23-05-2026, 01:59 AM
Y así es como una conversación seria debería comenzar. Ese par la hace sentir orgullosa.
Por supuesto, Hae-won no se queda para husmear tanto como hubiera querido, aunque su alma de cotilla es mucho más impredecible y demandante de lo que ella misma cree. Pensamientos divididos nublan su mente al escuchar los llantos de Kuroshiro y las palabras reflexivas de St. George. Por supuesto, ninguno de ellos es algo intimidatorio o asesino. Le preocupa la pobre; le preocupa demasiado. El instinto de querer ir y darle un abrazo también apremia en su mente, pero se contiene. No es su momento.
Apoyada sobre la pared fuera de la vista de ese par, solo puede escuchar un pequeño fragmento de las conversaciones: lágrimas y pequeños sollozos, palabras dulces y una especie de consuelo, como quien puede presenciar a un hermano mayor consolando a la más pequeña del grupo.
No tiene demasiado que hacer porque ni siquiera se había vestido como para empezar a trabajar y hubiese amado quedarse más tiempo en la cama. El cuerpo está cansado todavía, y si bien todas sus alertas están elevadas, quisiera seguir atrapada entre las sábanas. No estuvo contenta con eso, y con el frío pensamiento de terminar con todo su trabajo antes de que den las tres de la tarde, hizo a un lado su cansancio —algo que no es para nada recomendable— con el fin de terminar rápido y tener todo el horario vespertino para alimentar su flojera. Cuando estuvo a punto de ir a la cocina, se encontró con el momento descrito antes.
Ni siquiera llegó a ver, pero puede imaginarla. Si hubiese querido molestar, habría hecho una entrada dramática en modo ofensa absoluta, pero no le nació hacerlo. «No era el momento», pensó cuando estuvo a punto de cruzar el umbral de la entrada a la cocina, se recostó sobre la pared unos segundos fuera de la vista de ese par.
Satisfecha, decide marcharse.
Pero ella no es tan hábil para ocultar sus pasos. Un traspié hizo que contuviera el grito de la torcedura de tobillo que se acaba de provocar por querer ser sigilosa y fallar miserablemente. Aún así, se muerde el labio inferior y camina con prisa, lo que aumenta un poquito su dolor, para que no la vean. Ellos saben que alguien escuchó. Es obvio. Le da igual, en realidad. Solo quiere que tengan su momento para charlar y ya.
Volvería a su habitación y haría como si nada hubiera pasado. Definitivamente, se tomaría la semana. Se ve que todavía no tiene todas las luces mentales para trabajar como es debido.
Por supuesto, Hae-won no se queda para husmear tanto como hubiera querido, aunque su alma de cotilla es mucho más impredecible y demandante de lo que ella misma cree. Pensamientos divididos nublan su mente al escuchar los llantos de Kuroshiro y las palabras reflexivas de St. George. Por supuesto, ninguno de ellos es algo intimidatorio o asesino. Le preocupa la pobre; le preocupa demasiado. El instinto de querer ir y darle un abrazo también apremia en su mente, pero se contiene. No es su momento.
Apoyada sobre la pared fuera de la vista de ese par, solo puede escuchar un pequeño fragmento de las conversaciones: lágrimas y pequeños sollozos, palabras dulces y una especie de consuelo, como quien puede presenciar a un hermano mayor consolando a la más pequeña del grupo.
No tiene demasiado que hacer porque ni siquiera se había vestido como para empezar a trabajar y hubiese amado quedarse más tiempo en la cama. El cuerpo está cansado todavía, y si bien todas sus alertas están elevadas, quisiera seguir atrapada entre las sábanas. No estuvo contenta con eso, y con el frío pensamiento de terminar con todo su trabajo antes de que den las tres de la tarde, hizo a un lado su cansancio —algo que no es para nada recomendable— con el fin de terminar rápido y tener todo el horario vespertino para alimentar su flojera. Cuando estuvo a punto de ir a la cocina, se encontró con el momento descrito antes.
Ni siquiera llegó a ver, pero puede imaginarla. Si hubiese querido molestar, habría hecho una entrada dramática en modo ofensa absoluta, pero no le nació hacerlo. «No era el momento», pensó cuando estuvo a punto de cruzar el umbral de la entrada a la cocina, se recostó sobre la pared unos segundos fuera de la vista de ese par.
Satisfecha, decide marcharse.
Pero ella no es tan hábil para ocultar sus pasos. Un traspié hizo que contuviera el grito de la torcedura de tobillo que se acaba de provocar por querer ser sigilosa y fallar miserablemente. Aún así, se muerde el labio inferior y camina con prisa, lo que aumenta un poquito su dolor, para que no la vean. Ellos saben que alguien escuchó. Es obvio. Le da igual, en realidad. Solo quiere que tengan su momento para charlar y ya.
Volvería a su habitación y haría como si nada hubiera pasado. Definitivamente, se tomaría la semana. Se ve que todavía no tiene todas las luces mentales para trabajar como es debido.
