24-05-2026, 03:19 AM
El Verdugo esperaba que Dharma pudiera estar a la altura de sus propias capacidades. Sabía que el Penitente no era precisamente débil, pero lo superaba él mismo por un margen alto y aunque se había contenido un poco al inicio contra el pirata, tampoco había ido suave. Sus ataques debían de ser efectivos. O eso pensaba él. Lo que no esperaba era que el pirata hubiera aprovechado el tiempo que le dio para preparar una contra ofensiva de esa capacidad. Para el Verdugo todo sucedió casi que inmediatamente y solo pudo reaccionar cuando ya estaba en el suelo y en un lugar distinto al que estaba cuando terminó de atacar con el escudo.
Yacía en el suelo, con la armadura hecha trizas y con los brazos extendidos a ambos lados. Las piernas le pesaban y la cabeza le daba vueltas. Reconocía, de puro milagro, el techo de hojas y ramas que había sobre el extraño templo. El dolor le invadía el cuerpo por completo y tratar de levantarse fue un esfuerzo completo para aquél hombre.
Se apoyó sobre su espada con la mano derecha para finalmente ponerse sobre ambos pies y luego se llevó la mano izquierda al torso, en donde había recibido todo el daño. Pudo sentir la armadura destrozada y también sintió que había un líquido allí, su propia sangre. Había sido un golpe que realmente solo podía considerar que había tenido la fortuna de sobrevivir. ¿Y se suponía que debía probar al pirata aquél? El obispo se la había jugado bastante bien esta vez. El maldito.
Una risa cargada de dolor y humillación salió del Verdugo, quien caería luego sobre su rodilla izquierda, pero se mantendría tan alto como podía sosteniendo la espada con la mano derecha.
—Ja, ja, ja, ja, ja... —Si tan solo pudiera quitarse el maldito yelmo—. Me dicen que soy un monstruo, pero es que no te conocen, Dharma. Aprobado... supongo.
No sabía ni dónde estaba el pirata. Es más, era posible que estuviera lanzando un segundo asalto para terminar lo que empezó. Pero hablaría de todas maneras. Porque si esas iban a ser sus últimas palabras, entonces las pronunciaría para maldecir a aquél que lo había puesto en esa situación. Y no, no era el pirata el recipiente de su odio. Sino el obispo Justin Case.
—Toma el pergamino que está en el trono —No quedaba trono, lo había destruido cuando salió disparado luego del ataque de Dharma. Pero el documento estaba frente a este aún—. Puedes leerlo si quieres. Pero no deberás creerlo. Al menos no si tu interés no es terminar siendo algún otro sacristán de esta iglesia. Te traicionarán igual que a mi cuando vean que ya no podrás serles útil. ¿Te gustan las máscaras? Porque un yelmo como el mío, o el de mi hermano, el Penitente, es lo que te espera. Ja, ja, ja. Aunque seguro no me vas a querer creer. Me da igual. Haz lo que quieras con lo que te he contado...
Luego de ello, se quedó inmóvil. No es como que pudiera ponerse en guardia para poder pretender atacar nuevamente al pirata; había logrado hacerle algo de daño antes, era cierto, pero su error fue el de no haber ido con todo cuando bien lo pudo haber hecho. Se preguntaba si lo había hecho por bondad, por debilidad, o simplemente porque ese era el final que quería para la vida que había llevado. Para la vida en la que lo habían metido aquellos locos desde que tenía siete años y fue adoctrinado y utilizado para satisfacer a los líderes de aquella secta. Si vivía o moría realmente ya no dependía de él.
Si Dharma decidía leer el pergamino que se le había dejado, encontraría un texto en el que el Obispo Justin Case lo elogiaba de manera prematura por haber pasado la prueba del Verdugo... no parecía hablar de éste último como alguien que viviera, pero tampoco como alguien muerto. La carta continuaba el Obispo haciendo una pequeña reseña personal sobre las acciones de Dharma en el South Blues y sobre cómo había inspirado a su propia persona para continuar con la labor sagrada de su credo y cómo se quería ocupar de todas aquellas aberraciones de la sangre que desafiaban el diseño divino. Finalizaba, entonces, el escrito con instrucciones para poder llegar al Santuario de Kyodaina y, por supuesto, una invitación para hacer parte del plan del Obispo para la nueva era.
