21-05-2026, 06:55 PM
No estaba acostumbrado a cierto tipo de contacto físico. El abrazo de Kuroshiro me pilló tan de sorpresa que trastabillé ligeramente justo antes de que sus brazos se acomodaran sobre mi cuello. Hablaba tan rápida y tan desesperada, que apenas tuve tiempo de pensar en la imagen que provocábamos. Antes de ser consciente, mi diestra estaba sobre su cabeza. Aquel gesto por mi parte no fue más que el reflejo que habían dejado en mí los abrazos de mi madre. El modo en que siempre me arropaba cuando estaba asustado.
Nyra nunca dejaba de sorprenderme. Empezaba a creer que nunca sería capaz de terminar de comprenderla. Aquella no era la primera vez que sus acciones contradecían todo lo que ya había dejado ver de sí misma: primero de esa imagen firme y apegada a la ley, después las risas incondicionales —mezcla de ilusión infantil— y cuando pensaba que no había nada en el mundo capaz de quebrar esa fortaleza y felicidad, se deshacía en temblores. Igual que una niña que amanecé aquejada por terrores nocturnos, para ella el monstruo parecía demasiado real. Tanto, que habría jurado verlo justo a su espalda. Puede, incluso, que nos devolviera la mirada.
Admito que nunca me he apegado demasiado a las emociones ajenas. El problema es que las de Nyra se desbordaban sobre mi pecho, calando directamente en mi piel sin permiso. Fue imposible ignorarla. Me hizo repentinamente consciente de lo que podría haber significado que otro marine la hubiese visto ofrecerse. Lo que ella desconocía era que Hasegawa y Omuyaga habían hecho exactamente lo mismo. La única diferencia era que a mí, ellos no me importaban lo suficiente.
—Eh, mírame, anda. —Me moví con suavidad para tomarla de los hombros. Temía que un movimiento brusco pudiera romperla, pero no quería que alguien pudiera atraparnos con la guardia baja y malinterpretar la situación o, pero aún, escuchar lo que ella quería ocultar—. Todo estará bien, ¿de acuerdo?
Mi voz era apenas un hilo inaudible, tan solo para sus oídos. Aproveché el momento para retirarla con cautela e inclinar el cuerpo para que hallara la calma entre mis pupilas. Sin terminar, aún, de romper el contacto físico que mis palmas ofrecían a sus hombros.
—Será mejor que hablemos fuera, ¿de acuerdo? —Despacio, la solté con la diestra para buscar el vaso de zumo y ofrecérselo—. Ten, esto de ayudará a calmar los nervios.
Me pareció escuchar unos pasos en el pasillo. No creí prudente continuar la conversación allí mismo, pero tampoco estaba dispuesto zanjar el asunto sin haber disipado su miedo ni haber resuelto mis propias incógnitas. Le habría ofrecido un pañuelo de tenerlo. En su lugar, deslicé de fugaz el pulgar sobre su mejilla para enjugar el rastro de llanto que me fue posible. Ese fue, quizás, otro reflejo: el de un niño que limpiaba las mejillas de su madre.
—¿Me acompañas?
Ya con la distancia completamente interpuestas entre nosotros, hice un gesto con la cabeza hacia la salida de casa.
Nyra nunca dejaba de sorprenderme. Empezaba a creer que nunca sería capaz de terminar de comprenderla. Aquella no era la primera vez que sus acciones contradecían todo lo que ya había dejado ver de sí misma: primero de esa imagen firme y apegada a la ley, después las risas incondicionales —mezcla de ilusión infantil— y cuando pensaba que no había nada en el mundo capaz de quebrar esa fortaleza y felicidad, se deshacía en temblores. Igual que una niña que amanecé aquejada por terrores nocturnos, para ella el monstruo parecía demasiado real. Tanto, que habría jurado verlo justo a su espalda. Puede, incluso, que nos devolviera la mirada.
Admito que nunca me he apegado demasiado a las emociones ajenas. El problema es que las de Nyra se desbordaban sobre mi pecho, calando directamente en mi piel sin permiso. Fue imposible ignorarla. Me hizo repentinamente consciente de lo que podría haber significado que otro marine la hubiese visto ofrecerse. Lo que ella desconocía era que Hasegawa y Omuyaga habían hecho exactamente lo mismo. La única diferencia era que a mí, ellos no me importaban lo suficiente.
—Eh, mírame, anda. —Me moví con suavidad para tomarla de los hombros. Temía que un movimiento brusco pudiera romperla, pero no quería que alguien pudiera atraparnos con la guardia baja y malinterpretar la situación o, pero aún, escuchar lo que ella quería ocultar—. Todo estará bien, ¿de acuerdo?
Mi voz era apenas un hilo inaudible, tan solo para sus oídos. Aproveché el momento para retirarla con cautela e inclinar el cuerpo para que hallara la calma entre mis pupilas. Sin terminar, aún, de romper el contacto físico que mis palmas ofrecían a sus hombros.
—Será mejor que hablemos fuera, ¿de acuerdo? —Despacio, la solté con la diestra para buscar el vaso de zumo y ofrecérselo—. Ten, esto de ayudará a calmar los nervios.
Me pareció escuchar unos pasos en el pasillo. No creí prudente continuar la conversación allí mismo, pero tampoco estaba dispuesto zanjar el asunto sin haber disipado su miedo ni haber resuelto mis propias incógnitas. Le habría ofrecido un pañuelo de tenerlo. En su lugar, deslicé de fugaz el pulgar sobre su mejilla para enjugar el rastro de llanto que me fue posible. Ese fue, quizás, otro reflejo: el de un niño que limpiaba las mejillas de su madre.
—¿Me acompañas?
Ya con la distancia completamente interpuestas entre nosotros, hice un gesto con la cabeza hacia la salida de casa.
