Tratado sumarísimo sobre la defensa de Baquerilla med... | Presente R. | Priv.
#13
A decir verdad, estaba empezando a generar cierto resquemorcillo hacia los cánidos domésticos en general y hacia aquel pulgino desagradecido en particular. El muy cancerbero, cada vez que un servidor pretendía aproximarse al peliblanco, aprovechaba la maniobra para hincarme los molares en cualquier saliente blando de mi apolínea anatomía.

[Imagen: gS92ijys_o.png]
—¿Envidia, dice usted?

«Pues mire, oiga, bien podría ser...»

Y como tampoco era yo quién para descartarlo a la ligera, solo me quedó asentir, magnánimo, a la teoría del peliblanco, y abrazar la dolorosa carga de andar por la vida con una cabellera tan envidiosamente espléndida. Luego, echamos a andar hacia la taberna, dejando atrás los cuerpos inconscientes de aquellos cuatro majaderos aspirantes a soldados de la Marina.

«Confiemos en que la experiencia les sirva de escarmiento», pensé, volviéndome para echarles un último vistazo. La luna, en cuarto creciente, parecía dibujar una sonrisa sobre la calva incipiente del infeliz al que se le había extraviado la gorra durante la refriega.

Aquella hermosa estampa me hizo recordar que, hacía unos momentos, el peliblanco había tenido a bien responder a mi pregunta, franquearse un poco y confiarme que rechazaba la violencia fútil, confirmando de paso mis sospechas sobre nuestra común afición a meternos en jaleos ajenos por causas presuntamente irrecuperables. Se me ocurrió que estaría bien profundizar en aquello y, mientras paseábamos, di rienda suelta a la lengua otra vez.

—¿Sabe qué, amigo Dean? Tuve yo en mis tiempos mozos un profesor de Retórica Náutica y Disciplinas Piscícolas Conexas, un gyojin gamba pequeñito y escuálido que iba siempre arrastrando por el piso del aula sus dos bigotillos larguísimos, caídos según las malas lenguas merced a los seis divorcios que acumulaba en su prontuario marital... ¡Anda, mire, a lo lejos! Esa es la tasca de Bunzo...

Allá en el horizonte baquellano, iluminada con un rojo cálido por los dos farolillos que flanqueaban su puerta, empezaba a esbozarse contra el cielo cárdeno de la noche la sombra cuadrada de una fachada. Hice un gesto con la mandíbula en su dirección. Sobre el portón colgaba un tablón de madera con el nombre del establecimiento, todavía ilegible a esa distancia, pero que un servidor se sabía de memoria: La Botavara.

—Como le iba diciendo, aquel profesor mío acostumbraba a pontificar, cada vez que en clase salía a colación cualquier cuestión bélica o, sobre todo, cuando algún alumno bienintencionado se manifestaba «en contra de la violencia», que aquello, la violencia, no era más que una fuerza irresistible aplicada sobre un cuerpo vivo. Tan presente en el sádico que causa dolor por mero disfrute como en el del tercero que se interpone para que un atacante no hiera a su víctima. Y que la civilización, apostillaba con un dedito en alto, consistía en organizar esa capacidad en instituciones fuertes a las que otorgarles el monopolio de la misma, para que los demás no tuviéramos que andar siempre con un sable bajo la almohada.

—Se supone que la Marina lleva cumpliendo esa función desde tiempos de los trilobites, ¿no?...

[Imagen: meqYfSMO_o.png]
—Si ellos se corrompieran, estaríamos todos en peligro.
¿Usted qué opina, amigo Dean?
Por la cara que se le ha puesto antes con la bandera,
intuyo que no tendrá usted en gran estima a los uniformados...

Me pareció bien dejar por allí mi perorata porque, salvo que me engañara el oído, me había parecido escuchar que la vocecilla de mi acompañante insinuaba, sugería, apuntaba...
...deslizaba,
...daba a entender,
...presuponía,
...daba por hecho
...que ¡YO!, este humilde servidor, iba a ser quien pagara los tragos.

(¡Oioioioioioi!)

¿No acababa acaso de confesar el caballero que me flanqueaba que no esperaba que un tipo como yo convidara a tragos a la concurrencia después de repartir hostias? Pues bien, si he de ser honesto, aquello había sido más un ofrecimiento a que me acompañara que una promesa de pagar nada. De hecho, mi patrimonio por aquel entonces se componía exclusivamente de deudas, razón por la cual mucho se temía el suscrito no poder afrontar la interpretación... particularmente munífica que mi socio circunstancial parecía dispuesto a hacer de mis palabras.

Sin embargo, y considerando que el cerebelo de su servidor andaba ya urdiendo ardides por los que el peliblanco terminase pagando la cuenta, o, en su defecto, ambos pudiéramos consumar un simpa, no me pareció de recibo trasladarle en aquel preciso instante los pormenores contables de la cuestión.

Resolví que ya afinaríamos los detalles, glosa marginalia mediante, una vez instalados en la barra y entregado el chucho de los cojones en adopción.

Por suerte, en aquellos momentos el peliblanco se hallaba refiriéndome de nuevo su escasa tolerancia al alcohol, añadiendo que, si llegara a embriagarse, dejaría que la mala bestia que habíamos rescatado y un servidor resolviéramos a solas nuestras diferencias. Decidí prestar al asunto toda la atención que merecía. Básicamente, porque me convenía dejar atrás el espinoso tema de quién financiaría las consumiciones.

[Imagen: U5CWHJwm_o.png]
—¿A solas con este malnacido?...

—Tenga fe en mí, hombre —proferí, sin apartar los ojos del cánido que llevaba en brazos—. Un servidor se compromete a velar por que el contenido alcohólico de su sangre no rebase niveles compatibles con esa blandenguería hepática de la que tanto habla.

Con aquella promesa por delante, recorrimos los últimos metros que nos separaban del portón de La Botavara. Los dos farolillos rojos iban creciendo a cada zancada hasta darnos la bienvenida con su rumorcito de pábilo agitado por la brisa. Empujé la puerta, le cedí el paso al peliblanco con una pequeña reverencia cortesana y respiré hondo, dejando que me llenara las branquias el cóctel de aromas de vino, sopa de pescado, tabaco y... humanidad. Especialmente, humanidad.

Si todo iba bien, entregaríamos al perro a su nuevo dueño, despacharíamos un par de rondas y, con un poco de suerte, saldríamos del lance por el módico precio de cero coma cero cero berries.

—Bebamos.



Karmas
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RE: Tratado sumarísimo sobre la defensa de Baquerilla med... | Presente R. | Priv. - por Tsunamaro - 23-05-2026, 01:27 PM

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