Si Dharma decidía unirse a la iglesia, solo necesitaba seguir las instrucciones. Aunque aquello no dejaba de ser sospechoso. Más aún considerando lo que había dicho el Verdugo antes. Y en caso de que el Verdugo continuara con vida, podría responder a preguntas que le hiciera el pirata. Algo parecía estar sucediendo -y no era de sorprenderse- en el culto de Naidirem Doolb.
Yacía en el suelo, con la armadura hecha trizas y con los brazos extendidos a ambos lados. Las piernas le pesaban y la cabeza le daba vueltas. Reconocía, de puro milagro, el techo de hojas y ramas que había sobre el extraño templo. El dolor le invadía el cuerpo por completo y tratar de levantarse fue un esfuerzo completo para aquél hombre.
Se apoyó sobre su espada con la mano derecha para finalmente ponerse sobre ambos pies y luego se llevó la mano izquierda al torso, en donde había recibido todo el daño. Pudo sentir la armadura destrozada y también sintió que había un líquido allí, su propia sangre. Había sido un golpe que realmente solo podía considerar que había tenido la fortuna de sobrevivir. ¿Y se suponía que debía probar al pirata aquél? El obispo se la había jugado bastante bien esta vez. El maldito.
Una risa cargada de dolor y humillación salió del Verdugo, quien caería luego sobre su rodilla izquierda, pero se mantendría tan alto como podía sosteniendo la espada con la mano derecha.
—Ja, ja, ja, ja, ja... —Si tan solo pudiera quitarse el maldito yelmo—. Me dicen que soy un monstruo, pero es que no te conocen, Dharma. Aprobado... supongo.
No sabía ni dónde estaba el pirata. Es más, era posible que estuviera lanzando un segundo asalto para terminar lo que empezó. Pero hablaría de todas maneras. Porque si esas iban a ser sus últimas palabras, entonces las pronunciaría para maldecir a aquél que lo había puesto en esa situación. Y no, no era el pirata el recipiente de su odio. Sino el obispo Justin Case.
—Toma el pergamino que está en el trono —No quedaba trono, lo había destruido cuando salió disparado luego del ataque de Dharma. Pero el documento estaba frente a este aún—. Puedes leerlo si quieres. Pero no deberás creerlo. Al menos no si tu interés no es terminar siendo algún otro sacristán de esta iglesia. Te traicionarán igual que a mi cuando vean que ya no podrás serles útil. ¿Te gustan las máscaras? Porque un yelmo como el mío, o el de mi hermano, el Penitente, es lo que te espera. Ja, ja, ja. Aunque seguro no me vas a querer creer. Me da igual. Haz lo que quieras con lo que te he contado...
Luego de ello, se quedó inmóvil. No es como que pudiera ponerse en guardia para poder pretender atacar nuevamente al pirata; había logrado hacerle algo de daño antes, era cierto, pero su error fue el de no haber ido con todo cuando bien lo pudo haber hecho. Se preguntaba si lo había hecho por bondad, por debilidad, o simplemente porque ese era el final que quería para la vida que había llevado. Para la vida en la que lo habían metido aquellos locos desde que tenía siete años y fue adoctrinado y utilizado para satisfacer a los líderes de aquella secta. Si vivía o moría realmente ya no dependía de él.
Si Dharma decidía leer el pergamino que se le había dejado, encontraría un texto en el que el Obispo Justin Case lo elogiaba de manera prematura por haber pasado la prueba del Verdugo... no parecía hablar de éste último como alguien que viviera, pero tampoco como alguien muerto. La carta continuaba el Obispo haciendo una pequeña reseña personal sobre las acciones de Dharma en el South Blues y sobre cómo había inspirado a su propia persona para continuar con la labor sagrada de su credo y cómo se quería ocupar de todas aquellas aberraciones de la sangre que desafiaban el diseño divino. Finalizaba, entonces, el escrito con instrucciones para poder llegar al Santuario de Kyodaina y, por supuesto, una invitación para hacer parte del plan del Obispo para la nueva era.
Si Dharma decidía unirse a la iglesia, solo necesitaba seguir las instrucciones. Aunque aquello no dejaba de ser sospechoso. Más aún considerando lo que había dicho el Verdugo antes. Y en caso de que el Verdugo continuara con vida, podría responder a preguntas que le hiciera el pirata. Algo parecía estar sucediendo -y no era de sorprenderse- en el culto de Naidirem Doolb.
Una nueva generación, una nueva usurpación

![[Imagen: o32YH2T.png]](https://i.imgur.com/o32YH2T.png)