[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3)
#8
Los Lapahn llevan generaciones habitando las laderas de Drum Rockies, y en ese tiempo han aprendido cada grieta de la roca, cada sombra entre los abetos, cada punto donde la nieve acumulada amortigua el sonido de un paso y cada corriente de aire que delata la presencia otros seres. No son simples bestias que atacan por hambre, son depredadores que han sobrevivido a inviernos que habrían matado a cualquier otra criatura de la isla, que han perfeccionado durante siglos una forma de cazar en manada que no necesita órdenes porque cada uno sabe exactamente qué lugar ocupa y qué hace cuando llega el momento, y que reconocen a un enemigo peligroso no para evitarlo sino para rodearlo mejor. Cuando los trescientos Lapahn aparecen entre los abetos a cincuenta metros de los tres marines no lo hacen por casualidad ni por instinto ciego, lo hacen porque han estado observando desde que el primer zumbido de avispa cruzó su territorio y han elegido este punto del camino, este preciso punto donde las rocas del oeste y las coníferas del este reducen las opciones de maniobra al mínimo, para que no haya escapatoria posible. La carga de los Lapahn llega como una avalancha con intención, los de los flancos pegándose a las rocas del oeste y a las coníferas del este para aprovechar cada metro disponible del camino de cuarenta metros de ancho mientras los del centro mantienen una presión constante que no da respiro, convirtiendo lo que hasta hace un momento parecía espacio suficiente para maniobrar en una trampa que se cierra con la velocidad de una mandíbula, el suelo temblando bajo el peso de trescientos cuerpos de entre dos y cuatro metros lanzados a matar con la certeza de quien sabe que en este territorio la presa no escapa.
 
Kibai se lanza al flanco izquierdo como un relámpago de acero y pelaje, Arashi y Raimei abriendo gargantas y rajando tendones y corvas en movimientos circulares que van apilando cuerpos contra las rocas del oeste hasta reducir el ancho del camino en unos nueve metros de su lado, cada cadáver pesando sobre el siguiente y obligando a los que vienen detrás a atacar por un espacio progresivamente más reducido mientras la nieve se tiñe de rojo a los pies del mink leopardo. Durante varios minutos el combate le es favorable y la barricada crece y los Lapahn caen, pero el camino tiene cuarenta metros de ancho y nueve no son cuarenta, y por cada Lapahn que cae otro ocupa su lugar con la misma ferocidad y sin el menor rastro de miedo ante los colmillos o las hojas, y los que escalan por encima de sus propios muertos para lanzarse desde lo alto empiezan a pasar la factura que ninguna técnica puede evitar del todo cuando los números son trescientos contra tres, un zarpazo en el costado que le abre el uniforme, otro en el hombro que le hace perder medio paso, y aunque Kibai sigue de pie y sigue peleando con la ferocidad de un depredador acorralado el daño acumulado empieza a cobrar su precio en cada movimiento y en cada decisión, ralentizando lo que antes era instinto puro.
 
Al otro lado del camino Stroud hace lo mismo con los puños desnudos, un uppercut que derrumba al primero como un monolito, un cross que frena en seco el impulso del siguiente, un golpe al cuerpo que dobla a un tercero antes de que pueda levantar las zarpas, y los Lapahn del flanco derecho van cayendo contra los árboles del este formando una segunda barrera que reduce otros nueve metros del ancho total mientras los nudillos se hinchan y amoratan bajo los guantes tachonados y los charcos de rojo contrastan con la blancura inmaculada de la nieve, pero el problema es el mismo que el de Kibai porque veintidós metros de corredor central siguen completamente abiertos y los Lapahn que no pueden pasar por los flancos los llenan sin dificultad con sus cuerpos enormes y sus garras extendidas, y los que escalan por encima de los cadáveres del flanco derecho alcanzan a Stroud con una velocidad que sus reflejos logran gestionar apenas lo suficiente para que los golpes no sean limpios pero no lo suficiente para evitarlos del todo, cada impacto empujándole un paso atrás, luego otro, la visión ligeramente borrosa y el equilibrio comprometido pero la mandíbula apretada y los puños todavía levantados.
 
Los veintidós metros de corredor que Kibai y Stroud no han logrado cerrar son exactamente el espacio que los cien Lapahn que no han encontrado oposición necesitan para llegar hasta Bertram, cubriéndolo en un instante que no da tiempo a procesar, el primer zarpazo alcanzándole en el pecho antes de que los pies hayan terminado de plantar posición, el segundo en el costado antes de que el primero haya terminado de doler, sacudiéndole de un lado a otro con una fuerza que hace que la nieve bajo sus botas deje de ser un suelo firme, cada impacto más rápido de lo que cualquier cazador podría anticipar sin importar los años que lleve leyendo el bosque. El pelirrojo viéndose abrumado por los cientos de Lapahn lanza una onda de haki del conquistador que paraliza por completo a los Lapahn que le rodeaban.
 
Los tres marines siguen de pie. Con los dientes apretados, con la sangre caliente mezclándose con la nieve fría bajo sus botas, con los músculos quemando y la cabeza pesando el doble de lo que debería, pero de pie. A cien metros al otro lado de la manada el teleférico sigue balanceándose con el viento, indiferente, como si no supiera que tres hombres se están jugando la vida para llegar hasta él. Los Lapahn no se detienen. No conocen la piedad ni la fatiga ni la duda, y si los tres marines no encuentran una forma de cambiar lo que está pasando en el siguiente minuto, la montaña de Drum se quedará con tres uniformes blancos bajo la nieve.
 

 
Detalles Importantes

Belico

Off
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]


Mensajes en este tema
RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3) - por Fuguwu - 25-05-2026, 08:02 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)