22-05-2026, 01:11 AM
«Cómo engañan, joder, las apariencias. Qué criatura tan amable este espantoso tabernero», pensé al verlo dejar caer mi baratísima jarra de cerveza sobre el mostrador. «Mmmm...». La espuma me salpicó la perilla cuando, desesperado, pegué el primer trago y al ver cómo la disfrutaba, también me pareció notar que el propietario suavizó un poco la expresión tan tosca con la que me había recibido.
—¡A su salud, maestro! —le dije, alzando la jarrita de marras en su dirección—. Y por la prosperidad de esta noble casa, que un servidor, a poco que la economía se le enderece, piensa frecuentar con devoción.
Y así, mientras le hincaba el segundo trago a la rubia y mi benefactor volvía a concentrarse en su tarea de lustrar aquel vaso de tubo hasta la más absoluta inmaculidad, dirigí los ojos y toda mi atención al corcho que pendía a mi diestra; una suerte de tapiz en el que coincidían recortes amarillentos del Heraldo de Baquella, pasquines manuscritos con mala ortografía, avisos oficiales y unos pocos wanteds, entre otros. Destacaría un entrañable anuncio en el que quien parecía ser una hostelera de las inmediaciones buscaba «mozo para cargar barriles y fregar suelos» por diez berries al día. Alguien, presumiblemente la autora de la oferta, había añadido, a renglón seguido y con caligrafía Comic Sans, un entusiasta «¡cama de paja y dos tres comidas!» en tinta roja.
Estaba yo en esas, entretenido con aquel muestrario de miserias locales, cuando llegó a mis oídos, desde una mesa cercana, la voz de un fulano de una cuadrilla de tres preguntándole a otro de los suyos si había oído lo de los ataques, añadiendo que le sorprendía que se siguiera haciendo vida cotidiana sabiendo eso.
Se me puso el tegumento de pez gallina.
Mi radar de estafador. Quiero decir, de comerciante, acababa de detectar un cotilleo acerca de lo que apuntaba a ser una aventurilla de esas de las mías, de las que acostumbraba a sacar tajada. Y es que resulta que por cada ataque hay, lo menos, un atacante y un atacado, este último a veces dispuesto a apoquinar unas monedillas a cambio de venganza. En las mejores ocasiones, si los ataques son recurrentes y localizados, acompaña a tan infausta coyuntura todo un censo de acojonados por los atacantes dispuestos a aflojar la bolsa a cambio de que alguien —pongamos por caso, un apuesto gyojin de frondosa melena y bíceps de kairoseki— le quite a esos atacantes las ganas de atacar.
Así las cosas, y como quien no tan humildemente suscribe prefiere ganarse el pan con los puños que con la fregona, tres segundos exactos después de haber maquinado aquello tenía ya plantado mi trasero marino en la silla libre que había junto a aquel corrillo de tres.
—Honorables, disculpen ustedes a este peregrino —saludé, plantando mi cerveza, más clara que las del resto, entre las suyas—, pero un servidor no ha podido evitar que la conversación que sostenían le alcanzara los oídos, especialmente cierta palabra —dije, cubriéndome la boca para administrar con disimulo un sentido eructo que se me había atragantado—: «ataques» —maticé—. Y como uno, en sus muchos años de peregrinaje, ha aprendido a no menospreciar la información que dispensan sin querer las gargantas vecinas, me he tomado la libertad de incorporarme a su conciliábulo, aun a riesgo de parecer impertinente.
Hice una pausa para darle un trago largo a mi cerveza, sin perder el contacto visual con el más alto de todos, que parecía el portavoz del grupo; un borracho enjuto cuyos rasgos faciales, pequeños y sencillos, orbitaban en torno a una nariz aguileña de la que sobresalía un matojo de pelos largos y brillantes como alambres.
—Sirva como prueba de mis intenciones —añadí, posando la jarra otra vez en la mesa— el hecho de que les invite a ustedes, con sumo gusto, a otra ronda. Compartan conmigo lo que les he interrumpido y un servidor sufragará la velada con cargo a su humilde peculio. Trato justo, ¿no les parece? Así pues, díganme: ¿de qué ataques se trata, si se puede saber? Y, ya puestos a abusar de su generosidad informativa, ¿se ofrece, que sepan ustedes, alguna clase de recompensa por la resolución del entuerto? Pregunta uno con el desinterés del estudioso de las costumbres locales, que conste…
Abrir — No bélico
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