo del animal era de una longitud exagerada, como si fueran tres coches alineados, era como una cadena montañosa de queratina con esas escamas, y con una musculatura que ni el mejor culturista del South Blue. Su piel era como carbón blanco, con una textura áspera, era una costra dura llena de cicatrices de batalla, seguramente de siglos atrás. ¿Cuántos años podría tener un animal así? Las escamas de su lomo eran como un escudo, parecían hasta más gruesas que las del caparazón de Juan, pero con remates en cresta, una cresta afilada como un hacha.

El grito del tonto de Akira hizo que soplara aire, levantando una nube de vapor que ni la niebla más espesa, y también que moviera el fango hasta arrastrar las plantas hasta la orilla. Estaba devorando los restos de un jabalí gigante, también del doble del tamaño que tenía un jabalí normal. A su lado era como un ratón. Y entonces se giró, lentamente, sin miedo, para fijar sus pupilas verticales de reptil en las pupilas circulares de Akira.

Quería medirse, ver quien era más fuerte. Parecía un animal que llevaba vagando solo mucho tiempo, y que, por sus heridas, se había hasta peleado con los de su especie. Y si todos le huían, era por que no le apetecía hacer muchos amigos. Akira se acordó de las hombreras pinchudas de aquel pirata que traficaba con animales, y se fijó también en las escamas de ese caimán. También le rugía el estómago y se fijó en lo grande que era y en lo bueno que podía saber—. Mierda, mierda… Así que el instinto de supervivencia es este… Pobrecito… Bueno, pobrecito no, que tiene pinta de que le gusta que le tengan miedo… Y encima yo tengo hambre… Y mis guantes necesitan una mejora… ¡¡LO SIENTO CAIMÁN SHINY, PERO ES QUE TENGO HAMBRE, Y DICEN QUE EN LA SELVA REINA LA LEY DEL MÁS FUERTE!! —y una sonrisa salvaje se dibujó en el rostro del marine, una sonrisa que le invitaba a retar al caimán, quien también tenía sus ojos fijos en Akira, y emitiendo un grito ensordecedor que le hizo sentir la vibración en los dientes y en la columna vertebral.

Aquel sitio era su territorio, y parecía que ese animal también era capaz de usar las vibraciones de hasshoken, aunque a su manera. Y sin apenas darse cuenta, el animal rompió hacia Akira con una velocidad aterradora para su gran tamaño. La cola era un látigo de varias toneladas de puro músculo que barrió el suelo en un arco descendente en dirección al marine.

Akira saltó hacia un lado, rebotando contra el tronco de un árbol con una agilidad increíble, utilizó el impulso para girar en el aire, cayendo justo sobre el lomo de la bestia. Buscó rápidamente con sus pies un agarre entre las rugosas escamas, y al instante, el caimán comenzó a sacudirse como un caballo salvaje, girando sobre sí mismo como un cilindro, pero adaptado a la superficie terrestre y fangosa. Era como el torito bravo de la feria.

Para cualquiera esto hubiera significado salir disparado, pero por suerte para Akira y gracias a su estilo acrobático marcial, hizo que su cuerpo se moviera junto con el del animal, fluyendo con los violentos embites del reptil y amortiguando los impactos saltando de una cresta a otra de su espalda, como un macaco jugando entre las ramas de los árboles en plena tormenta.

—¡Muy lento! ¡Necesitas ser más rápido! —se burló del animal mientras le daba un rápido manotazo en el párpado de su ojo izquierdo, con la palma de la mano bien abierta. El caimán rugió aun con más fuerza y rabia, lanzando a Akira por los aires y levantándose para darle un envite contra el suelo en lo que caía, intentando aplastarlo. Pero consiguió apartarse con velocidad para que recibiera el impacto directamente con sus escamas.

Aquel golpe fue ensordecedor, agrietó el suelo, pero la armadura del caimán ni siquiera sufrió un rasguño—. Eres duro de pelotas.

Al levantarse de nuevo, se le volvieron a hundir los pies en el lodo, hasta los tobillos, y viendo la escena, Akira se dio cuenta que por fuera iba a ser incapaz de hacerle daño. Menuda coraza tenía ese animal.

