22-05-2026, 07:45 AM
Debía reconocer algo la chica sí era elocuente, por no decir absolutamente hiperactiva. Cada palabra que salía de sus labios parecía formar parte de una obra de teatro improvisada, en donde cada pensamiento escalaba de una manera tan exageradamente cómica como peligrosamente seria. ¿Esta era su esencia verdadera? era como observar una tormenta de emociones danzando sobre un escenario invisible, imposible de ignorar o de admirar. Llevé una mano hacia mis labios para ocultar la sonrisa exagerada que comenzaba a dibujarse en mi rostro, mi cuerpo comenzó a temblar por contener la risa me resultaba inútil intentar esconder aquella reacción.
Aquella joven doncella, que por alguna razón desconocida como había logrado provocarme lágrimas, era un completo misterio para mi. ¿Quién demonios lloraba al encontrarse con una desconocida? Y aun así allí estaba yo, sintiendo un extraño nudo en el pecho mientras la observaba desenvolverse con una energía casi absurda. Realmente aquella chica era un espectáculo viviente, una caja de sorpresas imposible de predecir, tan caótica como fascinante y quizás justamente por eso resultaba tan difícil apartar la mirada de ella.
Aquella joven doncella, que por alguna razón desconocida como había logrado provocarme lágrimas, era un completo misterio para mi. ¿Quién demonios lloraba al encontrarse con una desconocida? Y aun así allí estaba yo, sintiendo un extraño nudo en el pecho mientras la observaba desenvolverse con una energía casi absurda. Realmente aquella chica era un espectáculo viviente, una caja de sorpresas imposible de predecir, tan caótica como fascinante y quizás justamente por eso resultaba tan difícil apartar la mirada de ella.
Cuando comenzó con los elogios apenas escuché mi nombre, cuando no pude evitar soltar una risa suave y contenida. —Jajaja…espera— Mi diestra cubría parcialmente mis labios intentando asimilar cada una de sus palabras. La manera en la que se expresaba por un nombre tan sencillo como el mío me resultaba tan exagerada pero a la vez adorable.Sin embargo, conforme sus cumplidos avanzaron a dirigirse hacia mi apariencia, la calidez invadió lentamente mis mejillas haciéndome sonrojar por cada palabra.
Estaba acostumbrada a miradas lascivas, a comentarios grotescos disfrazados de halagos vacíos, a personas que observaban solamente mi cuerpo con deseos egoístas ocultos tras una sonrisa tan falsa. Pero Shirohime era distinta, Ella me contemplaba como si estuviese frente a una obra celestial, como si cada rasgo mío fuese digno de admiración pura, una mujer totalmente decente.
La risa fue apagándose poco a poco mientras el rubor se extendía hasta mis orejas. Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta la espalda, haciendo que mis hombros se tensaran ligeramente —Espera… yo…— Tragué grueso incapaz de ordenar mis pensamientos. No esperaba semejantes confesiones y mucho menos a plena luz del día, en un lugar donde cualquiera podría escucharla hablar con aquella pasión desmedida. Mis ojos se desviaron alrededor con cierta paranoia, buscando posibles testigos. Por fortuna, nadie parecía prestarnos atención y eso me hacia suspirar de alivio. Aun así, mi corazón seguía golpeando con fuerza dentro de mi pecho, acelerado por aquella extraña mezcla de vergüenza –*¿Acaso no se da cuenta que soy mujer?*-- pensé un instante mientras la escuchaba hablar mas y mas.
Cuando escuché sobre su verdadero origen, no pude evitar sorprenderme un poco, especialmente al comprender el motivo por el que estaba comiendo sola en aquel lugar tan concurrido y solitario. Por un instante la observé en silencio intentando imaginar lo difícil que debía ser llegar a una isla desconocida sin compañía alguna, claro, tenía a su mascota pero al final el ser humano depende de otro, podía entenderla de cierta forma —Entiendo… así que eres una forastera…— comenté finalmente con algo de nostalgia mientras apoyaba mi sombrilla sobre mi hombro con cierta despreocupación. El viento cálido agitó algunos mechones de mi cabello mientras mantenía aquella expresión relajada —Yo soy de Baterilla, aunque mi abuela vive aquí, Estoy de visita…— añadí con naturalidad sin omitir detalles.
