22-05-2026, 08:41 PM
Preso de la gravedad, hijo del tirón de la tierra, Enji cayó. Cayó los cinco metros que se había elevado para poder alcanzar el rostro de Juan. La caída fue lenta a sus ojos, un descenso eterno y cansino hacia el fondo del pozo. Un pozo que una vez estuvo repleto de energías y ahora rascaba el final, seco. Exudar veneno dolía. Estaba exprimiendo lo último de sus reservas para mantenerse en la pelea y regalarle a su compañero un combate en condiciones, al extremo. Pero ya no quedaba nada más que rascar excepto la última fina capa de poder.
Finalmente, la yema de sus dedos tocaron la arena. El tibio, suave y granulado tacto de la arena en la planta de sus pies activó un sin fin de terminaciones nerviosas. Ya sabía lo que iba a hacer. Lo supo desde antes y lo grabó en su cabeza, en su cuerpo, en sus huesos y cada uno de sus músculos, como una trampa que se tensa con fuerza a la espera del disparador.
Esa arena lo activó, y Enji se disparó.
—¡GRRRAAAAHHHHHH… —rugió, desapareciendo en el preciso instante que parecía aterrizar. La arena bajo sus pies se removió por la fuerza y la velocidad de su impulso, nacido del movimiento violento de las fibras musculares de sus pies y pantorrillas. Voló cinco metros en el aire en dirección al rostro de Juan, una vez más. De sus brazos supuraba lo último de su veneno, las últimas gotas que podía producir, agolpadas en sus puños con la forma de dos poderosas agujas— ...GUIJÓN!!
Arrastró los puños de derecha a izquierda, realizando un movimiento agresivo que asemejaba la mueca de azotar una puerta. Los puños del marine se hundieron en la piel quitinosa de su compañero. El veneno salió disparado en todas direcciones. La arena voló del suelo a causa de una abrupta onda de choque nacida del impacto. Un segundo después, otra ráfaga perturbó la playa.
—¡Guah!
Esta vez, sin embargo, el impacto llegó a él. Un poderoso puñetazo, característico del karate gyojin, estampó su rostro con la fuerza capaz de reventar cien tejas de un solo golpe. En lugar de tejas, encontró piel y hueso. Enji escupió sangre y, suspendido en el aire al momento en que la técnica aterrizó, no pudo sino volar cinco metros hasta estamparse contra el único árbol superviviente de su deforestación. El tronco marchito se quebró y ambos cayeron al suelo.
La arena lo recibió una vez más, agradable y tibia en su abrazo. Permaneció unos segundos tendido. Todos sus músculos dolían; su piel, de pies a cabeza, ardía y echaba vapor, como si su sangre estuviera hirviendo. Se incorporó como pudo, primero apoyando los codos en el suelo y después girando hacia la derecha; rodó boca abajo para después hincar una rodilla, y trató de ponerse de pie.
—Hijo de tu… cangreja… ¿o tortuga…? MADRE, Juancho Sebastiancho... del rio de San Pancho… —respiraba de forma entrecortada, los pulmones ardiendo y la cabeza totalmente embotada. Palpitaba en sus sienes el cansancio extremo y la fatiga. Estaba, sin saberlo, a un paso en falso de superar un umbral del que no se volvía.
Finalmente trastabilló al intentar levantarse y volvió a caer al suelo, espalda contra la arena, respirando con fuerza mientras sus brazos se negaban a seguir adelante.
—Necesito un cigarro…
Finalmente, la yema de sus dedos tocaron la arena. El tibio, suave y granulado tacto de la arena en la planta de sus pies activó un sin fin de terminaciones nerviosas. Ya sabía lo que iba a hacer. Lo supo desde antes y lo grabó en su cabeza, en su cuerpo, en sus huesos y cada uno de sus músculos, como una trampa que se tensa con fuerza a la espera del disparador.
Esa arena lo activó, y Enji se disparó.
—¡GRRRAAAAHHHHHH… —rugió, desapareciendo en el preciso instante que parecía aterrizar. La arena bajo sus pies se removió por la fuerza y la velocidad de su impulso, nacido del movimiento violento de las fibras musculares de sus pies y pantorrillas. Voló cinco metros en el aire en dirección al rostro de Juan, una vez más. De sus brazos supuraba lo último de su veneno, las últimas gotas que podía producir, agolpadas en sus puños con la forma de dos poderosas agujas— ...GUIJÓN!!
Arrastró los puños de derecha a izquierda, realizando un movimiento agresivo que asemejaba la mueca de azotar una puerta. Los puños del marine se hundieron en la piel quitinosa de su compañero. El veneno salió disparado en todas direcciones. La arena voló del suelo a causa de una abrupta onda de choque nacida del impacto. Un segundo después, otra ráfaga perturbó la playa.
—¡Guah!
Esta vez, sin embargo, el impacto llegó a él. Un poderoso puñetazo, característico del karate gyojin, estampó su rostro con la fuerza capaz de reventar cien tejas de un solo golpe. En lugar de tejas, encontró piel y hueso. Enji escupió sangre y, suspendido en el aire al momento en que la técnica aterrizó, no pudo sino volar cinco metros hasta estamparse contra el único árbol superviviente de su deforestación. El tronco marchito se quebró y ambos cayeron al suelo.
La arena lo recibió una vez más, agradable y tibia en su abrazo. Permaneció unos segundos tendido. Todos sus músculos dolían; su piel, de pies a cabeza, ardía y echaba vapor, como si su sangre estuviera hirviendo. Se incorporó como pudo, primero apoyando los codos en el suelo y después girando hacia la derecha; rodó boca abajo para después hincar una rodilla, y trató de ponerse de pie.
—Hijo de tu… cangreja… ¿o tortuga…? MADRE, Juancho Sebastiancho... del rio de San Pancho… —respiraba de forma entrecortada, los pulmones ardiendo y la cabeza totalmente embotada. Palpitaba en sus sienes el cansancio extremo y la fatiga. Estaba, sin saberlo, a un paso en falso de superar un umbral del que no se volvía.
Finalmente trastabilló al intentar levantarse y volvió a caer al suelo, espalda contra la arena, respirando con fuerza mientras sus brazos se negaban a seguir adelante.
—Necesito un cigarro…
Off