—Pues ya está, decidido, venga abre la boca, dejo que me comas —era el momento de utilizar el hasshoken desde dentro.

El animal giró velozmente la cabeza y abrió su boca de par en par. Dejó ver las hileras de dientes, verdaderas estacas cubiertas de saliva espesa y restos de carne, y el interior de su boca, un túnel oscuro. Era el momento. Akira saltó de cabeza hacia el interior de la boca del animal, acumulando energía suficiente para llegar hasta el interior más profundo y evitar aquellos dientes, que sin duda cortarían como un hacha, y buscó generar una frecuencia en su interior tan potente que reventara al caimán desde dentro.

—¡BUTO! —y la bestia cerró sus fauces en un intento de partirlo por la mitad. Pero Akira era más rápido, y no hubo chasquido de mordisco, sino un zumbido agudo que hizo que el agua estancada y mohosa del afluente vibrara de nuevo a su alrededor.

La onda de choque atravesó al animal, y sus escamas blindadas de los laterales de su mandíbula parecieron hasta soltarse de su carne. Los ojos del pobre animal se abrieron, perdiendo el enfoque, y quedándose prácticamente el blanco. La vibración hizo que sus sesos rebotaran contra las paredes de su propio cráneo, haciendo que se tambaleara y que le flaquearan las patas. Cayó, era evidente, levantando una gran ola de lodo marrón oscuro que parecía una caca mala. Pero se seguía moviendo por instinto, como un pollo sin cabeza. Las garras del tamaño de un serrucho le alcanzaron de refilón la espalda, rasgando la ropa del marine y dejando tres surcos sangrientos. Se estaba atacando a sí mismo intentando sacarlo de su interior. El dolor era agudo, escocía y le hizo chillar, y ahí se dio cuenta de lo que realmente acababa de pasar.

Se había cargado a un caimán gigante de color blanco, y era obvio que no iba a irse de rositas sin ninguna herida de guerra. Hasta la desesperación del reptil le había hecho intentar herirse a sí mismo. Saltó fuera del cuerpo del animal y se plantó sobre el hocico cerrado de la bestia. Tenía los ojos en blanco, estaba tirada en el suelo, pero, aun así, seguía intentando atacarle.

—Se acabó la tontería —y le arreó un puñetazo con su máxima fuerza, apuntando directamente al espacio entre sus ojos, al punto más débil de todo su enorme cabezón de cocodrilo edición especial.

El gigante, el alfa, el shiny, el albino, soltó su último aliento y por fin se desplomó por completo, transformándose en una cordillera rocosa de carne inerte, y entonces Akira se dejó caer sentado sobre su nariz, jadeando por la herida de la espalda y cubierto de sudor y sangre, pero con una sonrisa de victoria. Había acabado con un animal que le pentacuadriplicaba el tamaño, un animal que era temido por el resto de animales de la selva.
 
—¡Qué lujo! ¡Carne para un mes y material para los mejores guantes del mundo! —rio dándole palmaditas al cadáver. Ahora solo tenía que subírselo a la espalda y arrastrarlo hacia la costa. Ya allí le darían un agua y despiezarían al animal para conservar la carne. Y ahí era donde empezaba el verdadero trabajo, en el desuello del animal. No tenía cuchillo ni hojas para cortarle por partes, así que lo arrastró como pudo aun con el escozor de la herida de la espalda, mientras iba haciendo inventario.

—De esto se puede sacar… Piel, huesos… Con esto se pueden hacer los guantes… Hmmm… Colmillos, ¿para remaches, tal vez? Tiene muchas escamas duras, servirán de refuerzo… Y qué más… Bueno sí, comida. ¿Tiene grasa este animal? Está bastante gordo… —iba listando en voz alta, Juan sabría qué hacer con él, a fin de cuentas, era el manitas y el cocinero de la tripulación. Mientras el olor a sangre fresca inundaba el aire. Esto sí que era un problema, podía atraer a otros animales salvajes o a aves carroñeras, así que tenía que darse prisa en llegar a la playa.

—Eso sí, un fueguito, un poquito de sal marina y pedazo de cena —avanzaba por la selva mientras se relamía, y entonces la luz que atravesaba las hojas volvía a desaparecer por completo.