Apenas terminé de hablar, el recuerdo de la brutal paliza que mi abuela me había dado el día anterior atravesó mi mente como un relámpago inesperado. Sentí un ligero escalofrío y terminé soltando una pequeña risa por lo bajo, más resignada que divertida. Definitivamente aquella anciana seguía teniendo una fuerza aterradora pese a la edad —En fin… ¿Qué tal si vamos a otro lugar?— desviando nuevamente mi atención hacia ella mientras hablaba, hice un pequeño gesto juguetón con los dedos, imitando el movimiento ondulante de la serpiente que la acompañaba —¿Te parece si vamos a la playa? Creo que es un sitio mucho más tranquilo para hablar de todo tipo de cosas, jaja…— La idea sonaba tentadora a quedarse aquií rodeadas de ruido y miradas ajenas. Esperando una respuesta positiva, me giré lentamente y comencé a caminar, aunque tras unos cuantos pasos me detuve apenas un instante para comprobar si realmente la chica venía detrás de mí —Ven, Shiro…— murmuré con total amabilidad, acompañando aquellas palabras con una mirada suave y acogedora mientras el sonido distante de las olas parecía llamarnos desde la costa.
Estaba acostumbrada a miradas lascivas, a comentarios grotescos disfrazados de halagos vacíos, a personas que observaban solamente mi cuerpo con deseos egoístas ocultos tras una sonrisa tan falsa. Pero Shirohime era distinta, Ella me contemplaba como si estuviese frente a una obra celestial, como si cada rasgo mío fuese digno de admiración pura, una mujer totalmente decente.
La risa fue apagándose poco a poco mientras el rubor se extendía hasta mis orejas. Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta la espalda, haciendo que mis hombros se tensaran ligeramente —Espera… yo…— Tragué grueso incapaz de ordenar mis pensamientos. No esperaba semejantes confesiones y mucho menos a plena luz del día, en un lugar donde cualquiera podría escucharla hablar con aquella pasión desmedida. Mis ojos se desviaron alrededor con cierta paranoia, buscando posibles testigos. Por fortuna, nadie parecía prestarnos atención y eso me hacia suspirar de alivio. Aun así, mi corazón seguía golpeando con fuerza dentro de mi pecho, acelerado por aquella extraña mezcla de vergüenza –*¿Acaso no se da cuenta que soy mujer?*-- pensé un instante mientras la escuchaba hablar mas y mas.
Cuando escuché sobre su verdadero origen, no pude evitar sorprenderme un poco, especialmente al comprender el motivo por el que estaba comiendo sola en aquel lugar tan concurrido y solitario. Por un instante la observé en silencio intentando imaginar lo difícil que debía ser llegar a una isla desconocida sin compañía alguna, claro, tenía a su mascota pero al final el ser humano depende de otro, podía entenderla de cierta forma —Entiendo… así que eres una forastera…— comenté finalmente con algo de nostalgia mientras apoyaba mi sombrilla sobre mi hombro con cierta despreocupación. El viento cálido agitó algunos mechones de mi cabello mientras mantenía aquella expresión relajada —Yo soy de Baterilla, aunque mi abuela vive aquí, Estoy de visita…— añadí con naturalidad sin omitir detalles.
Apenas terminé de hablar, el recuerdo de la brutal paliza que mi abuela me había dado el día anterior atravesó mi mente como un relámpago inesperado. Sentí un ligero escalofrío y terminé soltando una pequeña risa por lo bajo, más resignada que divertida. Definitivamente aquella anciana seguía teniendo una fuerza aterradora pese a la edad —En fin… ¿Qué tal si vamos a otro lugar?— desviando nuevamente mi atención hacia ella mientras hablaba, hice un pequeño gesto juguetón con los dedos, imitando el movimiento ondulante de la serpiente que la acompañaba —¿Te parece si vamos a la playa? Creo que es un sitio mucho más tranquilo para hablar de todo tipo de cosas, jaja…— La idea sonaba tentadora a quedarse aquií rodeadas de ruido y miradas ajenas. Esperando una respuesta positiva, me giré lentamente y comencé a caminar, aunque tras unos cuantos pasos me detuve apenas un instante para comprobar si realmente la chica venía detrás de mí —Ven, Shiro…— murmuré con total amabilidad, acompañando aquellas palabras con una mirada suave y acogedora mientras el sonido distante de las olas parecía llamarnos desde la costa.

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