—¡¡¡OTRO ANIMAL NOOOO!!! —Akira tuvo que echar a corer lo más rápido que le permitían sus patitas debajo del caimán gigante, huyendo esta vez de un pájaro digno de la mitología, era como un cóndor andino, un gallinazo colosal, adaptado a Kyodaina como el resto de animales. Era tan inmenso que al extender las alas tapaba la luz por completo, haciendo de noche la selva, sus plumas eran de un color negro azulado, brillante, y cada una medía casi lo mismo que Akira. Tenía un pico curvo y amarillo, con los borden más dentados que una sierra, y unas patas con unas garras que ni el tamaño de la hoja de una guadaña, también cubiertas de restos de otras presas.

—¡¡¡BUSCA TU PROPIA COMIDA, PAJARRACO!!! —chilló saltando y agitando el cuerpo para atacarle con el cuerpo del animal que había cazado, pudiendo con un impulso engancharle del cuello con los pies. Un cuello fuerte y alargado. La escena era graciosa, un pájaro negro gigante que había echado a volar con un humano diminuto enganchado al cuello, mientras que este sujetaba con los brazos a un caimán de color blanco más grande que casi que un barco.

Y con un graznido que le dejó sordo, se acercó volando hacia la orilla, poniéndole más fácil transportar al caimán—. ¡¡SI TE CREES QUE TE LO VAS A COMER TÚ VAS LISTO!! —el pobre pájaro no podía más, no solo tenía que sumarle el forcejeo que estaba sintiendo en el cuello por parte del marine, sino también los kilos y kilos que pesaba aquel caimán, que hacían que prácticamente no pudiera alzar el vuelo. Y entonces cedió y empezó a descender—. ¡¡ESTE COCODRILO SHINY ES MÍO, YO LO CACÉ!!

El ave gigante empezó a batir sus alas con más fuerza pero sin éxito y terminaron los tres en la playa, justo al lado del Ford Transit. ¡Ni hecho a posta! El pobre animal agachó la cabeza frente a Akira, quien le regañó señalándole con la mano y haciendo aspavientos—. ¡Y QUE NO SE VUELVA A REPETIR! —dejó el cuerpo muerto del caimán en el suelo, le arrancó una pata, y se la dio al pájaro, que seguía con la cabeza agachada. Le hizo un gesto de agradecimiento y agarró la pata y se fue volando, y menos mal.

Tras eso, el marine se volvió a girar hacia el animal muerto, respiró hondo y se limpió de la mejor manera que pudo el barro con el agua de la orilla de la playa. Volvió a mirar a su alrededor, asegurándose de que no habían más amenazas por la zona y que el caimán estaba a salvo y en buenas condiciones, tanto para tratar con su piel y sus huesos como para que les sirviera de cena para estas próximas semanas. Se subió al barco para comprobar que estaban las herramientas de Juancho en su sitio y los guantes esperando a recibir unas buenas modificaciones por parte de su compañero.

El esfuerzo había sido tremendo, primero el hambre y la selva, luego la lucha contra el caimán gigante, y para colmo el pajarraco que quería robarle su presa. Menuda jeta tenía aquel carroñero. Aunque bueno, todo había salido a pedir de boca. Cada gota de sudor había merecido la pena. Ahora tenía materiales nuevos para sus guantes y víveres para todo un mes.

Saltó de nuevo a la arena y empezó a arrancarle los colmillos al cocodrilo y a apilarlos en un ladito y le arrancó un pequeño trozo de carne que dejó en el fuego de la hoguera a cocinar mientras terminaba con la dentadura del animal. Tenía hambre y el día se merecía un bocado. Hoy iba a descansar como nunca.

—¡¡¡JUAN, MIRA LO QUE TRAIGO, MATERIALES Y COMIDA!!! ¡¡¡COCINAME LA CENA Y MEJORAME LOS GUANTES!!! —gritó a su compañero, no sabía si estaba durmiendo dentro del barco o si estaba por ahí. Pero el trabajo que le tocaba por su parte, estaba terminado.



Info.

—Hablo —. ”Pienso”


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[Fic][Recolección][Presente/Absoluto] A la caza del caimán shiny - por Akira Raito - 21-05-2026, 01:05 PM

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